martes, 24 de enero de 2012

Hoguera de verano


Las chispas del fuego cada vez eran más fuertes  a medida que las sombras se cerraban, y el bosque se iba adquiriendo una tonalidad anaranjada.
Esa noche tenía lugar la gran hoguera de los faunos celebrando el solsticio de verano. Siempre procuraban hacer una más grande que el año anterior, con el objetivo de juntar a más de ellos cada vez.
Con el sonido de las flautas, que ellos mismo fabricaban, y los pequeños tambores que siempre suelen usar en las fiestas, le daban vida a sus danzas.
La jornada arrancaba con la primera estrella de la tarde y duraba hasta que el último de ellos se durmiera.
Todos esos seres con piernas de animal y torso humano bailaban formando un círculo alrededor de las llamas a una distancia prudente a fin de no quemarse.
Comían frutos que habían recogido, carne de animales que habían cazado y bebían mucho vino para alegrar el corazón.
La embriaguez los hacía corretearse entre ellos de forma furtiva buscando alguna hembra, que tuviera ganas de prestarse a ese juego.
La luna ya había ocupado su lugar en lo más alto del cielo, rodeada de estrellas que brillaban salpicando el negro del firmamento, simulando un manto de terciopelo negro con detalles en diamantes.
El humo se elevaba en una columna irregular, la hoguera estaba en su punto máximo de esplendor y era alimentada constantemente por los encargados de cuidarla. Todo esto ocurría el pie de la majestuosa  montaña que nunca se despojaba de su corona blanca. El círculo ancestral en el medio del bosque, adornado con distintos montículos internos que eran utilizados como una suerte de asientos.
No muy lejos de la gran hoguera estaba sentado un fauno con la cabeza entre las manos, su jarro tenía vino que no había probado aun, su flauta estaba a un costado, no había sonado en toda la noche. Sus ojos se perdían en el fuego y el fuego se prendía en su pecho.
Era el único fauno que no bailaba. Su postura se asemejaba a la de los cuerpos abandonados por sus almas.
De pronto en la danza de las llamas la vio, la ilusión de su corazón, la doncella gitana de la que se había enamorado en la primavera.
Quién no conociera a este fauno melancólico, creería que sus deseos eran de pasión desenfrenada, pero este fauno en particular, no. Si así hubiera sido, ni bien hubiera sentido atracción por esa belleza juvenil, la hubiera perseguido hasta poseerla.
Las facciones de su cara demostraban sufrimiento.
Dos especies distintas, él un fauno y ella humana.
El fuego de verano ardía fuera y dentro de él, su único deseo era consumirse con esa hoguera.
Los faunos no se enamoran, pensaba, nunca nos enamoramos, esa sensación no existe en nuestro cuerpo. Que le resultaba tan grata y satisfactoria, pero a la vez provocaba su dolor.
De repente una pequeña manada de faunos en persecución pateó su jarro de vino volcándolo, el incidente logró traerlo a la realidad. Estaba en la gran celebración del bosque y todavía no había bailado, o tocado su flauta, ni siquiera había tomado vino.
Las constelaciones ya habían cambiado de lugar y la luna se recostaba sobre el oeste de la gran montaña.
La fiesta estaba en su mejor momento, la hoguera ardía con el amarillo del sol, y la embriaguez de los participantes era más que suficiente como para animar al más triste enamorado.
Se levantó y fue a llenar su copa de vino. Y pensó, que peor lugar para un enamorado sin enamorada que una hoguera de verano.
Volvió a sentarse y tomó todo lo que pudo mirando fijo ese fuego buscando quedarse dormido, para soñar con un lugar en el que estuvieran juntos.
La fiesta continuó, y todos esquivaban al fauno dormido en el suelo, nada iba a detener el gran festejo del solsticio de verano, después de todo, tampoco era el único que se había dormido. 

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