Un teléfono verde sonaba arriba de un escritorio de madera de roble con muchos papeles arriba.
En la oficina no había nadie. Sólo había una radio encendida que daba la apariencia de haber gente ahí.
A la sexta vez, una persona de uniforme marrón entro y contestó el teléfono de una manera poco gentil.
La voz del otro lado del teléfono le resultaba familiar, la reconoció al instante, pero la noticia le demudó el semblante.
El comisario Baxter se puso los anteojos de sol plateados, salió de la oficina con el sombrero en la mano, caminó unos pasos por el pasillo hasta los escritorios. Hizo una seña a sus oficiales, no dijo una sola palabra y salió del edificio.
Ya en el auto, informó primero a sus dos oficiales, que estaban en el automóvil con él a cerca de la situación. Luego tomó la radio y dio aviso a las autoridades del condado.
Todos viajaban callados, mirando el desteñido del paisaje de fines de otoño.
Las autoridades tardarían al menos unas cuatro horas en llegar a la finca Foster. El sitio no era inaccesible, pero estaba lejos de la ruta más cercana.
Bill Evans vio acercarse la patrulla por el espejo retrovisor de su camioneta, pero no se bajó del vehículo hasta que uno de los oficiales no se acercó a él.
De inmediato, el comisario se paró junto a él y le comenzó a hacer toda clase de preguntas, al parecer de rutina en esos casos.
Mientras tanto los dos oficiales que acompañaban a Baxter revisaban las instalaciones de la finca en busca de de algo que les pareciera sospechoso. Pero por las expresiones de sus rostros se podía ver claramente que estaban desorientados en esa labor.
Cuando Evans terminó de responder las preguntas, Baxter le pidió que lo llevara al lugar dónde había encontrado los cuerpos.
Entraron juntos, pero en el pasillo era el amigo de Walter Foster él que caminaba adelante. Cuando llegaron a la última puerta del pasillo, el comisario puso un pañuelo en su mano derecha y empujó la puerta con el puño envuelto en ese pesado de tela.
A simple vista los cuerpos parecían acomodados sobre la cama después de haber sido asesinados. El corte en sus cuellos era muy profundo, se podía ver claramente sus gargantas abiertas. El charco de sangre seca se extendía por casi todo el colchón.
El comisario no quiso ver más, ni permanecer en aquel lugar mucho más tiempo, para no ensuciar la escena del crimen.
Miró a Evans y con una leve seña con el mentón le insinuó retirarse del lugar. Evans entendió rápidamente y ambos salieron de la habitación.
Cuando salieron de la casa, los dos oficiales estaban conversando con un periodista local, el único que había en el pueblo. Era el que escribía en la sección de policiales en el periódico del condado. Baxter se molestó mucho con aquel hombre, lo amenazó con arrestarlo si no se marchaba del lugar, y le dijo que al día siguiente le daría la información que necesitaba, pero en la oficina, no allí porque era la escena del crimen.
Evans preguntó si podía irse, pero el comisario le dijo que tenía que esperar hasta que llegaran los investigadores, ellos le dirían cuando se podía marchar. Mientras tanto había que esperar hasta que llegaran.
El periodista miró a Evans, y este le devolvió la mirada, después se subió a su auto para salir de la propiedad Foster y esperar afuera de ella, para ver que acontecía.
En la oficina no había nadie. Sólo había una radio encendida que daba la apariencia de haber gente ahí.
A la sexta vez, una persona de uniforme marrón entro y contestó el teléfono de una manera poco gentil.
La voz del otro lado del teléfono le resultaba familiar, la reconoció al instante, pero la noticia le demudó el semblante.
El comisario Baxter se puso los anteojos de sol plateados, salió de la oficina con el sombrero en la mano, caminó unos pasos por el pasillo hasta los escritorios. Hizo una seña a sus oficiales, no dijo una sola palabra y salió del edificio.
Ya en el auto, informó primero a sus dos oficiales, que estaban en el automóvil con él a cerca de la situación. Luego tomó la radio y dio aviso a las autoridades del condado.
Todos viajaban callados, mirando el desteñido del paisaje de fines de otoño.
Las autoridades tardarían al menos unas cuatro horas en llegar a la finca Foster. El sitio no era inaccesible, pero estaba lejos de la ruta más cercana.
Bill Evans vio acercarse la patrulla por el espejo retrovisor de su camioneta, pero no se bajó del vehículo hasta que uno de los oficiales no se acercó a él.
De inmediato, el comisario se paró junto a él y le comenzó a hacer toda clase de preguntas, al parecer de rutina en esos casos.
Mientras tanto los dos oficiales que acompañaban a Baxter revisaban las instalaciones de la finca en busca de de algo que les pareciera sospechoso. Pero por las expresiones de sus rostros se podía ver claramente que estaban desorientados en esa labor.
Cuando Evans terminó de responder las preguntas, Baxter le pidió que lo llevara al lugar dónde había encontrado los cuerpos.
Entraron juntos, pero en el pasillo era el amigo de Walter Foster él que caminaba adelante. Cuando llegaron a la última puerta del pasillo, el comisario puso un pañuelo en su mano derecha y empujó la puerta con el puño envuelto en ese pesado de tela.
A simple vista los cuerpos parecían acomodados sobre la cama después de haber sido asesinados. El corte en sus cuellos era muy profundo, se podía ver claramente sus gargantas abiertas. El charco de sangre seca se extendía por casi todo el colchón.
El comisario no quiso ver más, ni permanecer en aquel lugar mucho más tiempo, para no ensuciar la escena del crimen.
Miró a Evans y con una leve seña con el mentón le insinuó retirarse del lugar. Evans entendió rápidamente y ambos salieron de la habitación.
Cuando salieron de la casa, los dos oficiales estaban conversando con un periodista local, el único que había en el pueblo. Era el que escribía en la sección de policiales en el periódico del condado. Baxter se molestó mucho con aquel hombre, lo amenazó con arrestarlo si no se marchaba del lugar, y le dijo que al día siguiente le daría la información que necesitaba, pero en la oficina, no allí porque era la escena del crimen.
Evans preguntó si podía irse, pero el comisario le dijo que tenía que esperar hasta que llegaran los investigadores, ellos le dirían cuando se podía marchar. Mientras tanto había que esperar hasta que llegaran.
El periodista miró a Evans, y este le devolvió la mirada, después se subió a su auto para salir de la propiedad Foster y esperar afuera de ella, para ver que acontecía.
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