Las
chispas del fuego cada vez eran más fuertes
a medida que las sombras se cerraban, y el bosque se iba adquiriendo una
tonalidad anaranjada.
Esa
noche tenía lugar la gran hoguera de los faunos celebrando el solsticio de
verano. Siempre procuraban hacer una más grande que el año anterior, con el
objetivo de juntar a más de ellos cada vez.
Con
el sonido de las flautas, que ellos mismo fabricaban, y los pequeños tambores
que siempre suelen usar en las fiestas, le daban vida a sus danzas.
La
jornada arrancaba con la primera estrella de la tarde y duraba hasta que el
último de ellos se durmiera.
Todos
esos seres con piernas de animal y torso humano bailaban formando un círculo
alrededor de las llamas a una distancia prudente a fin de no quemarse.
Comían
frutos que habían recogido, carne de animales que habían cazado y bebían mucho
vino para alegrar el corazón.
La
embriaguez los hacía corretearse entre ellos de forma furtiva buscando alguna
hembra, que tuviera ganas de prestarse a ese juego.
La
luna ya había ocupado su lugar en lo más alto del cielo, rodeada de estrellas
que brillaban salpicando el negro del firmamento, simulando un manto de terciopelo
negro con detalles en diamantes.
El
humo se elevaba en una columna irregular, la hoguera estaba en su punto máximo
de esplendor y era alimentada constantemente por los encargados de cuidarla.
Todo esto ocurría el pie de la majestuosa montaña que nunca se despojaba de su corona
blanca. El círculo ancestral en el medio del bosque, adornado con distintos
montículos internos que eran utilizados como una suerte de asientos.
No
muy lejos de la gran hoguera estaba sentado un fauno con la cabeza entre las
manos, su jarro tenía vino que no había probado aun, su flauta estaba a un
costado, no había sonado en toda la noche. Sus ojos se perdían en el fuego y el
fuego se prendía en su pecho.
Era
el único fauno que no bailaba. Su postura se asemejaba a la de los cuerpos
abandonados por sus almas.
De
pronto en la danza de las llamas la vio, la ilusión de su corazón, la doncella
gitana de la que se había enamorado en la primavera.
Quién
no conociera a este fauno melancólico, creería que sus deseos eran de pasión
desenfrenada, pero este fauno en particular, no. Si así hubiera sido, ni bien
hubiera sentido atracción por esa belleza juvenil, la hubiera perseguido hasta
poseerla.
Las
facciones de su cara demostraban sufrimiento.
Dos
especies distintas, él un fauno y ella humana.
El
fuego de verano ardía fuera y dentro de él, su único deseo era consumirse con
esa hoguera.
Los
faunos no se enamoran, pensaba, nunca nos enamoramos, esa sensación no existe
en nuestro cuerpo. Que le resultaba tan grata y satisfactoria, pero a la vez
provocaba su dolor.
De
repente una pequeña manada de faunos en persecución pateó su jarro de vino
volcándolo, el incidente logró traerlo a la realidad. Estaba en la gran
celebración del bosque y todavía no había bailado, o tocado su flauta, ni
siquiera había tomado vino.
Las
constelaciones ya habían cambiado de lugar y la luna se recostaba sobre el
oeste de la gran montaña.
La
fiesta estaba en su mejor momento, la hoguera ardía con el amarillo del sol, y
la embriaguez de los participantes era más que suficiente como para animar al
más triste enamorado.
Se
levantó y fue a llenar su copa de vino. Y pensó, que peor lugar para un
enamorado sin enamorada que una hoguera de verano.
Volvió
a sentarse y tomó todo lo que pudo mirando fijo ese fuego buscando quedarse
dormido, para soñar con un lugar en el que estuvieran juntos.
La fiesta
continuó, y todos esquivaban al fauno dormido en el suelo, nada iba a detener
el gran festejo del solsticio de verano, después de todo, tampoco era el único que
se había dormido.
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