Su cuerpo en la silla de mimbre
El resto de sí en el umbral al borde de la celosía
entreabierta
Sus lágrimas caían de sus ojos como manzanas maduras
Inmóvil, sus pies no sentían frío
La luz de las tres de la tarde esquivaba obstáculos para
poder entrar al cuarto
Olor a ropa guardada salía de los cajones de la cómoda
Rayos de sol evidenciaban el polvillo que flotaba en el ambiente
Los lentes en la mesa de luz, un vaso medio lleno, la
biblia
Miró hacia atrás dejándose ir, dejándose llevar
Su pasado quedaba sentado
Respondió a la eternidad con inmortalidad
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