Otra vez lunes, todo comenzaba de nuevo. Hacía diez minutos que había apagado el despertador, pero todavía seguía en la cama con los ojos cerrados.
Antes que se le hiciera tarde para desayunar, su mamá la destapó. Situación común, más cuando comenzaba la semana.
Casi de un salto dejo la cama. No encontré las pantuflas y salió descalza del cuarto. Fue al baño, se duchó, se cepilló los dientes, se vistió y bajo a tomar una taza de café con leche a la cocina.
Intercambió unas pocas palabras, casi un reto, con su mamá porque iba a salir con el pelo mojado.
Nada de eso parecía afectar su estado pensativo. Juntó sus cosas y salió para la facultad, estaba en el primer año de arquitectura.
Mientras esperaba el colectivo en la esquina, una frase no paraba de martillarle la cabeza: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón…”
Lo había dicho el predicador en la iglesia el domingo por la mañana.
Ella asistía por obligación, no por gusto, ni por otra cosa. Su papá había sido muy claro, mientras ella viviera bajo su techo, tenía que obedecer y seguir las costumbres de la familia.
Sus papás y sus dos hermanos menores, concurrían con gusto todos los domingos, ellos eran creyentes practicantes. Ella se definía como una acompañante.
No recordaba ni siquiera la cara del predicador o de que libro de las Escrituras había sacado esa frase. Pero no podía evitar que retumbara en su cabeza.
¿A qué se refería con guardar su corazón? Se preguntaba. Ella solo le encontraba una única respuesta. Guardarlo del chico con el que estaba saliendo, o estaba tratando de iniciar una relación.
No podía haber otra explicación, era por eso.
Seguramente, su papá, había hablado con ese predicador para que dijera cosas así. Porque, tanto su papá como su mamá, no estaban a gusto con el chico con el que estaba saliendo para conocerse mejor, así decía ella.
Lo importante, en realidad, era lo que sentía hacia él. Eso era lo que la tenía intranquila. No sabía lo que en verdad sentía. Le gustaba y mucho, también le gustaba pasar tiempo con él.
Pero, al llegar el momento de poner algo en limpio sobre la mesa, no encontraba otra cosa.
Él se le había insinuado varias veces en pasar la noche juntos, pero ella no se sentía segura. A parte, cómo explicar en casa que iba a pasar la noche afuera.
No veía la necesidad del apuro. Porque si él realmente la quería, la iba a esperar.
En ese sentía, mal que le pesara, le daba la razón a ese predicador. Ella tenía que guardar su corazón, tenía que guardarse de él, y también de ella misma.
Ya se estaba por bajar del colectivo. Tenía puestos los auriculares para escuchar la radio.
Se bajó del colectivo con una extraña sensación de estar siendo observada, pero nadie en la vereda de la facultad parecía prestarle atención. Capaz era ella que se sentía perseguida por sus razonamientos y esa frase que no paraba de gritarle por dentro.
Su conciencia le decía que se cuidara. Pero no entendía bien de qué.
Quizás era el instinto de preservación natural, el instinto de no sufrir, no sentir daño por querer a la persona equivocada, o dejar que alguien jugara con ella.
Si bien, no era muy creyente, prácticamente poco y nada, algo le daba la convicción de hacerle caso a esa frase.
Ahora tenía que dejar de lado todos esos pensamientos y razonamientos. Ya estaba cursando y no podía distraerse, matemática era una asignatura complicada para ella y le demandaba el doble de atención que las otras, no podía darse el lujo de estar distraída.
Antes que se le hiciera tarde para desayunar, su mamá la destapó. Situación común, más cuando comenzaba la semana.
Casi de un salto dejo la cama. No encontré las pantuflas y salió descalza del cuarto. Fue al baño, se duchó, se cepilló los dientes, se vistió y bajo a tomar una taza de café con leche a la cocina.
Intercambió unas pocas palabras, casi un reto, con su mamá porque iba a salir con el pelo mojado.
Nada de eso parecía afectar su estado pensativo. Juntó sus cosas y salió para la facultad, estaba en el primer año de arquitectura.
Mientras esperaba el colectivo en la esquina, una frase no paraba de martillarle la cabeza: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón…”
Lo había dicho el predicador en la iglesia el domingo por la mañana.
Ella asistía por obligación, no por gusto, ni por otra cosa. Su papá había sido muy claro, mientras ella viviera bajo su techo, tenía que obedecer y seguir las costumbres de la familia.
Sus papás y sus dos hermanos menores, concurrían con gusto todos los domingos, ellos eran creyentes practicantes. Ella se definía como una acompañante.
No recordaba ni siquiera la cara del predicador o de que libro de las Escrituras había sacado esa frase. Pero no podía evitar que retumbara en su cabeza.
¿A qué se refería con guardar su corazón? Se preguntaba. Ella solo le encontraba una única respuesta. Guardarlo del chico con el que estaba saliendo, o estaba tratando de iniciar una relación.
No podía haber otra explicación, era por eso.
Seguramente, su papá, había hablado con ese predicador para que dijera cosas así. Porque, tanto su papá como su mamá, no estaban a gusto con el chico con el que estaba saliendo para conocerse mejor, así decía ella.
Lo importante, en realidad, era lo que sentía hacia él. Eso era lo que la tenía intranquila. No sabía lo que en verdad sentía. Le gustaba y mucho, también le gustaba pasar tiempo con él.
Pero, al llegar el momento de poner algo en limpio sobre la mesa, no encontraba otra cosa.
Él se le había insinuado varias veces en pasar la noche juntos, pero ella no se sentía segura. A parte, cómo explicar en casa que iba a pasar la noche afuera.
No veía la necesidad del apuro. Porque si él realmente la quería, la iba a esperar.
En ese sentía, mal que le pesara, le daba la razón a ese predicador. Ella tenía que guardar su corazón, tenía que guardarse de él, y también de ella misma.
Ya se estaba por bajar del colectivo. Tenía puestos los auriculares para escuchar la radio.
Se bajó del colectivo con una extraña sensación de estar siendo observada, pero nadie en la vereda de la facultad parecía prestarle atención. Capaz era ella que se sentía perseguida por sus razonamientos y esa frase que no paraba de gritarle por dentro.
Su conciencia le decía que se cuidara. Pero no entendía bien de qué.
Quizás era el instinto de preservación natural, el instinto de no sufrir, no sentir daño por querer a la persona equivocada, o dejar que alguien jugara con ella.
Si bien, no era muy creyente, prácticamente poco y nada, algo le daba la convicción de hacerle caso a esa frase.
Ahora tenía que dejar de lado todos esos pensamientos y razonamientos. Ya estaba cursando y no podía distraerse, matemática era una asignatura complicada para ella y le demandaba el doble de atención que las otras, no podía darse el lujo de estar distraída.
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