Sí la existencia fuera un hilo, podríamos decir que el primer extremo sería el nacimiento, por consiguiente, el otro extremo sería la muerte.
De la misma manera, podemos considerar que lo que separa al hombre de sus pares, sucede a lo lago de la vida. Sin embargo, un nacimiento o una muerte, son, o suelen ser, cuestiones que llegan a unir a las personas.
Esta historia tiene un poco de esos extremos, de nacimientos y de muertes, de uniones y distancias.
Todo transcurrió en un pequeño poblado rural del interior de Irlanda, a principios del siglo pasado.
Un joven ministro protestante se mudaba allí junto con su mujer, quién estaba embarazada de seis meses.
La comunidad de aquella población era de por sí cerrada, de mayoría católica y con una evidente resistencia al protestantismo.
A pesar de ello, este joven ministro entusiasta, decidió instalarse en aquel lugar.
La pequeña población contaba con novecientos habitantes. De los cuales quinientos vivían en el centro urbano, el resto estaba disperso en las granjas y fincas de alrededores.
Con edificios de paredes viejas, erosionadas por el tiempo, callejuelas empedradas y angostas. El clima de esa región de la isla era inhóspito, el frío y la humedad eran una mala combinación para la salud de cualquiera.
En aquel poblado, había distintos clanes, tres de ellos eran los más representativos, Keegan, Ó Conaill y Mac Cárthaigh. Los últimos dos se repartían la mayoría de las tierras del condado. Mientras que el primer clan, supuestamente, pertenecía a la nobleza, aunque nadie allí daba fe de eso.
El joven ministro, comenzó a trabajar con su oficio, era carpintero, al igual que su padre y su abuelo. Para cuando nació su segundo hijo, ya tenía buena reputación en lo que respectaba a su trabajo con la madera. Tanto fue así que fue contratado por la gente importante del pueblo para elaborar muebles a medida. Eso le proveía de un buen pasar.
Sin embargo, la feligresía de su iglesia no crecía. Él gozaba de buena fama, que había sido construida por su ética de trabajo. No obstante, todos sus clientes eran Católicos, lo trataban como a uno más, pero nunca olvidaban quien era. Era el ministro de la iglesia protestante.
A lo largo de treinta años continuo, hasta donde su salud se lo permitió, con su oficio, hasta que el reuma en sus manos se había hecho lo demasiado crítico como para dejarlo trabajar. Su hijo mayor se hizo cargo del negocio familiar. Mientras que él se dedicó únicamente a las labores eclesiásticas.
Para ese entonces, había sobrevivido al paso de cinco párrocos, haciéndose amigo del último, por una cuestión de empatía por el amor a las escrituras y a la gente del lugar.
De hecho, su hijo mayor contrajo matrimonio con la menor de las hijas del viejo Ó Conaill, en la que ambos ministros debieron realizar una ceremonia mixta, dada la condición de las familias, que profesaban distintas formas de creencia en una misma deidad.
Ese evento, fue raro y distinto en la historia de aquel lugar, porque nunca antes se había realizado algo así. Pero gracias a la amistad y a las buenas relaciones entre ministros, y también entre las familias propició dicho acontecimiento.
En realidad unió más a aquella comunidad fue el nacimiento del primer hijo del matrimonio.
No mucho tiempo después, el ministro protestante enfermó gravemente y falleció. Ésta no era una muerte más en el pueblo, sin ser rico, ni poderoso, o demasiado elocuente, era muy apreciado por todos. A pesar de las diferencias en la fe, habían aprendido a valorar a ese hombre. Tanto así que, mucha gente con no concurría a su iglesia acudía a él en busca de consejo.
Cuando la familia, incluida la parte política, acudió a el párroco para que oficiara en el funeral, éste se negó alegando que no podía realizarlo porque no pertenecía a su grey.
Parecía una respuesta sin sentido para todos. Por ese motivo los jefes de los clanes se reunieron, como se acostumbrada en la tradición de la isla, cuando se necesitaba resolver alguna situación importante.
Nada pudieron hacer para convencer al clérigo.
Ó Conaill, su consuegro, dispuso un espacio en su propiedad para enterrarlo.
Situaciones de vida y muerte, decisiones que unen y separan a las personas. Lo único que cambia es la forma en que se afrontan los extremos de la existencia. Un nacimiento no necesariamente une, una muerte no necesariamente separa.
De la misma manera, podemos considerar que lo que separa al hombre de sus pares, sucede a lo lago de la vida. Sin embargo, un nacimiento o una muerte, son, o suelen ser, cuestiones que llegan a unir a las personas.
Esta historia tiene un poco de esos extremos, de nacimientos y de muertes, de uniones y distancias.
Todo transcurrió en un pequeño poblado rural del interior de Irlanda, a principios del siglo pasado.
Un joven ministro protestante se mudaba allí junto con su mujer, quién estaba embarazada de seis meses.
La comunidad de aquella población era de por sí cerrada, de mayoría católica y con una evidente resistencia al protestantismo.
A pesar de ello, este joven ministro entusiasta, decidió instalarse en aquel lugar.
La pequeña población contaba con novecientos habitantes. De los cuales quinientos vivían en el centro urbano, el resto estaba disperso en las granjas y fincas de alrededores.
Con edificios de paredes viejas, erosionadas por el tiempo, callejuelas empedradas y angostas. El clima de esa región de la isla era inhóspito, el frío y la humedad eran una mala combinación para la salud de cualquiera.
En aquel poblado, había distintos clanes, tres de ellos eran los más representativos, Keegan, Ó Conaill y Mac Cárthaigh. Los últimos dos se repartían la mayoría de las tierras del condado. Mientras que el primer clan, supuestamente, pertenecía a la nobleza, aunque nadie allí daba fe de eso.
El joven ministro, comenzó a trabajar con su oficio, era carpintero, al igual que su padre y su abuelo. Para cuando nació su segundo hijo, ya tenía buena reputación en lo que respectaba a su trabajo con la madera. Tanto fue así que fue contratado por la gente importante del pueblo para elaborar muebles a medida. Eso le proveía de un buen pasar.
Sin embargo, la feligresía de su iglesia no crecía. Él gozaba de buena fama, que había sido construida por su ética de trabajo. No obstante, todos sus clientes eran Católicos, lo trataban como a uno más, pero nunca olvidaban quien era. Era el ministro de la iglesia protestante.
A lo largo de treinta años continuo, hasta donde su salud se lo permitió, con su oficio, hasta que el reuma en sus manos se había hecho lo demasiado crítico como para dejarlo trabajar. Su hijo mayor se hizo cargo del negocio familiar. Mientras que él se dedicó únicamente a las labores eclesiásticas.
Para ese entonces, había sobrevivido al paso de cinco párrocos, haciéndose amigo del último, por una cuestión de empatía por el amor a las escrituras y a la gente del lugar.
De hecho, su hijo mayor contrajo matrimonio con la menor de las hijas del viejo Ó Conaill, en la que ambos ministros debieron realizar una ceremonia mixta, dada la condición de las familias, que profesaban distintas formas de creencia en una misma deidad.
Ese evento, fue raro y distinto en la historia de aquel lugar, porque nunca antes se había realizado algo así. Pero gracias a la amistad y a las buenas relaciones entre ministros, y también entre las familias propició dicho acontecimiento.
En realidad unió más a aquella comunidad fue el nacimiento del primer hijo del matrimonio.
No mucho tiempo después, el ministro protestante enfermó gravemente y falleció. Ésta no era una muerte más en el pueblo, sin ser rico, ni poderoso, o demasiado elocuente, era muy apreciado por todos. A pesar de las diferencias en la fe, habían aprendido a valorar a ese hombre. Tanto así que, mucha gente con no concurría a su iglesia acudía a él en busca de consejo.
Cuando la familia, incluida la parte política, acudió a el párroco para que oficiara en el funeral, éste se negó alegando que no podía realizarlo porque no pertenecía a su grey.
Parecía una respuesta sin sentido para todos. Por ese motivo los jefes de los clanes se reunieron, como se acostumbrada en la tradición de la isla, cuando se necesitaba resolver alguna situación importante.
Nada pudieron hacer para convencer al clérigo.
Ó Conaill, su consuegro, dispuso un espacio en su propiedad para enterrarlo.
Situaciones de vida y muerte, decisiones que unen y separan a las personas. Lo único que cambia es la forma en que se afrontan los extremos de la existencia. Un nacimiento no necesariamente une, una muerte no necesariamente separa.
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