viernes, 3 de septiembre de 2010

Sin despedirse

- Ya me voy ¿no?
- Sí.
Únicamente había abierto los ojos, otra cosa no podía hacer. Hacía dos semanas que no movía ninguna de sus extremidades. Después de tres días de dormir bajo los efectos de distintos fármacos.
Ahora tenía visitas a los pies de la cama.
- ¿Así no más me voy a ir? – preguntó con asombro.-
Su interlocutor se limito a mirarlo. Sus ojos no le decían nada.
- No puedo despedirme, no es justo. – Habló nuevamente, con un tono distinto, matizado con bronca resignación y miedo.-
- La justicia, no tiene nada que ver conmigo. Hago lo que tengo que hacer. No decido.
La habitación estaba iluminada solo por la luz de la calle, que entraba por el ventanal. A la derecha de la cama estaba la mesita de luz con una biblia, un vaso y una botella de agua mineral.
A la izquierda, sentada en una silla, una mujer dormida.
- Por favor, dejame decirle que la quiero; que me voy.
- No. No puedo.
- Pero, no te cuesta nada. Dejame, le digo que la quiero y vamos.
- No.
Apretó los dientes y cerró los ojos, sentía que abusaban de su condición, no dejándolo decidir qué hacer, era su vida y no tenía que pedir permiso. Todavía era su vida.
Estaba indignado con él, lo miraba con bronca. Como si eso, de alguna manera, lo fuera a convencer, o le fuera a hacer daño.
- Si te digo que sos el primero que me pide eso, te miento. Todos hacen lo mismo. Miserables en su existencia, miserables en su forma de dejar la vida. O no se dan cuenta que tienen todos sus años para decir las cosas importantes, para hacer cosas trascendentes y dejar algo que valga la pena a su descendencia. Ustedes aman, pero se acuerdan tarde.
- No tenés derecho a hablarme así. No me conoces.
El interlocutor se rió suavemente, y dejó la mueca en su boca.
- Claro que te conozco. Estuviste al lado de tu abuelo, y de tu abuela, y de tu padre en la noche que cada uno de ellos vino conmigo. Te vi despertar, llorar y sufrir. Cada uno de ellos dijo lo mismo, que quería despedirse.
- Basura, no los dejaste. – Dijo entre dientes, llorando.-
- ¿Y de qué te vale despedirte? ¿Acaso te va a hacer mejor persona? – Hizo una pausa.- No insistas. Vamos.
- No sin despedirme.
- Ya te dije, eso no lo decidís vos.
- ¿Entonces quién, Dios?
- A Él lo vas a ver después, pero esto es así, a donde vas no te hace falta despedirte, no todavía. No vine a convencerte de venir, te vine a llevar.
Cuando la luz de la calle parpadeó, él exhaló. Ella seguía durmiendo.
En el mismo edificio, pero en otro cuarto la historia se repetiría. Una vez más, alguien se iba a querer despedir.

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