Cerró la puerta del baño con llave. Bajó la tapa del inodoro y se sentó.
Otra vez el mismo ritual, tenía que estar segura. Hacía diez días que venía con lo mismo. Ya no sabía si era su escepticismo o se estaba volviendo paranoica. Pero con cosas así, tenía que estar segura.
Mientras esperaba a la naturaleza, agachó la cabeza y la puso entre sus manos.
Para distraerse, se hacía masajes con los dedos entre el pelo.
Se paró para mirarse en el espejo del botiquín. Miraba su reflejo a los ojos, como si pudiera esquivar el destino que brillaba en ellos.
Había probado diferentes marcas, todas tenían el mismo margen de error. Eso era lo que le asustaba. Mientras más pruebas hacía, más resultados iguales conseguía. Pero se resistía a aceptarlo. Por eso se había puesto el límite de dos semanas. Después de ese tiempo, iría al médico, para confirmar.
Todavía no quería decirle nada a él, para no preocuparlo.
Estaban pasando un buen momento como pareja. Pero no quería arruinarlo con una noticia así.
Las veces que hablaron el tema, ambos estaban de acuerdo. Pero era ella la que no se hacía a la idea.
Se sentía demasiado joven, de alguna manera, todo esto era un cambio de etapa en la vida, en la suya, en la de él y en la de las familias de ambos.
Las manos le traspiraban por los nervios, era la última prueba que pensaba realizar, antes de ir al médico, antes de decirle a él.
Abrió la cajita, levantó la tapa del inodoro y se sentó. Se detuvo un instante con el test en la mano, una parte de ella ya sabía la respuesta. De las trece pruebas anteriores, once habían sido positivas. Ésta, la última, no modificaba el resultado.
Otra vez dio positivo.
Por un lado sentía felicidad, después de todo, era un milagro, su milagro. Pero por otro lado, ese milagro, modificaba toda su realidad, todo su presente. Eso le generaba incertidumbre, le daba miedo.
Ahora sí. Tenía que salir del baño y contar lo que, por sus cambios de ánimo, ya era evidente.
Tenía que buscar bien las palabras, pero antes, calmar la procesión que marchaba por dentro.
Esperó unos minutos, y abrió la puerta. Ahí estaba él, caminando por el pasillo, acercándose.
Lo miró a los ojos. Prestos a llorar de alegría. Sus ojos le regalaban paz.
Sin palabras, se abrazaron. Oficialmente, habían dejado de ser solo dos en el universo.
Otra vez el mismo ritual, tenía que estar segura. Hacía diez días que venía con lo mismo. Ya no sabía si era su escepticismo o se estaba volviendo paranoica. Pero con cosas así, tenía que estar segura.
Mientras esperaba a la naturaleza, agachó la cabeza y la puso entre sus manos.
Para distraerse, se hacía masajes con los dedos entre el pelo.
Se paró para mirarse en el espejo del botiquín. Miraba su reflejo a los ojos, como si pudiera esquivar el destino que brillaba en ellos.
Había probado diferentes marcas, todas tenían el mismo margen de error. Eso era lo que le asustaba. Mientras más pruebas hacía, más resultados iguales conseguía. Pero se resistía a aceptarlo. Por eso se había puesto el límite de dos semanas. Después de ese tiempo, iría al médico, para confirmar.
Todavía no quería decirle nada a él, para no preocuparlo.
Estaban pasando un buen momento como pareja. Pero no quería arruinarlo con una noticia así.
Las veces que hablaron el tema, ambos estaban de acuerdo. Pero era ella la que no se hacía a la idea.
Se sentía demasiado joven, de alguna manera, todo esto era un cambio de etapa en la vida, en la suya, en la de él y en la de las familias de ambos.
Las manos le traspiraban por los nervios, era la última prueba que pensaba realizar, antes de ir al médico, antes de decirle a él.
Abrió la cajita, levantó la tapa del inodoro y se sentó. Se detuvo un instante con el test en la mano, una parte de ella ya sabía la respuesta. De las trece pruebas anteriores, once habían sido positivas. Ésta, la última, no modificaba el resultado.
Otra vez dio positivo.
Por un lado sentía felicidad, después de todo, era un milagro, su milagro. Pero por otro lado, ese milagro, modificaba toda su realidad, todo su presente. Eso le generaba incertidumbre, le daba miedo.
Ahora sí. Tenía que salir del baño y contar lo que, por sus cambios de ánimo, ya era evidente.
Tenía que buscar bien las palabras, pero antes, calmar la procesión que marchaba por dentro.
Esperó unos minutos, y abrió la puerta. Ahí estaba él, caminando por el pasillo, acercándose.
Lo miró a los ojos. Prestos a llorar de alegría. Sus ojos le regalaban paz.
Sin palabras, se abrazaron. Oficialmente, habían dejado de ser solo dos en el universo.
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