sábado, 30 de octubre de 2010

El derrumbe

Una vez más la incertidumbre se respira en la habitación. Persianas a medio cerrar, las ventanas sin cortinas dejaban pasar la tenue luz de la luna, y su sequito de estrellas, que se escondían sin intención detrás de las nubes nocturnas teñidas por el resplandor de la cuidad.
A penas se oía el transito en la calle, sin embardo, en su interior era todo lo contrario. Las ideas, sentimientos y pensamientos sacudían el transito interno de su existencia.
La distancia entre quien era y quien pretendía ser una vez más se agranda. Pero en esta ocasión pudo ver con sus propios ojos cómo se rompió su espejo interior. Era ella frente a su reflejo resquebrajado, lloviendo en fragmentos al suelo.
Su autoestima estaba dañada, con daños estructurales y corría riesgo derrumbe.
Durante toda aquella tarde, la mampostería de su edificio se había ido desprendiendo de sus paredes exteriores. Todo lo que consideraba algo para apreciar, lo bello de su vida se precipitaba al suelo y se destruía en miles de pedazos. Poco a poco menospreciaba su propia belleza, descartando de sí incluso aquello que todavía seguía sostenido a los muros.
Esa tarde nefasta quería borrarla de su vida. Ojala las lágrimas apretadas contra la almohada pudieran lavar el pasado. Humedecer la tinta del libro de la memoria, para que las palabras tengan menos peso, y con el tiempo sean ilegibles.
Toda esa angustia guardada. Todas esas frases innecesarias retumbando solo para lastimar.
Cuando se había levantado esa mañana, tan feliz, con tanto por hacer, nunca imaginó que ese día estaba marcado en su calendario como el día de su derrumbe personal.
No tenía antecedentes en su memoria de algo similar. Pelearse con su pareja, y terminar, diciéndose muchas cosas hirientes. Todos los reproches de un hombre cansado le habían resultado mucho.
Tal vez tenía razón, ella no era para él. Pero no podía negar lo que seguía sintiendo.
Quizás lo que no esperaba era la actitud de sus mejores amigos, los que le daban la razón a él. Según su amigo, ella lo había ahogado con caprichos y exigencias con las que, ni ella misma, pensaba cumplir. Era lógico que la dejara.
El otro únicamente le dijo:
- Los hombres te dicen que se cansaron cuando no hay forma de remontar la situación, vos no te das idea de todo lo que tiene que pasar para que un hombre diga eso. Sí lo cansaste, mejor olvidarse de pensar en volver.
Nunca antes había sido rechazada, nunca antes le habían corrido la boca cuando buscaba un beso. Tampoco le había despreciado un abrazo.
El viento de la tempestad que vivía dentro y fuera de sí había arrancado las ilusiones como hojas secas del árbol de los deseos.
Su proyección del futuro se desvanecía como la niebla al medio día.

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