Todavía no había salido de la casa y ya se reprochaba haberle dicho que sí a su mujer.
Tenía la respiración pesada como la de los niños que son obligados a hacer algo que no les gusta.
Ella juntó las cosas que necesitaba, las metió en la cartera y salió por la puerta del frente. Él sin decir una palabra, fue al garaje a sacar el auto.
Cuando estaban en camino, lo único que se escuchaba era la radio, con el volumen bajo, pero no lo suficiente como para charlar.
Él no se esmeraba mucho en disimular su disgusto por la situación. Si bien era sábado, y no tenía nada que hacer, hubiera preferido desperdiciar sus horas haciendo cualquier otra cosa antes que acompañar a su esposa.
Después de cuarenta minutos manejando, llegaron al lugar. Cruzaron un portón de hierro pintado de color negro, sostenido por dos pilares a los lados que terminaban con una cruz celta.
Por delante todavía tenían un poco menos de un kilometro, esa era la única parte linda del camino, porque tenía árboles de los dos lados que abovedaban el camino.
Dejaron el auto en un modesto estacionamiento. Caminaron bajo el sol de la tarde hasta llegar a un edificio viejo pero bien conservado, todo pintado de blanco a excepción de los marcos y las celosías de las ventanas, que estaban pintadas de un verde oscuro.
Para entrar había que subir una escalera de mármol gris.
Cuando cruzaron el hall, él tomó aire como si fuera a meter la cabeza bajo el agua. Ella se dio cuenta y lo miró fijo, retándolo con los ojos, él hizo como si nada hubiera pasado.
Ese lugar tenía el olor más feo que jamás hubiera olido. La mezcla de los productos de limpieza de los hospitales con el perfume de las personas que ya nadie quiere visitar.
Después de pasar por la recepción, una señorita vestida de ambo blanco los acompañó al segundo piso, caminaron por un pasillo ancho y luminoso.
Todas las puertas de ese pasillo estaban abiertas, de manera que mientras avanzaba podía ver en cada habitación como se marchitaba la vida en cada una de ellas.
Pobres olvidados, pensó, ya nadie viene a verlos. Seguramente cada uno tiene hijos, hijas, nietos y nietas, o algunos otros parientes, que prefieren no verlos en este estado.
Llegando casi al final del pasillo, la anteúltima puerta a la izquierda, la mujer del blanco se detuvo y les recordó los horarios de visita. Antes de entrar con ellos les dijo:
- Vamos a ver si está con ánimos de recibir visitas. Preséntense por el nombre primero y después díganle que son parientes. Tengan paciencia hasta que los reconozca.
Los dos asintieron con la cabeza y entraron a la habitación.
- Hola – Dijo la enfermera.- Tiene visitas.
La anciana que estaba mirando por la ventana sentada en una silla mecedora se volteó hacia la puerta lentamente.
- Hola – dijo la viejecita con un tono de alegre de sorpresa.- Que lindo que hayan venido ¿Quiénes son?
- Soy yo Elsa, tu nieta mayor, y él es mi esposo José.
- ¡Ay José! – exclamó.- Tanto tiempo sin vernos.
- Sí es cierto. –dijo José con tono amigable.-
Al menos, ahora que no lo reconocía lo trataba bien. Cuando recién se habían casado con Elsa, ella había tenido que aceptar su fe, y convertirse al judaísmo.
Situación que al principio produjo mal estar en la familia de Elsa, pero que con el tiempo fueron aceptando todos, menos su abuela materna, que era una católica practicante de toda la vida.
Ahora eso sólo era una anécdota, el mal de Alzheimer había conquistado su mente, de a poco le había arrebatado los recuerdos, y lo seguía haciendo.
Mientas José pensaba en todo eso, a su lado, Elsa y su abuela mantenían una charla de frases discontinuas, ideas que no llegaban a cerrar. Su esposa preguntaba y trataba de entablar una conversación en base a lo que la anciana le decía, en base a lo poco que podía recordar.
Pero no lograba tener éxito, la enfermedad degenerativa había progresado mucho desde la última visita.
- Todo va a estar mejor ahora que el General está por volver al país.- Dijo la señora de más de ochenta años.-
- Sí abuela, creo que todo va a estar mejor.
- Cuando era chica, todo era distinto, en el campo no teníamos luz, era todo más difícil.
- Claro, antes vivir en el campo era un verdadero sacrificio.
- ¿Y vos hija de quién sos? Porque a él –señaló a José- no lo conozco.
- Soy la hija de tu hija mayor...
Elsa trataba de mantener una sonrisa, pero la situación la ponía muy triste, más aún porque no podía hacer nada.
José la tomó por la mano y se la apretó. Mientras pensaba en lo que estaba escuchando, era como ver a dos personas jugar al cadáver exquisito. Ese pensamiento le causó un tanto de gracia, pero era motivo de risa.
El horario de visita estaba terminando, la enfermera les hizo una seña, y ellos empezaron a despedirse.
- Adiós, un gusto haberlos conocido, muchas gracias por venir.
- Chau abuela. –dijeron los dos y salieron de la habitación.-
Mientras caminaban el pasillo de puertas abiertas, José especulaba con los otros visitantes, si ellos también jugaban al cadáver exquisito.
Tenía la respiración pesada como la de los niños que son obligados a hacer algo que no les gusta.
Ella juntó las cosas que necesitaba, las metió en la cartera y salió por la puerta del frente. Él sin decir una palabra, fue al garaje a sacar el auto.
Cuando estaban en camino, lo único que se escuchaba era la radio, con el volumen bajo, pero no lo suficiente como para charlar.
Él no se esmeraba mucho en disimular su disgusto por la situación. Si bien era sábado, y no tenía nada que hacer, hubiera preferido desperdiciar sus horas haciendo cualquier otra cosa antes que acompañar a su esposa.
Después de cuarenta minutos manejando, llegaron al lugar. Cruzaron un portón de hierro pintado de color negro, sostenido por dos pilares a los lados que terminaban con una cruz celta.
Por delante todavía tenían un poco menos de un kilometro, esa era la única parte linda del camino, porque tenía árboles de los dos lados que abovedaban el camino.
Dejaron el auto en un modesto estacionamiento. Caminaron bajo el sol de la tarde hasta llegar a un edificio viejo pero bien conservado, todo pintado de blanco a excepción de los marcos y las celosías de las ventanas, que estaban pintadas de un verde oscuro.
Para entrar había que subir una escalera de mármol gris.
Cuando cruzaron el hall, él tomó aire como si fuera a meter la cabeza bajo el agua. Ella se dio cuenta y lo miró fijo, retándolo con los ojos, él hizo como si nada hubiera pasado.
Ese lugar tenía el olor más feo que jamás hubiera olido. La mezcla de los productos de limpieza de los hospitales con el perfume de las personas que ya nadie quiere visitar.
Después de pasar por la recepción, una señorita vestida de ambo blanco los acompañó al segundo piso, caminaron por un pasillo ancho y luminoso.
Todas las puertas de ese pasillo estaban abiertas, de manera que mientras avanzaba podía ver en cada habitación como se marchitaba la vida en cada una de ellas.
Pobres olvidados, pensó, ya nadie viene a verlos. Seguramente cada uno tiene hijos, hijas, nietos y nietas, o algunos otros parientes, que prefieren no verlos en este estado.
Llegando casi al final del pasillo, la anteúltima puerta a la izquierda, la mujer del blanco se detuvo y les recordó los horarios de visita. Antes de entrar con ellos les dijo:
- Vamos a ver si está con ánimos de recibir visitas. Preséntense por el nombre primero y después díganle que son parientes. Tengan paciencia hasta que los reconozca.
Los dos asintieron con la cabeza y entraron a la habitación.
- Hola – Dijo la enfermera.- Tiene visitas.
La anciana que estaba mirando por la ventana sentada en una silla mecedora se volteó hacia la puerta lentamente.
- Hola – dijo la viejecita con un tono de alegre de sorpresa.- Que lindo que hayan venido ¿Quiénes son?
- Soy yo Elsa, tu nieta mayor, y él es mi esposo José.
- ¡Ay José! – exclamó.- Tanto tiempo sin vernos.
- Sí es cierto. –dijo José con tono amigable.-
Al menos, ahora que no lo reconocía lo trataba bien. Cuando recién se habían casado con Elsa, ella había tenido que aceptar su fe, y convertirse al judaísmo.
Situación que al principio produjo mal estar en la familia de Elsa, pero que con el tiempo fueron aceptando todos, menos su abuela materna, que era una católica practicante de toda la vida.
Ahora eso sólo era una anécdota, el mal de Alzheimer había conquistado su mente, de a poco le había arrebatado los recuerdos, y lo seguía haciendo.
Mientas José pensaba en todo eso, a su lado, Elsa y su abuela mantenían una charla de frases discontinuas, ideas que no llegaban a cerrar. Su esposa preguntaba y trataba de entablar una conversación en base a lo que la anciana le decía, en base a lo poco que podía recordar.
Pero no lograba tener éxito, la enfermedad degenerativa había progresado mucho desde la última visita.
- Todo va a estar mejor ahora que el General está por volver al país.- Dijo la señora de más de ochenta años.-
- Sí abuela, creo que todo va a estar mejor.
- Cuando era chica, todo era distinto, en el campo no teníamos luz, era todo más difícil.
- Claro, antes vivir en el campo era un verdadero sacrificio.
- ¿Y vos hija de quién sos? Porque a él –señaló a José- no lo conozco.
- Soy la hija de tu hija mayor...
Elsa trataba de mantener una sonrisa, pero la situación la ponía muy triste, más aún porque no podía hacer nada.
José la tomó por la mano y se la apretó. Mientras pensaba en lo que estaba escuchando, era como ver a dos personas jugar al cadáver exquisito. Ese pensamiento le causó un tanto de gracia, pero era motivo de risa.
El horario de visita estaba terminando, la enfermera les hizo una seña, y ellos empezaron a despedirse.
- Adiós, un gusto haberlos conocido, muchas gracias por venir.
- Chau abuela. –dijeron los dos y salieron de la habitación.-
Mientras caminaban el pasillo de puertas abiertas, José especulaba con los otros visitantes, si ellos también jugaban al cadáver exquisito.
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