martes, 28 de febrero de 2012

Botellas en el río (Parte VI)


Se metió en la casa otra vez, se escuchaban ruidos de cajones como cuando se pierde algo importante. Después de eso puso música y salió.
No encontraba el saca corchos.- dijo con el corcho en la mano y lo dejó arriba de la mesa.-
- Es Spinetta ¿no? – pregunté algo sorprendido.-
- Sí, que pensás, que todos los que viven en islas en el río escuchan “Pedro canoero”.- soltó una risa sarcástica.- es un cd con canciones mezcladas.
Este tipo era más particular de lo que pensaba, por el lugar donde estábamos me esperaba algo de Víctor Heredia o el Chango Spasiuk.
Se acomodó en si silla llenó su vaso y prendió otro cigarro.
Si la cirrosis no lo mataba, seguramente el alquitrán en los pulmones lo iba a hacer.
Retomó la historia poniendo una fecha precisa. Mientras él había ido a buscar su vino, yo había apagado el grabador para ahorrar batería.
Siguió su relato nombrando personas y ubicándolas en distintos lugares. Marcando bien cuáles eran los roles que cada uno de ellos tenía en la historia.
Al principio no había buenos ni malos, sólo eran personas, pero a medida que se desarrollaba el relato se podían ver claras intenciones. Tal vez era un relato tendencioso, y como periodista no me atreví a evaluar nada hasta que terminara su historia.
Tomaba y fumaba en cantidades dignas de un socialista revolucionario exiliado en Centroamérica.
Se detenía en detalles que se transformaban en anécdotas, y luego las anécdotas volvían a ser detalles dentro de la narración.
Volvió a levantarse pero esta vez para ir al baño, eso me dio tiempo de hacer un par de anotaciones rápido para no olvidar cosas importantes, después de todo era una historia atrapante, con sentimientos shakespirianos, con palabras crudas como las que usaban los escritores rusos, sin eludir esa suerte de realismo mágico que tienen los de habla hispana y con un imán hacia las situaciones típicas de una película de Allen. Después de todo, ellos copian o copiaron lo que la gente vive para contarlo a su manera. 
En su ausencia hubo una sola pregunta en mi cabeza: ¿Por qué me contaba todo eso? Seguramente, cuando terminara de hablar tendría la oportunidad de indagar en eso.
Se acercó a la mesa y puso un pequeño banquito para apoyar los pies, cruzó las piernas y continuó con la historia.
Si bien el tipo no era Landrizina, resultaba entretenido oírlo.
De repente su semblante cambió, ya no hacían gracia los chistes, y el tono de su voz se moderaba hasta llegar a ser casi solemne. No era para menos, había llegado la parte trabada de la historia, todos los detalles anteriores cobraban el valor que debían a la luz de las últimas palabras.
Debo confesar que el final me resultó un tanto estúpido, pero me aliviaba que no era mi historia.
No le faltó decir “fin” pero  sabía que después de que dijera: “El tiempo dirá”, su cuento había terminado.
Guardó silencio con los ojos puestos en un sauce que parecía la cabeza de Bob Marley recostada en la orilla del río.
Mientras él estaba callado aproveché para servirme más vino yo. No era de los finales en los que se brinda, pero una copa colabora con el mal sabor de boca, pensé.
La botella estaba a menos de la mitad, a dos dedos de terminarse y es escuchó el ruido de la lancha del francés.
- Ahí te vinieron a buscar. – dijo.-
- Si, mejor me apuro antes que se revire y se vaya.
- Si, cierto, ese francés vicioso no tiene todos los patitos en fila.
Me había sonado bastante rara la declaración de “ese vicioso”, como si lo dijera un deportista de alta competición.
- Antes que te vayas te voy a dar algo.- fue al costado de la casa y trajo tres botellas.- una es de vino, pero sin etiqueta, es vino igual no te preocupes. Y las otras dos son para que me hagas el favor de tirarlas al río por mi. Te lo agradecería mucho.
Ante semejante oferta no podía negarme, menos después de haber escuchado toda la historia.
- Si, por supuesto, no se preocupe.
Apretón de manos de por medio,  bajé los escalones de madera hasta el caminito que llevaba al muelle.
El francés estaba con cara de cansado, no había amarrado la lancha al muelle, era obvio que no tenía intenciones de bajarse a saludar.
- A vos también te dio botellas para el río, ahora se las da a cualquiera.- y se río con muchas ganas.-
Lo miré y sonreí de forma cómplice.
Me subí dejé mis cosas en el piso y arrancamos rio abajo. El sol caía a nuestra derecha, los rayos que se llegaban a filtrar entre los árboles salpicaban con un brillo dorado el agua del rio.
Justo cuando me daba vuelta para preguntarle al francés donde era mejor tirar las botellas, pareció leerme la mente.
- Ya no tiro más las botellas que me da. También conozco la historia, creo que soy al primero que le contó, pero también conozco la historia del otro lado. Vale la pena tomarse todo ese vino, pero no vale la pena tirar las botellas. El río no las va a leer. – hizo una pausa relativamente larga, en la que me dejó pensando, y continuó.- es de gusto que trate de hacerle llagar algo, pero no lo voy a convencer de lo contrario. Vos si querés tiralas por acá, tarde o temprano van a llegar río abajo, sino dámelas a mi que se las doy a botellero y hago algunos manguitos.  
Tal vez ese borracho tenía razón, pero las botellas me las había dado a mi, y las solté al costado de la lancha. Prefería que el río fuera el que decidiera si las botellas deberían o no llegar a destino. Así las había encontrado yo.
En ese momento me acordé que todavía me quedaba una botella por abrir y leer, y otra por abrir y tomar.

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