Se conocieron en una fiesta de disfraces. Un pirata de poca producción y la mujer maravilla con un lazo de nylón. Él tenía un problema serio de infidelidad, por eso se le acerco. Ella tenía complicaciones con las hierbas recreativas.
Con unas pocas copas habían entrado en confianza. Tanto, que esa noche se fueron juntos de la fiesta.
Todos en aquel lugar vieron formarse una extraña combinación. Sus conocidos en común se extrañaron hasta el temor, en el peor de los casos.
A las pocas semanas, él decidió abandonar la relación en la que estaba para irse a vivir con ella. Dato totalmente desconocido por su nueva compañera.
Lo asombroso, para los de afuera era ver esa rara combinación de personalidades, dos caracteres totalmente opuestos, con un juego extraño de vicios y trampas por ambos lados.
Él no desconocía el desliz de su concubina, pero no sospechaba su dependencia. Constantemente ella recurría a pequeños recreos de la realidad bañados en un paisaje de humo.
Los dos se mentían y se engañaban para que el otro pensara que todo estaba bien. Ella decía que solo se divertía una vez cada un par de días, él solo salía con amigos.
Los más cercanos, los que conocían de cerca a la pareja no entendían como hacían para convivir en un ambiente de tanta falsedad. Una de dos, no ninguno de los dos sabía quién era el otro, o lo sabían, pero preferían vivir una mentira antes que estar solos, después de todo, no eran personas fáciles de llevar, había que estar dispuesto, muy dispuesto, a vivir con alguno de ellos, tanto más a tener una relación con cualquiera de los dos.
Cada tanto tenían discusiones, las que hacían parecer al Armagedón como un simple juego de mesa.
Al lado de el pirata y la mujer maravilla, las parejas amigas se sentían bendecidas por el cielo, hacían ver sus discusiones como si no fueran nada.
Con discordias y todo, se necesitaban, se querían.
Desde que se conocieron no se separaron, no por completo, cada tanto tenían idas y vueltas. Pero qué más daba, se entendían así.
Y pensar que en las primeras charlas querían ponerse de acuerdo para darle vida a un sueño, ahora soñaban con poder llegar a un acuerdo para vivir.
Dos o tres veces a la semana el dormía en el sillón, ni hablar las semanas de luna llena. Pero esos días, decía él, eran cuando más la quería. Ella, al contrario, no lo quería ni ver.
Su receta para esos días, era mirar una foto del día en que se conocieron, cada quien con su disfraz. Miraba a la mujer que tenía la tiara con la estrella ¿Dónde iba a encontrar a una mujer parecida a esa? A pesar de sus visitas a otras flores en otros jardines, siempre quería volver a ese sillón, cerca de ella, por si a caso lo necesitara.
Ella también tenía su receta para momentos difíciles, guardaba en el cajón de la mesa de luz el álbum de fotos de sus primeras vacaciones juntos, en la playa. Le recordaban lo felices que fueron, y así no perdía las esperanzas de volver a ser felices como en aquel verano.
Dejar todo y rendirse no era una opción, eran demasiado obstinados para el amor. Tal vez sus educaciones católicas y los principios de las familias no los dejan desistir, no estaban casados, ni estaba en los planes. Pero concebían el amor para toda la vida. Aunque tuvieran que llevar puestos toda la vida los disfraces del día en que se conocieron.
Con unas pocas copas habían entrado en confianza. Tanto, que esa noche se fueron juntos de la fiesta.
Todos en aquel lugar vieron formarse una extraña combinación. Sus conocidos en común se extrañaron hasta el temor, en el peor de los casos.
A las pocas semanas, él decidió abandonar la relación en la que estaba para irse a vivir con ella. Dato totalmente desconocido por su nueva compañera.
Lo asombroso, para los de afuera era ver esa rara combinación de personalidades, dos caracteres totalmente opuestos, con un juego extraño de vicios y trampas por ambos lados.
Él no desconocía el desliz de su concubina, pero no sospechaba su dependencia. Constantemente ella recurría a pequeños recreos de la realidad bañados en un paisaje de humo.
Los dos se mentían y se engañaban para que el otro pensara que todo estaba bien. Ella decía que solo se divertía una vez cada un par de días, él solo salía con amigos.
Los más cercanos, los que conocían de cerca a la pareja no entendían como hacían para convivir en un ambiente de tanta falsedad. Una de dos, no ninguno de los dos sabía quién era el otro, o lo sabían, pero preferían vivir una mentira antes que estar solos, después de todo, no eran personas fáciles de llevar, había que estar dispuesto, muy dispuesto, a vivir con alguno de ellos, tanto más a tener una relación con cualquiera de los dos.
Cada tanto tenían discusiones, las que hacían parecer al Armagedón como un simple juego de mesa.
Al lado de el pirata y la mujer maravilla, las parejas amigas se sentían bendecidas por el cielo, hacían ver sus discusiones como si no fueran nada.
Con discordias y todo, se necesitaban, se querían.
Desde que se conocieron no se separaron, no por completo, cada tanto tenían idas y vueltas. Pero qué más daba, se entendían así.
Y pensar que en las primeras charlas querían ponerse de acuerdo para darle vida a un sueño, ahora soñaban con poder llegar a un acuerdo para vivir.
Dos o tres veces a la semana el dormía en el sillón, ni hablar las semanas de luna llena. Pero esos días, decía él, eran cuando más la quería. Ella, al contrario, no lo quería ni ver.
Su receta para esos días, era mirar una foto del día en que se conocieron, cada quien con su disfraz. Miraba a la mujer que tenía la tiara con la estrella ¿Dónde iba a encontrar a una mujer parecida a esa? A pesar de sus visitas a otras flores en otros jardines, siempre quería volver a ese sillón, cerca de ella, por si a caso lo necesitara.
Ella también tenía su receta para momentos difíciles, guardaba en el cajón de la mesa de luz el álbum de fotos de sus primeras vacaciones juntos, en la playa. Le recordaban lo felices que fueron, y así no perdía las esperanzas de volver a ser felices como en aquel verano.
Dejar todo y rendirse no era una opción, eran demasiado obstinados para el amor. Tal vez sus educaciones católicas y los principios de las familias no los dejan desistir, no estaban casados, ni estaba en los planes. Pero concebían el amor para toda la vida. Aunque tuvieran que llevar puestos toda la vida los disfraces del día en que se conocieron.
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