lunes, 14 de mayo de 2012

Entre algodones (Parte I)


Sentía la cara fría, pero todavía no podía abrir los ojos. El resplandor entraba por sus ojos cerrados y esa sensación de él sol mirándolo furiosamente a la cara no lo dejaba seguir durmiendo. Pero aunque quería abrir los ojos y levantarse no podía, se encontraba muy cansado para moverse.
Estaba muy incomodo acostado sobre unas piedras lisas, le dolían los hombros y la clavícula izquierda la sentía como quebrada, lo único que lo calmaba de momento era  una brisa fría que le acariciaba sus pies descalzos.
La luz del sol no calentaba su cara, pero le incomodaba el resplandor segador, tanto que decidió recostarse sobre su lado derecho. De fondo podía escuchar algo así como un murmullo pero no sabía que era.
Le dolía la cabeza pero no quería seguir acostado, juntó fuerzas para moverse y ponerse en pie, cuando pudo abrir los ojos sintió la pesadez de los que recién se despiertan de la resaca, sin embargo él no tomaba alcohol.
Cuando pudo ver bien reconoció el lugar donde estaba de inmediato. Se encontraba  a orillas del lago donde solía pasar las vacaciones con su familia.  
Mientras se incorporaba la cabeza le daba vueltas, como sí le hubieran dado un golpe muy fuerte. Trató de estar en pie sin marearse antes de caminar unos pasos.
Cuando por fin pudo tener control de su cuerpo, se animó a caminar sobre las piedras lisas, típicas de los lagos del sur. Le resultaba muy incómodo tener que hacerlo descalzo, sin embargo la sensación del frío en los pies le agradaba.
El paisaje no le resultaba nuevo en absoluto, pero no lograba identificar en que parte se encontraba. Conocía muchos lagos en la cordillera, y el paisaje de casi todos era similar, no había nada que le recordara un lugar específico, un cartel o algo por el estilo.
Arrayanes, alerces y pinos decoraban las costas, como no hacía frío supuso que era verano, aunque no tenía noción de la fecha o estación en la que se encontraba.
Recordaba como de niño le encantaba ir de vacaciones a esos lugares, lagos de agua cristalina, en la que se podían ver los peses, montañas a lo lejos con sus cimas llenas de nieve.
Tal vez esos eran los recuerdos más agradables de su niñez.
El oleaje era constante, las ondas del agua eran breves pero sostenidas. De a poco iban lavando las piedras grises y verdes de la orilla. Ese era el murmullo que cuando tenía los ojos cerrados no alcanzaba a distinguir.
Caminó por la orilla un rato largo, tratando de buscar en el paisaje algún detalle que le revelara donde estaba pero no hubo éxito.
Se detuvo a mirar el agua, el reflejo del sol, que todavía no se había movido, salpicaba su luz encima de la irregular superficie liquida. Le transmitía una sensación relajante.
Después de mirar un rato el agua sus ojos le comenzaron a pesar, al punto de volver a tener sueño. Al principio trató de resistirse pero era algo más fuerte que el. 
Miró a su alrededor y no encontró ningún refugio para acomodarse y descansar.
Por un instante pensó que no era bueno que se durmiera, porque si la noche lo encontraba en ese lugar, se exponía innecesariamente a los animales de la montaña.
En ese momento tuvo una idea brillante, o lo que él pensó que era brillante. Para vencer el sueño, tenía que despabilarse, y como estaba descanso podía poner sus pies en el agua del lago que siempre está fría.
Se acercó a las olas con mucha decisión e introdujo ambos pies casi a la vez. Al instante salió sorprendido, el agua estaba apenas fría. No parecía el agua de un lago del sur.
No fue el agua fría lo que le quitó el sueño, fue la sorpresa.
Después pensó que eso le había pasado porque estaba descalzo, y sus pies no sentían frío porque estaban fríos.
Ahora sí, tenía que encontrar un lugar para pasar la noche, que es cuando llega el verdadero frío a esos lugares.

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