sábado, 15 de enero de 2011

La cajita de felpa (Parte I)

Tenía que ser la noche perfecta, al menos así lo había planificado. Si bien no llevaba ropa nueva, estaba más que presentable, una remera que le hacía juego con los ojos azules, un jean negro que le resultaba bastante cómodo, zapatillas negras de lona y una camperita de hilo.
Pasó por la estación de servicio que le quedaba a la vuelta de la casa, cargó combustible y compró unos chicles de menta, que, más que una cábala eran una tradición.
Se subió al auto, buscó en la guantera con la mano derecha y sacó una pequeña cajita de felpa, cuando la abrió un anillo con una pequeña piedra incrustada en el centro brilló. Sonrió, como los que se sonríen con felicidad y picardía. Cerró la cajita y la volvió a guardar en dónde estaba.
Puso el vehículo en marcha y salió de la estación de servicio.
La casa de su novia estaba a treinta minutos en auto, así que puso la radio para que le haga un poco de compañía, sonaba una canción de Radiohead pero no sabía cuál.
Como nunca, llegó temprano gracias al tránsito nocturno que es más liviano. Estacionó en la puerta de la casa de los padres de ella, se bajó y caminó unos pasos hasta la puerta de calle, la madre de su novia le abrió la puerta antes que el tocara timbre, lo saludó con un beso y lo hizo entrar a la casa. Le dijo que esperara un momento en el living porque ella no estaba lista todavía.
Pasó y se sentó en el sillón de tres cuerpos que dominaba la habitación. Esperó como veinte minutos hasta que bajó las escaleras y se paró frente a él.
Llevaba un jean no muy ajustado, sólo lo suficiente, una remera blanca con un dibujo en negro en la parte delantera, en la mano tenía una camperita deportiva. El pelo lo tenía suelto, lacio y negro, contrastaba con sus ojos verdes, que hacían juego con unos aros al tono.
Lo saludó con un beso fuerte en los labios sin cerrar los ojos, ninguno de los dos lo hizo.
Ambos saludaron y salieron de la casa. Ya en el auto y camino al restaurante favorito de los dos, ella le preguntaba por su día, sin darle mucho respiro a sus respuestas. Él se limitaba a manejar tratando de disimular los nervios que le imprimía su plan para la velada.
Llegaron al estacionamiento del restaurante, esa noche había mucha gente, así que tuvieron que dejarlo en una de las posiciones más lejanas de la puerta.
Ya en la mesa para dos personas que él había reservado, se dio cuenta que se había olvidado su sorpresa en la guantera del auto, eso lo ponía aun más nervioso. Pero como había mucha gente en el lugar, más de la que pensaba, pensó que era mejor realizar la propuesta en un lugar más íntimo.
Pidieron para cenar, ella seguía haciendo preguntas que él a esa altura se limitaba a contestar con monosílabos en afirmativo o negativo.
De repente, vieron una familia entrar con mellizos. Ambos niños estaban vestidos iguales, clara señal que los padres buscaban resaltar la condición de igualdad de sus hijos. Algunos con más discreción que otros los observaron pasar por entre las mesas hasta ubicarse. En ese momento, él sacó el tema de los hijos, pero ella desvió el comentario para otro lado evitando el tema.
La cena estaba llegando a su fin, y él no había encontrado el momento de abordar algún tema que ayudara a llevar la situación hacia algo que preparara el terreno para enseñarle la pequeña cajita de felpa.

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