martes, 31 de enero de 2012

Una aguja en un pajar


Tomó siglos, pero al fin el hombre lo logró, llegó a un estadio en el que la razón domina su pensamiento.
De la mano de la ciencia y los avances de la tecnología, la humanidad ha conseguido dominar su entorno consiguiendo así una mejor calidad en cuanto a la habitabilidad  de nuestro espacio físico.
Toda forma de creencia anterior a la razón fue desechada. Los relatos que sustentan  la fe pasaron a ser considerados mitos. O algo así como historias simpáticas que les podríamos contar a nuestros hijos una noche antes de dormir.
Así  la gente dejó de creer  en el mundo invisible. El hombre moderno necesita ver para creer, para comprobar la existencia de algo debe tener una evidencia visible y tangible.
Ya no existe más el mundo invisible de la antigüedad. No existe lo que antes era ley. De forma tal que es imposible entender que lo que existe es producto de lo que no vemos.
Sin adentrarnos mucho en la teoría del Big Bang, un choque cósmico de partículas que no podemos ver con nuestros ojos, sucedió en un momento en el que nadie estuvo presente para dar fe del hecho. Pero aún así, mucha gente prefiere creer en eso, porque tiene sustento racional.
La mayoría de las personas relaciona el mundo invisible con la imaginación. Pero no me refiero a eso. Sino al mundo espiritual que nos rodea.
¿El hombre ha logrado auto excluirse de su vida espiritual?
En cierto sentido, es así ¿cómo podemos ver una necesidad, cuando esta es invisible?
Tanto el hombre antiguo, rudimentario, primario en sus acciones y comportamientos desarrolló técnicas para modificar espacio físico a fin de hacerlo mejor; como el hombre moderno, que ha sido capaz de desarrollar  tecnologías, tomando las técnicas y perfeccionándolas con el conocimiento científico brindado por la ciencia, que hacen que la vida del individuo se desarrolle casi sin sobresaltos.
Hoy no existen necesidades que el hombre no pueda suplir. En tanto y en cuanto pueda ver concretamente que le falta. Lo que no ve, lo que quizás, alcanza a percibir, pero no a identificar, trata de suplirlo de otra manera.
Sin embargo, ahí está, dentro del hombre la necesidad invisible que no puede explicar.
Pongámoslo de esta manera, el hombre está en una búsqueda constante, ya sea de la verdad, del conocimiento, o solamente para encontrar una forma de sentirse mejor consigo mismo.
Un ejemplo sencillo de esto sería el siguiente: el hombre busca una aguja en un pajar, con la dificultad que no conoce cómo es la aguja, mucho menos sabe las dimensiones del pajar. Únicamente sabe que busca algo entre la paja.
Limitó su vida a lo que sus ojos pueden ver, a lo que puede conocer, y lo conoce porque lo puede explicar.
En la antigüedad lo desconocido producía temor, hoy el temor es desconocer. Por eso el hombre tiene un voraz apetito de conocimiento. No hay tiempo ni espacio para la fe, porque la fe pertenece a un mundo que no se puede ver y lo que no se puede ver, no le interesa al hombre.
No es la aguja, no es la paja ni el pajar, es buscar lo que realmente vale la pena, lo que hace realmente feliz al hombre y lo llena, lo que verdaderamente necesita. Encontrar el amor puro es encontrar una aguja en un pajar. 

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