Caminaba por la calle escuchando música cuando la vio. Estaba sentada en un zaguán llorando, mientras hablaba por teléfono.
De cabello oscuro y ondulado, ojos verdes colorados por las lágrimas, una blusa blanca con bordados en el frente.
Le llamó poderosamente la atención la manera en la que las gotas surcaban furiosamente su cara. Ella no hablaba, escuchaba lo que parecía ser un discurso del otro lado del teléfono.
Quizás prestó mucha atención, porque en un momento ella fijó los ojos en él, un instante de curiosidad mutua. El observador y la observada.
Dos esmeraldas brillosas por las lágrimas. Una mirada que podía penetrar el acero. Fría, pero con muchos sentimientos, esos ojos eran un huracán.
La escena duró unos breves instantes de la existencia colectiva, el transito en la calle era mucho como para detenerse a mirar o a prestar atención a algo que no estaba dentro de recorrido.
Él siguió su camino, terminó la jornada de trabajo y se volvía en el tren a su casa. No podía sacarse de la mente la imagen de esta mujer llorando. Le intrigaba el motivo del llanto, una discusión, el fallecimiento de alguien, tal vez la habían despedido del trabajo, o alguien cercano había sufrido algún accidente. Se le podían ocurrir miles de motivos por los cuales alguien que hablaba por teléfono llorase.
Pero esa mirada furiosa lo había hipnotizado. Ojalá hubiera atinado a hacer algo, un mínimo detalle cómo alcanzarle un pañuelo para que se seque las mejillas.
Miraba distraído por la ventanilla, el tren pasaba de estación en estación, faltaba poco para llegar a destino. Estaba cansado por la actividad del día.
Se arrepentía de no haberse acercado a la dama de las lágrimas. Pero por otro lado, era ilógico pensar en acercarse a una mujer en esas condiciones. ¿Qué hubiera hecho? ¿Qué le hubiera dicho?
Cuando se bajó del tren, todavía seguía pensando en aquella desconocida de ojos húmedos. Y con el extraño sentimiento que tendría que haber hecho algo, pero vaya a saber porque no hico nada.
Trató de despejarse en las cuadras que le quedaban hasta su casa. Pero no tuvo mucho éxito en eso. Justo cuando le faltaban unos pocos metros para doblar la esquina y llegar a su hogar, vio a otra mujer que caminaba por la vereda de enfrente llorando. En este caso no hablaba por teléfono, lloraba en la calle igual que la primera.
Tenía que ser una coincidencia, quizás había sido un día complicado para mucha gente, en especial para esas dos mujeres, pensó.
Comió, se duchó y se acostó. El cansancio le ganó a las ganas de pensar y se durmió enseguida.
Se despertó una hora antes que sonara el despertador. Había soñado con la mujer que hablaba por teléfono y lloraba.
En el sueño, la mujer lo paraba por la calle, después de cruce de miradas y le recriminaba porque no la había ayudado. Él no supo cómo reaccionar ante semejante demanda. Le ofreció un abrazo, pero ella lo rechazó.
En la segunda parte del sueño, ella le volvía a hablar, pero esta vez le preguntaba por qué la miraba. Y en un tono amenazante le decía que se fuera o que llamaría a la policía.
Por último, la tercera parte del sueño, ella lo frenaba en la calle y lo abrazaba sin decirle nada y después se iba caminando, sin volver a mirarlo.
No se pudo volver a dormir. Daba vueltas en la cama como una criatura. ¿Por qué había soñado eso? El hecho de haberse sobresaltado en su descanso por un sueño así lo fastidiaba. Cómo podía ser que un simple acto de observación callejera le robara tiempo de su vida. Se negaba a aceptarlo.
Esperó a que sonara la alarma para levantarse. Desayunó de mala gana, y antes de salir de su casa para ir a trabajar, se prometió a sí mismo no volver a mirar a nadie llorando en la calle, por las dudas de volver a perder el sueño.
De cabello oscuro y ondulado, ojos verdes colorados por las lágrimas, una blusa blanca con bordados en el frente.
Le llamó poderosamente la atención la manera en la que las gotas surcaban furiosamente su cara. Ella no hablaba, escuchaba lo que parecía ser un discurso del otro lado del teléfono.
Quizás prestó mucha atención, porque en un momento ella fijó los ojos en él, un instante de curiosidad mutua. El observador y la observada.
Dos esmeraldas brillosas por las lágrimas. Una mirada que podía penetrar el acero. Fría, pero con muchos sentimientos, esos ojos eran un huracán.
La escena duró unos breves instantes de la existencia colectiva, el transito en la calle era mucho como para detenerse a mirar o a prestar atención a algo que no estaba dentro de recorrido.
Él siguió su camino, terminó la jornada de trabajo y se volvía en el tren a su casa. No podía sacarse de la mente la imagen de esta mujer llorando. Le intrigaba el motivo del llanto, una discusión, el fallecimiento de alguien, tal vez la habían despedido del trabajo, o alguien cercano había sufrido algún accidente. Se le podían ocurrir miles de motivos por los cuales alguien que hablaba por teléfono llorase.
Pero esa mirada furiosa lo había hipnotizado. Ojalá hubiera atinado a hacer algo, un mínimo detalle cómo alcanzarle un pañuelo para que se seque las mejillas.
Miraba distraído por la ventanilla, el tren pasaba de estación en estación, faltaba poco para llegar a destino. Estaba cansado por la actividad del día.
Se arrepentía de no haberse acercado a la dama de las lágrimas. Pero por otro lado, era ilógico pensar en acercarse a una mujer en esas condiciones. ¿Qué hubiera hecho? ¿Qué le hubiera dicho?
Cuando se bajó del tren, todavía seguía pensando en aquella desconocida de ojos húmedos. Y con el extraño sentimiento que tendría que haber hecho algo, pero vaya a saber porque no hico nada.
Trató de despejarse en las cuadras que le quedaban hasta su casa. Pero no tuvo mucho éxito en eso. Justo cuando le faltaban unos pocos metros para doblar la esquina y llegar a su hogar, vio a otra mujer que caminaba por la vereda de enfrente llorando. En este caso no hablaba por teléfono, lloraba en la calle igual que la primera.
Tenía que ser una coincidencia, quizás había sido un día complicado para mucha gente, en especial para esas dos mujeres, pensó.
Comió, se duchó y se acostó. El cansancio le ganó a las ganas de pensar y se durmió enseguida.
Se despertó una hora antes que sonara el despertador. Había soñado con la mujer que hablaba por teléfono y lloraba.
En el sueño, la mujer lo paraba por la calle, después de cruce de miradas y le recriminaba porque no la había ayudado. Él no supo cómo reaccionar ante semejante demanda. Le ofreció un abrazo, pero ella lo rechazó.
En la segunda parte del sueño, ella le volvía a hablar, pero esta vez le preguntaba por qué la miraba. Y en un tono amenazante le decía que se fuera o que llamaría a la policía.
Por último, la tercera parte del sueño, ella lo frenaba en la calle y lo abrazaba sin decirle nada y después se iba caminando, sin volver a mirarlo.
No se pudo volver a dormir. Daba vueltas en la cama como una criatura. ¿Por qué había soñado eso? El hecho de haberse sobresaltado en su descanso por un sueño así lo fastidiaba. Cómo podía ser que un simple acto de observación callejera le robara tiempo de su vida. Se negaba a aceptarlo.
Esperó a que sonara la alarma para levantarse. Desayunó de mala gana, y antes de salir de su casa para ir a trabajar, se prometió a sí mismo no volver a mirar a nadie llorando en la calle, por las dudas de volver a perder el sueño.
Hola!!!! Como va? que cosa rara los sueños no? a veces me despierto preguntando porq soñe con esta persona... o tal cosa... nunca sabremos que pasa por nuestra cabeza... hablando de sueños, viste el origen??? beso grande!
ResponderEliminarQ loco...!!
ResponderEliminarsi me paso algo como eso...
un abrazo Ari.