lunes, 10 de enero de 2011

Una noche más de ausencia

Ahora que no tenía trabajo, contaba con más tiempo. Pero de todas formas se levantaba temprano todos los días.
Después de desayunar, se cambiaba, buscaba su bolso, pasaba por el cuarto a saludar a su esposa que todavía seguía acostada, le daba un beso en la frente y salía de la casa.
Caminaba ocho cuadras hasta la estación Virreyes del ferrocarril Mitre y esperaba el servicio de las siete cincuenta.
Se subía al último vagón y comenzaba a pegar un cartel en con una foto y un número de teléfono en cada puerta de cada coche hasta llegar al primer vagón.
Cumplida la primera etapa, se disponía a la segunda: recorrer nuevamente toda la formación presentándose por su nombre y su oficio, explicando que no pedía dinero, diciendo que el chico de la foto era su hijo de trece años, que se había escapado de su casa hacía dos meses, y pedía por favor si alguien lo había visto que avisara al número que estaba en la fotocopia.
Hacía eso en casi todos los trenes de Retiro hasta Tigre y viceversa, hasta que empezaba la hora pico, que por lo general lo encontraba en alguna de las cabeceras. Él prefería que ese momento lo encontrara en el centro, así también aprovechaba a pegar carteles y a hablar con la gente, entre tantas personas, alguien lo tendría que haber visto, pensaba.
Había decidido salir a la calle a buscar a su hijo porque se sentía abandonado por las
autoridades, las que sí tenían los medios para buscar personas, pero que no hacían nada.
Cuando había ido a la comisaria, después de tomarle la denuncia lo despidieron con la frase: “cuando haya alguna novedad lo llamamos”.
Pero en el primer mes nadie de la comisaría llamó.
Podía estar sentado horas en la estación Mitre, viendo pasar gente, a la expectativa de ver a su hijo en algún momento.
Cuando el sol comenzaba a caer, se acercaba el momento más complicado de la faena para él, saber que había pasado un día más sin haberlo encontrado.
Lo más doloroso era ver los ojos de su esposa cuando cruzaba el umbral. Dos esmeraldas brillosas de lágrimas, que cargaban toda la tristeza del alma de madre.
Ella casi no le preguntaba nada, el desanimo la estaba consumiendo, no salía de la casa esperando que el teléfono sonara con alguna noticia. Mientras su esposo estaba fuera se sentaba en la ventana que daba a la calle, y pasaba toda la tarde mirando, esperando.
Después de cenar, era inevitable que ambos pensaran si su hijo había cenado. Cruzaban miradas en silencio sobre la mesa, con un sentimiento muy parecido a la culpa en sus bocas.
Él lavaba los platos y los dos se quedaban a la mesa hasta que el cansancio vencía sus ojos.
Acostarse era una coreografía sincronizada, cada uno de su lado. En esa cama compartían todo, los dos con la cabeza en la almohada, compartían una noche más de ausencia en sus vidas.



2 comentarios:

  1. la ausencia de los que amamos
    nadie, las puede suplir!!

    ya se extrañaban tus publicaciones
    esta lindo, me gusto mucho,
    saludos
    hasta pronto!!

    ResponderEliminar
  2. Hey! Gracias por el comentario Ada, un abrazo

    ResponderEliminar