Lo
primero que tenía que hacer era confirmar si realmente existía ese viejo, así
que fui al mercado del puerto. Si ese hombre usaba las botellas de vino, de
algún lado las sacaba, o mejor dicho alguien le tenía que vender lo que tomaba.
Haciéndome
el distraído, revisando canastos de mimbre, frutas y pescado fresco, fui
recabando información acerca del tema.
En
efecto el viejo existía, y desde el vamos lo de los poderes era sólo una
leyenda urbana. La mujer de la verdulería decía que era un hombre solitario, y
que tenía fama de tratar mal a la gente, que una vez había corrido a los tiros
a unos pescadores que estaban frente a su casa porque pensó que lo estaban
espiando.
Con
esas referencias, lo más lógico era que las empresas que hacían paseos por el
río no se acercaran mucho a ese lugar. Pero eso no me iba a detener y seguí
preguntando sin levantar mucho la perdiz.
No
podía tardar mucho porque sino seguramente iban a empezar a sospechar, y siendo
periodista no quería hacerme pasar por policía.
Después
de dar un par de vueltas el carnicero se me acercó y me preguntó:
-
Pibe ¿Vos estás tratando de ir a ver al viejo ese? – hizo una pausa sin dejar
de mirarme fijo- ¿Sos pariente o algo,
te debe plata o qué?
-
Soy periodista, vi las botellas en el río y tuve intriga. Si le hago una nota
tal vez me gane unos mangos incluso en mis vacaciones.
-
Ah! – exclamó- sos de la tele. – dijo casi despectivamente, como si fuera algo
malo.-
-
Sí. – contesté sin dar explicación alguna- ¿Usted no tiene idea de quien le
lleva las cosas a este hombre? En una de esas se hace unos pesitos más si me lleva
y me trae, es una entrevista de poco tiempo.
-
Tenés una sola posibilidad, el único que se banca al tipo ese el francés. Es el
hombre de camisa celeste de aquel rincón.
-
Gracias.
-
No, de nada. – y justo antes que me diera vuelta auguró.- y buena suerte, que
no te corra a los tiros. – y se echó a reír.-
Dejé
al carnicero hablando solo y me fui para el rincón que me había indicado. El francés
de camisa celeste estaba sentado en una banqueta que parecía robada de un piano
y aparentemente estaba dormido. Faltando un par de pasos para pararme al lado
ya se podía sentir el olor a vino que perfumaba el ambiente.
Tuve
unos instantes de duda, pero no tenía tiempo que perder, eran las nueve y pico
de la mañana y no quería perder más tiempo, si iba a entrevistar a ese hombre
tenía que salir temprano para volver con luz de día, así que tomé coraje y
sacudí suavemente el hombro del europeo borracho.
-Disculpe-
dije despacio pero sin remordimiento de despertarlo.- ¿El francés?
-Si
¿Quién lo despierta? – dijo sin asento francés con los ojos entreabiertos.-
-
¿Usted es el que le lleva la mercadería al…
No
alcancé a terminar la frase cuando me interrumpió de forma tosca.
- ¿Y
qué asunto tiene usted con él? ¿Acaso le va a pedir que deje de tirar botellas?
Mire que es el único que me paga por tomarlas. Así que le advierto que no se
meta con mi vicio- dijo en tono amenazante.-
Sin
conocerlo, me podía dar cuenta que la amenaza iba muy enserio.
- No,
todo lo contrario, soy periodista y quisiera entrevistarlo.
- Ah!
De la tele.
Ya
era la segunda vez que me decía lo mismo, me resultaba un tanto estúpida la
declaración, porque no llevaba ninguna cámara para filmar. Parecía que en ese
lugar creían que el periodismo era sólo por televisión.
- ¿Qué
hora es? –me preguntó ya con otro tono.-
- Las
nueve y media.- dije sin mirar el reloj.-
- Salimos
en cinco minutos y el viajecito le cuesta cincuenta pesos.
Me
limité a asentir con la cabeza.
Para
ser que tenía un terrible olor a alcohol, cuando se levantó no se tambaleó ni
un poquito. Se notaba que llevaba años haciendo lo mismo.
Juntó
un par de cosas, me pidió que le cargara unas tres cajas de malbec, que todavía
tenían el líquido adentro. Mientras él se encargaba de llevar las que estaban vacías.
Unos
minutos antes de las diez salimos.
Ya
río adentro al francés le había cambiado la cara, tenía dibujada la mueca de
una sonrisa, como el que está feliz de hacer lo que le gusta en la vida.
- Y…
¿vos sos francés criado acá?
- Soy
nacido y criado acá. Me dicen “el francés” por mi apellido, es un apodo.
- Ah,
mira vos, que ingenioso. – aunque sonara un falso, fue toda la respuesta que me
salió. Me esperaba otra historia.-
La
charla siguió a los gritos para que las voces superaran el ruido del motor de
la lancha.
-Ya
estamos llegando.- y disminuyó la velocidad.- ¿Usted leyó los papeles de alguna
de las botellas?
Me
limité a mirarlo tratando de poner cara de desentendido.
- Si,
leyó las cartas. Es obvio, sino es hubiera decidido venir.- hizo una pausa.- Ni
se le ocurra decirle que las leyó. Este hombre se enamoró y perdió la cabeza,
me paga a mí para tomar vino y se queda con las botellas vacías, escribe cosas románticas
las tira al río. Está mal.
Cuando
terminó de hablar ya se podía ver el techo de chapa roja entre la vegetación de
la isla. Luego de unos minutos estábamos amarrando la lancha.
- Déjeme
bajar a mi primero, espere que le avise y no va a haber problema. Sólo le
digo algo, no me importa lo que haga pero si el loco este deja de pagarme para tomar, lo
mato. Ahora baje las cajas por favor.
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