miércoles, 1 de febrero de 2012

Botellas en el río (Parte IV)


El mensaje había sido bastante claro, ese hombre tenía pasión por lo que tomaba. Haciendo equilibrio, por la falta de costumbre, comencé a descargar las cajas. No sólo estaban las cajas con botellas vacías y con botellas llenas, también había cajas con alimentos, algunas resmas de papel y unas bolsas negras que estaban atadas.
-Gracias por la ayuda.- me dijo el francés que se había parado atrás mío sin que me hubiera dado cuenta.- ya le dije de vos, tenés que ir a la casa y allá te va a atender. Hoy está de buen ánimo. – hizo una pausa.- si querés que te venga a buscar, son cincuenta pesos más.
Esa declaración no me tomaba tan por sorpresa, después de lo que había dicho si se quedaba sin alcohol. Y realmente no me quedaba otra que aceptar la única oferta que tenía para volverme. En el fondo algo me decía que no volviera a hacer negocios con europeos que anduvieran en lancha.
-Está bien. – y saqué la billetera.- mitad ahora y la otra cuando me dejes en el puerto.
-Parece justo. Tipo ocho, ocho y media esperame acá. No te voy a ir a buscar.
Subíó a la lancha, le dio arranque al motor y la espuma comenzó a empujarla por el río.
Agarré las bolsas primero y comencé a caminar hacia la casa de techo rojo. Cuando llegué cerca de la casa escuché una voz que no sabía de dónde venía.
-¡Periodista! Traete las cajas y dejalas cerca de la puerta. Cuando vuelvas hablamos.
De los recibimientos que esperaba ese podría haber sido el menos malo. Dejé las bolsas y volví por las cajas y las resmas de papel. El esfuerzo era el doble porque no me había sacado la mochila, porque, por lo general hay que desconfiar de la gente que te manda sin conocerte. Aunque en este caso prefería ganarme la confianza para poder entrevistar al viejo ese.
Después de llevar la última caja y dejarla al lado de la puerta dije:
-¡Ya está! ¿Tiene agua fría? Que hace calor.
-Sí. –dijo la vos tosca desde adentro de la casa.- ahí te llevo.
Había dos sillitas de hierro, como las de los cafes de recoleta, y me senté en la más alejada de la puerta, me saqué la mochila y la puse entre mis piernas.
De repente se abrió la puerta mosquitero y esa fue mi segunda sorpresa, no era un viejo. Tenía trentilargos; el pelo llevaba meses largos sin ver tijera, con unas canas en la frente; barba desprolija, con el detalle que a diferencia del cabello era colorada; una camisa sin mangas desabrochada hasta la mitad, bermudas color verde (que estaban bastante gastadas) y descalzo.
-Acá tenés. – extendió la mano y le dio un vaso de agua.- es lo más fresco que tengo. Que trae a un hombre como usted por estos lados.
-Graicas por el agua.- aunque hubiera tomado agua del río que era más o menos lo mismo.- estoy de vacaciones, vi las botellas en el río, me dio curiosidad porque me contaron varias historias, todas distintas, y pensé en hacerle una nota para el diario en que trabajo. Si no le molesta.
-Ya te molestaste vos en venir –dijo con mirada penetrante.- no hay problema. Pero primero almorzamos, estoy haciendo unos pescaditos adentro. No esperaba visitas, así que voy a hacer arroz. Y después charlamos tranquilos.
Moví la cabeza en señal de aprobación, tampoco había mucho que aprobar en ese caso, era el dueño de casa.
Trabó la puerta mosquitero con una piedra, y comenzó a traer los cubiertos y el resto de las cosas para comer.
-Tomás vino con la comida ¿no?
-Si. Con la comida y sin la comida también.- le respondí.-
Me devolvió una mirada dándome a entender que el chiste no la había causado gracia.
-Ja! Típico humor de los de Buenos Aires. -Ahora te traigo- todavía falta un ratito.
Tomamos vino en silenció, mirando el muelle que estaba a unos treinta metros de la casa. El sol destellaba en el agua y el viento acomodaba el peinado de los sauces de la orilla.
-Seguro que te dijeron que tengo poderes.- habló sin mirarme después de unos minutos.- la gente de acá es supersticiosa, por no decir crédula. Una vez dije que si alguno abría las botellas y leía lo que hay adentro le iban a pasar desgracias. – y se echó a reír.- una estupidez, pero funcionó.
-Si, esa fue la historia que me contaron.
-Vos abriste una de mis botellas. – se volteó y me miró muy serio.-
-No. – contesté rápido.- yo creo en la suerte. No me arriesgaría a que me pasara algo.
Soltó una carcajada que debió hacer volar todas las aves de la pequeña isla.
-Voy a traer la comida. 

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