viernes, 24 de septiembre de 2010

El testamento

A medida que se leía el testamento, las caras se iban alargando.
Uno a uno los sobrinos del viejo rico se hundían en el desconsuelo, y no precisamente por el difunto.
Cada uno de ellos, tres varones y dos mujeres, habían heredado una propiedad, por el valor de unos cuantos miles. Nada en comparación a todo el capital que su finado pariente dejaba.
No les había dejado nada de dinero. Ni un solo centavo. Ellos había sido la única familia que tuvo, sin tener en cuanta a un hermano adoptado, que hacía años estaba en una misión de la iglesia Anglicana en Malacia. De quién, hasta entonces no se decía nada en el testamento.
Después de la repartición estipulada para los familiares más cercanos, el notario continúo leyendo.
El patrimonio del fallecido era bastante extenso y la lentitud del encargado de la lectura tornaba la situación algo tediosa.
De pronto, entre los papeles del documento, se encontró una carta. Estaba escrita con pluma y por el trazo era la letra del tío. La carta, tenía carácter de documento porque estaba firmada y sellada por escribano, el mismo que leía, que, confesó que en sus últimos días renovó el testamento lo había mandado a llamar para que certificara el nuevo documento.
Un aire de esperanza y alivio refrescó los rostros de los presentes, tal vez en el nuevo testamento ellos tendrían más cosas.
Pero no, la primera parte era toda igual al antiguo. Con menos palabras en todo caso, pero les dejaba las mimas propiedades.
La mitad de sus bienes estaban destinados a entidades religiosas y hospitales.
A diferencia del papel anterior, éste sí mencionaba el hermano adoptivo, a quién le dejaba la otra mitad del sus bienes, una cifra de nueve dejitos.
En aquel preciso momento, los cinco hermanos parecieron morir. Era imposible que su tío le dejara esa cantidad a un vago que se había ido al otro lado del mundo a pasar tiempo con gente que no sabe leer. Todos pensaban que era un rebelde y un ingrato, dejar todo lo que tenía en su país para irse. Y que encima le sacaba, según ellos, plata a la Iglesia Anglicana, porque era la que le pagaba el sueldo.
Las caras de todos allí destilaban bronca, nadie comprendía el porqué de tan descabellado testamento.
Lo que más irritaba a los cinco hermanos era que el heredero no estaba presente. Se decían unos a otros que era un descarado, que seguramente le había dado lástima al tío el lugar donde estaba y por eso le dejaba dinero.
Mientras el letrado firmaba los últimos papeles, recordó que todavía faltaba leer una carta.
El escribano, no solo había trabajado para el difunto, sino que también había sido su amigo, su compañero de golf por más de veinte años.
Cuando cerró la carpeta de cuero, se difirió a un cajón de su escritorio y sacó otro sobre.
Y les dijo que todavía faltaba leer algo más.
Con mucha tranquilidad, abrió el sobre, retiró el papel de adentro y comenzó a leer.

Mis sobrinos todos, aun los que están lejos, les amo. Seguramente están enojados porque no les dejé más que una propiedad de unos miles a cada uno. Y deben estar preguntándose ¿cómo es que alguien a quien no vemos hace varios años, me incluyo, recibió tan gran recompensa?
Sí, dije recompensa. Mientras ustedes, estaban a pocos quilómetros de mi casa, pocos en comparación con su hermano, el me escribía siempre para mi cumpleaños, para las navidades mandaba una tarjeta, que, según él era precaria en comparación a las que se pueden conseguir en nuestro país, porque allí llegaban pocas cosas de afuera. Por lo general sus cartas llegaban dos o tres meses tarde, pero igual las mandaba.
En una de sus últimas cartas, él ya sabía que yo estaba mal de salud y me sugirió acercarme a la fe, me decía que había una vida mejor que aquí en la tierra, una vida en el cielo. Para ustedes puede sonar algo ridículo, para mí también, al principio, ¿Qué puede haber mejor que la vida que viví yo aquí en la tierra? Tuve todo lo que quise. Pero no tuve a nadie cerca para darme un abrazo, para preguntarme como estaba del cáncer de pulmón.
A nadie de no ser por ese hippie con una cruz colgada del cuello y una pequeña biblia en la mano, que vive al otro lado del mundo.
Nunca me pidió dinero, siempre me contaba de sus logros con el orfanato y el colegio que lleva adelante con su esposa, una mujer de aquel país. Él tiene tres hijos, de quienes no recuerdo los nombres en este momento, ni sus edades. Seguramente eso ustedes ya lo sabían.
Ustedes no necesitan dinero, ustedes ya me pidieron dinero, cuando alguno estuvo mal, o sus empresas o lo que haya sido, siempre respondí por ustedes, tal como su padre hubiera hecho.
En una de sus cartas me dijo: “todo tu dinero no alcanza para compara la vida que viene, ojala puedas ser como yo, vivir sin la presión de tener que tener. Yo tampoco tengo dinero para poder comprar la vida que viene, no lo necesito, sabes tío, es gratis, únicamente tenés que creer.”
Mi dinero no es para él ni su familia, mi dinero es para una escuela y un orfanato del otro lado del mundo. Es cierto yo no tengo dinero para comprar la vida que viene, pero mi dinero puede dar la posibilidad a otros de conocerla.
Espero que ustedes como yo alcancen la hermosa posibilidad de creer.
Su tío.

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