Raro
en ella, cuando se hizo la hora de irse, todavía estaba barajando folios, pero
se auto convenció de largar todo cuando ya habían pasado diez minutos de la
hora.
Cruzó
la puerta de calle y el frio le besó el cuello, se encogió de hombros levemente
acusando un leve escalofrió que surcó la espalda entre los dos omoplatos.
Que
libertad, pensó, salir un lunes de la oficina sin tener que cargar el bolsito
con ropa para el gimnasio.
Si
bien había hecho varias cosas en el trabajo, tenía la extraña sensación que el
día estaba pasando más rápido de lo normal, por un instante deseo que esa
sensación le durara hasta la hora de dormir y que el día se le pasara volando.
Llegó
a su casa, cerró la puerta y se sacó los zapatos. El suelo le devolvía la fría
comodidad de andar descansa. Eso era hogar.
Se
cambió la ropa tomándose todo el tiempo del mundo, guardó parte de la ropa que
antes tenía puesta, y la otra mitad la puso en el canasto de la ropa sucia.
Arrastrando
unas pantuflas que más parecían alpargatas, llegó a la cocina y vio la taza que
había dejado a la mañana, la lavó, le puso un saquito de té nuevo adentro y
puso la pava.
Dio
un paso hacia atrás y dos a la izquierda hasta llegar a la puerta de la
heladera, la abrió y contempló estantes vacíos, el cajón de las verduras a
medio llenar, unas cebollas, un par de puerros, un pote con ravioles con salsa
blanca que parecía petrificada, se parecía mucho a la heladera de su hermano
cuando antes que él se casara.
Ahora
no le quedaba otra que salir a hacer mandados, pero primero estaba el té.
Mientras
hacía una lista mentalmente de las cosas que iba a necesitar, el agua de la
pava le comenzaba a gritar.
Puso
la tasa sobre la mesa, buscó su cartera y sacó un anotadorcito y un lápiz.
La
lista comenzaba con: aceite, arroz, tomates, un sobre de queso rallado, fideos (tres tipos distintos), una calabaza, sobres
de jugo de varios sabores, leche, yogur, entre otras cosas que escribía, no
podía abandonar la sensación que se estaba olvidando cosas importantes.
Terminó
el té y pensó en cambiarse, pero desistió al instante, iba al chino de la
vuelta, no necesitaba cambiarse o arreglarse mucho.
Salió
en la llave y la billetera en la mano. Mas o menos a unos diez pasos de la
puerta se volvió a dar cuenta que otra vez había salido sin un pañuelo para el
cuello.
Trató
de hacer todo lo más rápido posible si olvidarse nada, también agregando cosas
que le podía llegar a hacer falta, cosas que no estaban en la lista.
Faltaban
dos veredas para llegar a la suya y ya tenía la llave apuntando como un segundo
dedo índice de si mano derecha.
Entró
u se apuró a dejar las cosas arriba de la mesa porque el peso de las bolsas le
lastimaba las manos.
Cuando
terminó de guardar todo ya no tenía ganas de limpiar, ni siquiera de barrer.
Casi
por inercia o las mismas fuerzas del universo la llevaron al sillón y prendió
la televisión sin pensarlo, en piloto automático.
Estuvo
mirando televisión no más de quince minutos antes que se le cerraran los ojos. Pero
puso en un canal de música y la subió el volumen, eran casi las siete y media,
dormirse en ese momento era asegurarse un desvelo a la madrugada, y no le convenía.
Se
paró y fue directamente al baño, si se bañaba a la noche, no tenía que hacerlo
a la mañana siguiente.
Fue
uno de esos baños lentos.
Cuando
salió con el pelo envuelto en una toalla de mano era cerca de las nueve, y no
tenía hambre. Pero no se iba a ir a dormir con el estomago vacío.
Volvió
al comedor y cambió de canal, buscó uno de esos que pasan documentales o cosas
interesantes, los que casi seguro conducen al sueño con éxito en treinta
minutos.
Fue
al baño, que ya no tenía tanto vapor, para secarse el pelo.
Pasó
por la cocina y sacó de la heladera una banana y una manzana, que no estaban en
la lista, pero que las había metido al canasto cuando las vio. Las cortó las
puso en un pote y les puso yogur. Era una cena para no cenar. Y se volvió al sillón
en el living.
Las
imágenes de la televisión eran de un clima frió, parecía el polo norte. Toda
esa inmensidad blanca, pocos árboles, mucho viento, una verdadera postal del
invierno.
Mientras
llevaba cucharadas de frutas y yogur a la boca, el locutor del documental
comentaba a cerca de la vida del pueblo Yupik, o mejor conocidos como
Esquimales.
Le
llamó la atención como había gente que pudiera vivir en esas condiciones de
clima tan extremo.
Esas
imágenes hasta le hacían sentir que lo que estaba comiendo estaba frío por demás.
holaaaaaaaaa, como estas tanto tiempo??? hacemo millones que no pasaba por aca, ni sabia de vos, intente buscarte en face pero no se, o ya no te tengo o no se que paso. El domingo estaré en Areco y por eso me acorde de vos, que es de tu vida? como va eso? Te mando un beso grande...
ResponderEliminarHola Karu! ultimamente ando algo ocupado así que subo pocas cosas... No hice a tiempo de contestarte... Anduviste por carmen o por san antonio de areco?
EliminarAbrazo!
¡De verdad: a vos si te luce el traje de poeta!
ResponderEliminarMuchas gracias!
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