Despertó temprano, pero se volvió a dormir en un parpadeo. Su respiración era pausada y tranquila, nada perturbaba ese cálido dormir.
Cerca de las nueve de la mañana volvió a despertarse. Se desperezó, salió de la cama hacia el baño. Después de una larga ducha, fue a la cocina. Abrió una de las ventanitas ubicadas sobre la mesada, pero la cerró enseguida porque había un olor raro afuera, intenso y molesto.
Prendió la televisión, pero le bajó el volumen, era una mera estrategia para no sentirse tan solo.
Sacó la mermelada de la heladera, la manteca y la leche. Buscó en la alacena una taza, sacó del cajón de los cubiertos un cuchillo mantequero y dos cucharas de té.
Colocó un poco de café soluble y azúcar en el pequeño recipiente con aza, le agregó agua caliente, y un chorrito de leche fría para entibiar.
Se sentó en su silla de siempre, untó un par de tajadas de pan.
Agarró el control remoto y comenzó a cambiar de canales. A los pocos instantes se dio cuenta que en todos los canales pasaba la misma imagen, lo único que aclaraba cada canal era que la transmisión era en vivo y en directo.
La imagen parecía ser un monte, en un paisaje semidesértico, pero en definitiva no se veía mucho.
Siguió cambiando de canales hasta que encontró uno que tenía un cronista relatando lo que sucedía, pero en un tono un tanto exaltado:
- Es el día, acaba de suceder. Llegó. Él llegó. No se puede creer.
La frase no le decía mucho, no explicaba del todo lo que sucedía.
Tomó unos sorbos de la taza de café con leche que ya estaba fría más que tibia, y se concentró en averiguar qué estaba pasando.
Los únicos canales que no mostraban lo que parecía ser una colina rodeada de varios helicópteros eran los canales infantiles.
De repente, logró dar con un canal que no transmitía esa imagen. Había un reportero dando noticias. Mostraban imágenes de gente corriendo por las calles, gritando, saqueando tiendas y golpeándose entre sí. Las principales ciudades eran un verdadero caos.
La segunda noticia que el reportero dio fue muy chocante, muchos líderes religiosos, habían sido linchados por sus fieles en sus casas o en la calle.
Después reportó la suma de los fallecidos en los distintos disturbios, aproximadamente, todo era en cifras estimativas. Y también de la gente desaparecida.
Los desaparecidos superaban por poco la cantidad de muertos, apenas por unos miles.
Él seguía sin entender nada, un día complicado para la humanidad, pensó, pero ya nos repondremos, toda adversidad, trae una nueva oportunidad. Esa era su filosofía. Y siguió mirando la televisión.
Otro canal reportaba un tsunami en las costas de Oceanía, pero todavía no tenían cantidad de la cantidad de muertos, ni de las ciudades que estaban bajo agua.
Súbitamente todo tembló, todo a su alrededor se sacudió. Un leve terremoto que hizo parpadear las luces de la casa.
El periodista en la pantalla decía alarmado:
- Ya no está. Se fue a la vista de todos sin tocar el suelo. Todos lo vieron sostenido en el cielo, y ya no está.
Por la cara de pánico del hombre con el micrófono en la mano parecía que el mundo se acababa, pero eso era imposible. El mundo no se podía acabar, solo era un día más, uno raro, con catástrofes en todo el mundo, y un extraño olor a azufre por todos lados, pero nadie daba cuenta de eso en la televisión.
Cerca de las nueve de la mañana volvió a despertarse. Se desperezó, salió de la cama hacia el baño. Después de una larga ducha, fue a la cocina. Abrió una de las ventanitas ubicadas sobre la mesada, pero la cerró enseguida porque había un olor raro afuera, intenso y molesto.
Prendió la televisión, pero le bajó el volumen, era una mera estrategia para no sentirse tan solo.
Sacó la mermelada de la heladera, la manteca y la leche. Buscó en la alacena una taza, sacó del cajón de los cubiertos un cuchillo mantequero y dos cucharas de té.
Colocó un poco de café soluble y azúcar en el pequeño recipiente con aza, le agregó agua caliente, y un chorrito de leche fría para entibiar.
Se sentó en su silla de siempre, untó un par de tajadas de pan.
Agarró el control remoto y comenzó a cambiar de canales. A los pocos instantes se dio cuenta que en todos los canales pasaba la misma imagen, lo único que aclaraba cada canal era que la transmisión era en vivo y en directo.
La imagen parecía ser un monte, en un paisaje semidesértico, pero en definitiva no se veía mucho.
Siguió cambiando de canales hasta que encontró uno que tenía un cronista relatando lo que sucedía, pero en un tono un tanto exaltado:
- Es el día, acaba de suceder. Llegó. Él llegó. No se puede creer.
La frase no le decía mucho, no explicaba del todo lo que sucedía.
Tomó unos sorbos de la taza de café con leche que ya estaba fría más que tibia, y se concentró en averiguar qué estaba pasando.
Los únicos canales que no mostraban lo que parecía ser una colina rodeada de varios helicópteros eran los canales infantiles.
De repente, logró dar con un canal que no transmitía esa imagen. Había un reportero dando noticias. Mostraban imágenes de gente corriendo por las calles, gritando, saqueando tiendas y golpeándose entre sí. Las principales ciudades eran un verdadero caos.
La segunda noticia que el reportero dio fue muy chocante, muchos líderes religiosos, habían sido linchados por sus fieles en sus casas o en la calle.
Después reportó la suma de los fallecidos en los distintos disturbios, aproximadamente, todo era en cifras estimativas. Y también de la gente desaparecida.
Los desaparecidos superaban por poco la cantidad de muertos, apenas por unos miles.
Él seguía sin entender nada, un día complicado para la humanidad, pensó, pero ya nos repondremos, toda adversidad, trae una nueva oportunidad. Esa era su filosofía. Y siguió mirando la televisión.
Otro canal reportaba un tsunami en las costas de Oceanía, pero todavía no tenían cantidad de la cantidad de muertos, ni de las ciudades que estaban bajo agua.
Súbitamente todo tembló, todo a su alrededor se sacudió. Un leve terremoto que hizo parpadear las luces de la casa.
El periodista en la pantalla decía alarmado:
- Ya no está. Se fue a la vista de todos sin tocar el suelo. Todos lo vieron sostenido en el cielo, y ya no está.
Por la cara de pánico del hombre con el micrófono en la mano parecía que el mundo se acababa, pero eso era imposible. El mundo no se podía acabar, solo era un día más, uno raro, con catástrofes en todo el mundo, y un extraño olor a azufre por todos lados, pero nadie daba cuenta de eso en la televisión.
No hay comentarios:
Publicar un comentario