Desperté cuando el sol ya estaba arriba. Me llamó la atención que el resplandor también iluminara la sombra bajo la cual estaba.
El follaje verde oscuro me cubría la humedad de la noche y de la fuerte luz del medio día. Cerré los ojos y agradecí al cielo por mi árbol una vez más.
Me puse en pie y caminé alrededor, todo estaba como el día anterior. La emoción de la normalidad de llenó de satisfacción.
No recuerdo cuando, sé que fue hace mucho tiempo, una mañana abrí los ojos y estaba recostado sobre las raíces de un árbol no muy grande. No tenía a donde ir. Instintivamente decidí permanecer donde me encontraba.
Cuando fue terminando la primera temporada cálida, tuve que decidir permanecer allí o buscar otro lugar, pero la intriga de saber qué pasaría si me quedaba me venció.
El primer otoño fue raro, no sabía qué hacer, poco a poco las hojas se fueron desprendiendo de las ramas, así descubrí que no era un árbol perenne. Junto con árbol me vi sujeto a la voluntad del clima. Así fue como el primer invierno viví el mismo frío que cualquier otra criatura bajo el firmamento.
Con el paso de los años, me fui acostumbrando a estar sujeto a las estaciones, a las noches calurosas sin viento, las tardes con sombra y en soledad, mañanas de respirar el rocío sobre el pasto, noches en las que la brisa hacía bailar las hojas de tal manera que se podían ver las estrellas.
La primera tormenta con lluvia y viento fuerte me hizo entender que los dos compartíamos la misma fortuna. Todos los que viven bajo el cielo están sometidos a los caprichos del viento.
Esa tormenta perdió muchas hojas, con un saldo de varias ramas rotas. Casi fui golpeado por una de ellas, pero un fuerte silbido me advirtió del crujir que hacen las ramas antes de quebrarse.
Todavía mojado y con el frío que las corrientes de aire producen en la ropa mojada vi las estrellas después de la tormenta.
Vivo de los frutos del árbol, de mi árbol. Hay temporadas buenas y otras no tanto, pero no me falta nada. Los productos dependen de cada estación.
No es ni el más grande ni el más pequeño del bosque. Lo que llama la atención es el color del verde, que a medida que se mira hacia la copa se va aclarando.
Lo que hace único a este árbol, es que vivo bajo su sombra. Pero no solo yo vivo bajo la sombra de uno de ellos en este bosque.
Todos aquí cuidamos un árbol, todos aquí somos un árbol, que da frutos, da sombra, sufre con las tormentas y el viento, y estamos sujetos a las buenas y malas temporadas de la vida. Crecemos con el tiempo buscando acercarnos a las estrellas de la noche, recibiendo fuerzas del sol, nutriéndonos de la tierra. Vivimos de nuestros propios frutos.
El follaje verde oscuro me cubría la humedad de la noche y de la fuerte luz del medio día. Cerré los ojos y agradecí al cielo por mi árbol una vez más.
Me puse en pie y caminé alrededor, todo estaba como el día anterior. La emoción de la normalidad de llenó de satisfacción.
No recuerdo cuando, sé que fue hace mucho tiempo, una mañana abrí los ojos y estaba recostado sobre las raíces de un árbol no muy grande. No tenía a donde ir. Instintivamente decidí permanecer donde me encontraba.
Cuando fue terminando la primera temporada cálida, tuve que decidir permanecer allí o buscar otro lugar, pero la intriga de saber qué pasaría si me quedaba me venció.
El primer otoño fue raro, no sabía qué hacer, poco a poco las hojas se fueron desprendiendo de las ramas, así descubrí que no era un árbol perenne. Junto con árbol me vi sujeto a la voluntad del clima. Así fue como el primer invierno viví el mismo frío que cualquier otra criatura bajo el firmamento.
Con el paso de los años, me fui acostumbrando a estar sujeto a las estaciones, a las noches calurosas sin viento, las tardes con sombra y en soledad, mañanas de respirar el rocío sobre el pasto, noches en las que la brisa hacía bailar las hojas de tal manera que se podían ver las estrellas.
La primera tormenta con lluvia y viento fuerte me hizo entender que los dos compartíamos la misma fortuna. Todos los que viven bajo el cielo están sometidos a los caprichos del viento.
Esa tormenta perdió muchas hojas, con un saldo de varias ramas rotas. Casi fui golpeado por una de ellas, pero un fuerte silbido me advirtió del crujir que hacen las ramas antes de quebrarse.
Todavía mojado y con el frío que las corrientes de aire producen en la ropa mojada vi las estrellas después de la tormenta.
Vivo de los frutos del árbol, de mi árbol. Hay temporadas buenas y otras no tanto, pero no me falta nada. Los productos dependen de cada estación.
No es ni el más grande ni el más pequeño del bosque. Lo que llama la atención es el color del verde, que a medida que se mira hacia la copa se va aclarando.
Lo que hace único a este árbol, es que vivo bajo su sombra. Pero no solo yo vivo bajo la sombra de uno de ellos en este bosque.
Todos aquí cuidamos un árbol, todos aquí somos un árbol, que da frutos, da sombra, sufre con las tormentas y el viento, y estamos sujetos a las buenas y malas temporadas de la vida. Crecemos con el tiempo buscando acercarnos a las estrellas de la noche, recibiendo fuerzas del sol, nutriéndonos de la tierra. Vivimos de nuestros propios frutos.
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