martes, 31 de enero de 2012

Botellas en el río (Parte III)


Lo primero que tenía que hacer era confirmar si realmente existía ese viejo, así que fui al mercado del puerto. Si ese hombre usaba las botellas de vino, de algún lado las sacaba, o mejor dicho alguien le tenía que vender lo que tomaba.
Haciéndome el distraído, revisando canastos de mimbre, frutas y pescado fresco, fui recabando información acerca del tema.
En efecto el viejo existía, y desde el vamos lo de los poderes era sólo una leyenda urbana. La mujer de la verdulería decía que era un hombre solitario, y que tenía fama de tratar mal a la gente, que una vez había corrido a los tiros a unos pescadores que estaban frente a su casa porque pensó que lo estaban espiando.
Con esas referencias, lo más lógico era que las empresas que hacían paseos por el río no se acercaran mucho a ese lugar. Pero eso no me iba a detener y seguí preguntando sin levantar mucho la perdiz.
No podía tardar mucho porque sino seguramente iban a empezar a sospechar, y siendo periodista no quería hacerme pasar por policía.
Después de dar un par de vueltas el carnicero se me acercó y me preguntó:
- Pibe ¿Vos estás tratando de ir a ver al viejo ese? – hizo una pausa sin dejar de mirarme fijo-  ¿Sos pariente o algo, te debe plata o qué?
- Soy periodista, vi las botellas en el río y tuve intriga. Si le hago una nota tal vez me gane unos mangos incluso en mis vacaciones.
- Ah! – exclamó- sos de la tele. – dijo casi despectivamente, como si fuera algo malo.-
- Sí. – contesté sin dar explicación alguna- ¿Usted no tiene idea de quien le lleva las cosas a este hombre? En una de esas se hace unos pesitos más si me lleva y me trae, es una entrevista de poco tiempo.
- Tenés una sola posibilidad, el único que se banca al tipo ese el francés. Es el hombre de camisa celeste de aquel rincón.
- Gracias.
- No, de nada. – y justo antes que me diera vuelta auguró.- y buena suerte, que no te corra a los tiros. – y se echó a reír.-
Dejé al carnicero hablando solo y me fui para el rincón que me había indicado. El francés de camisa celeste estaba sentado en una banqueta que parecía robada de un piano y aparentemente estaba dormido. Faltando un par de pasos para pararme al lado ya se podía sentir el olor a vino que perfumaba el ambiente.
Tuve unos instantes de duda, pero no tenía tiempo que perder, eran las nueve y pico de la mañana y no quería perder más tiempo, si iba a entrevistar a ese hombre tenía que salir temprano para volver con luz de día, así que tomé coraje y sacudí suavemente el hombro del europeo borracho.
-Disculpe- dije despacio pero sin remordimiento de despertarlo.- ¿El francés?
-Si ¿Quién lo despierta? – dijo sin asento francés con los ojos entreabiertos.-
- ¿Usted es el que le lleva la mercadería al…
No alcancé a terminar la frase cuando me interrumpió de forma tosca.
- ¿Y qué asunto tiene usted con él? ¿Acaso le va a pedir que deje de tirar botellas? Mire que es el único que me paga por tomarlas. Así que le advierto que no se meta con mi vicio- dijo en tono amenazante.-
Sin conocerlo, me podía dar cuenta que la amenaza iba muy enserio.
- No, todo lo contrario, soy periodista y quisiera entrevistarlo.
-  Ah! De la tele.
Ya era la segunda vez que me decía lo mismo, me resultaba un tanto estúpida la declaración, porque no llevaba ninguna cámara para filmar. Parecía que en ese lugar creían que el periodismo era sólo por televisión.
- ¿Qué hora es? –me preguntó ya con otro tono.-
-  Las nueve y media.- dije sin mirar el reloj.-
-  Salimos en cinco minutos y el viajecito le cuesta cincuenta pesos.
Me limité a asentir con la cabeza.
Para ser que tenía un terrible olor a alcohol, cuando se levantó no se tambaleó ni un poquito. Se notaba que llevaba años haciendo lo mismo.
Juntó un par de cosas, me pidió que le cargara unas tres cajas de malbec, que todavía tenían el líquido adentro. Mientras él se encargaba de llevar las que estaban vacías.
Unos minutos antes de las diez salimos.
Ya río adentro al francés le había cambiado la cara, tenía dibujada la mueca de una sonrisa, como el que está feliz de hacer lo que le gusta en la vida.
- Y… ¿vos sos francés criado acá?
- Soy nacido y criado acá. Me dicen “el francés” por mi apellido, es un apodo.
- Ah, mira vos, que ingenioso. – aunque sonara un falso, fue toda la respuesta que me salió. Me esperaba otra historia.-
La charla siguió a los gritos para que las voces superaran el ruido del motor de la lancha.
-Ya estamos llegando.- y disminuyó la velocidad.- ¿Usted leyó los papeles de alguna de las botellas?
Me limité a mirarlo tratando de poner cara de desentendido.
- Si, leyó las cartas. Es obvio, sino es hubiera decidido venir.- hizo una pausa.- Ni se le ocurra decirle que las leyó. Este hombre se enamoró y perdió la cabeza, me paga a mí para tomar vino y se queda con las botellas vacías, escribe cosas románticas las tira al río. Está mal.
Cuando terminó de hablar ya se podía ver el techo de chapa roja entre la vegetación de la isla. Luego de unos minutos estábamos amarrando la lancha.
- Déjeme bajar a mi primero, espere que le avise y no va a haber problema. Sólo le digo algo, no me importa lo que haga pero si  el loco este deja de pagarme para tomar, lo mato. Ahora baje las cajas por favor.

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