viernes, 5 de octubre de 2012

Carolina (1)

Los días nublados salía de su departamento con botas de goma por las dudas que lloviera. Aunque no le gustaba llevar paraguas en la mano, lo disimulaba muy bien, cuando caminaba por la calle  parecía estar en medio de una coreografía de peatones, moviendo los brazos  y la cabeza con un ritmo particular. Siempre creí fingía ser parte de una película, nunca le pregunté, pero era la impresión que me dejaba.
Su familia no tenía problemas económicos, capaces de tomarse un avión a cualquier parte de mundo en cualquier momento sin estar de vacaciones. Pero es como dice el dicho, “la gente que no tiene problemas, se los inventa.”
Desde los trece años iba a la psicóloga, cuando la conocí había superado los veintitrés por ocho meses y todavía seguía yendo.
Nos conocimos de casualidad en una clase de la facultad, y con el tiempo descubrí todas esas mañas. 
Entró con el paraguas seco en su mano izquierda y le golpeó sin querer, según ella, con la mochila que llevaba en el hombreo derecho cuando cerró la puerta.
Me quede mirándola con cara de “espero una disculpa”, pero eso no pasó.
Sus ojos tenían una extraña tonalidad entre el marrón y el verde.
Me sorprendió verla tan desenvuelta, como si el aula fuera su casa.
- ¿Qué miras, te gusto? – dijo hurgándose la nariz con el dedo índice de la mano derecha.
- No. –respondí inmediatamente.- pero si me convidas un moco no me ofendo, deje los míos en casa.- y le quedé serio.
Se quedó pensando y se dio vuelta haciendo un abanico con su pelo.
La clase siguió, terminó y ella seguía de espaldas a mí, mirando al frente.
Cuando terminó y salimos del lugar me volvió a golpear con la mochila en el pasillo, y me hablo si mirarme.
- Lo único verde que comparto es la yerba del mate, idiota.
- Que sensible. Por favor, quedate tus mocos…- y no recuerdo que más le contesté.
La conversación parecía más del preescolar que de facultad.
Por fortuna ambos teníamos buen sentido del humor. Meses después nos reíamos de esa situación. Nuestra primera charla: los mocos.
Dios, el destino y la vida, todos ellos, tal vez, quisieron que nos conociéramos de esa manera.
Siempre se reía de lo que escribía, pero admiraba que tuviera el valor de publicarlo para que otros lo lean.
Fanática de Juan Alberto, yo simpatizante de los Beatles jugábamos a cambiar temas que el otro no conociera, decía que la canción Paperback writer hablaba de alguien como yo. Mientras para mi ella era la chica de She’s leaving home.
Cuando nos sobraba el tiempo cambiábamos ideas de libros a medio leer. Amaba a Puig, odiaba a Borges, le hubiera fascinado entrevistar a Hemingway y a Tolstoi.
Odiaba el cine japonés, quería vivir en un film de Woody Allen.
Aficionada a la fotografía, coleccionaba fotos de Escandinavia.
Debo admitir que era una buena compañera para ir al Palais de Glace.
A la mitad del segundo año de la carrera me sorprendió un extraño pedido, o al menos así lo tome yo.
- ¿Podrías escribir algo de nosotros dos? Lo que sea, pero algo, algo  de Carolina y su amigo.- Dijo.

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