jueves, 13 de diciembre de 2012

Carolina (2)

Cuando me dijo así, quise escribir en el momento, haciéndome el escritor creativo, pero fue un verdadero fracaso, no se me vino a la mente una sola idea en veinte minutos. La miré en ese momento y le dije:
- Deme unos días que piense en algo, ahora no me sale nada.-
- Bueno, -dijo con desanimo – ni que le fueras a escribir a tu novia. – y se rió.-
- No, tarada mental, que novia ni ocho cuartos, se me complica porque sos amiga, y te conozco demasiado. – guarde silencio unos instantes…- Idiota.- remate.- 
La charla siguió por otro camino, regalándonos insultos durante unos minutos. Sin embargo yo sabía que ella quería ver si podía llegar a escribirle algo que realmente le gustara.
Carolina era una de mis críticas más crueles, no tenía reparo en decir lo que fuera por lo que escribía, hasta ese entonces nunca había soltado un elogio para ningún escrito mío.
Caminamos hasta la boca del subte, nos despedimos con un abrazo y bajo las escaleras. Me quedé mirándola un momento, pisaba cada escalón como si bajara en un teatro de revista, dentro miro una voz, la voz de siempre, esa que hablaba en momentos de maldad dijo: “ojalá te caigas de culo por hacerte la estrella”. Cuando caí en cuenta lo estaba terminando de decir en voz alta. La gente en la vereda y los que estaban en la escalera con ella me miraron, inevitablemente me puse colorado con una sonrisa maliciosa como escudo. Carolina me miro y me hizo fuck you. Esa era mi amiga, esa era nuestra amistad.
Después de ese momento sin filtro, camine hasta casa, la mueca de maldad en la cara me duró un par de cuadras, hasta casi podía decir que me sentía orgulloso de haberle gritado eso, entraba dentro de los momentos del mes para no olvidar.
Entre al departamento, deje las llaves y la billetera arriba de la heladera, el celular en la mesa y me descalce pateando las zapatillas casi hasta los pies de la cama, frente al ventanal del balcón.
Ese día no se me ocurrió nada para Carolina, al otro día tampoco, y al otro y al otro y al otro tampoco.  
Lo único que había conseguido anotar en cuatro días había sido un verso muy estúpido, que seguramente si lo llegaba a leer me iba a golpear: “Carolina camina contando cada cuadra”.
Ese era el primer renglón de lo que quería que fuera una suerte de poema, usando palabra que comenzaran con la letra C, por Carolina, pero desistí de esa idea por dos razones: una, que no me daba la cabeza para hacerlo; dos, que podía llegar a transformarse en algo muy infantil.

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