lunes, 5 de octubre de 2009

No existe la soledad absoluta, siempre que exista la familia.

Una noche de eterna soledad. Esos momentos en los que ni siquiera podemos sentir el suave viento de los últimos meses del año deslizándose por nuestra humanidad. Pensar en la soledad no es una opción, menos una elección. Solos por exclusión, por abandono, por olvido o simplemente porque las distancia con los demás se agrandó y creció hasta tener identidad propia. Una persona de entidad ausente que aleja a los demás simulando acompañarnos, pero no lo hace. Soledad.
En esa relación sin diálogos, entendemos que el silencio es su lenguaje universal. Cualquiera que haya caminado con ella, va a saber entenderla, hasta asimilarla, pero pocos traducen esos diálogos nocturnos de abandono en uno mismo.
Aceptar los momentos sin compañía, sin gente, pero con ella. Puede llevarnos a la trampa fatal de creer que es la única que nos acepta tal como somos. Bajo el pretexto que no dice nada, parece estar callada. Y nuestros pensamientos retumban como un eco en su interior, diciéndonos lo que queremos escuchar, devolviéndonos las mismas notas de nuestra canción de lamento, repitiéndolas de memoria hasta el cansancio.
De melodía triste, casi hipnótica. Nuestros propios versos de desgracia y desanimo parecen cobrar peso solo en sus labios, endulzando nuestros oídos, cayendo en el engaño de estar alejado de los demás.
La peor trampa que podemos tendernos a nosotros mismos es vivir en la mentira de creer que estamos solos, andamos solos, vivimos solos, que no somos aceptados. Encontrando la auto compasión en la soledad.
No nacimos para estar solos, pero primero debemos aprender a aceptarnos tal cual somos nosotros, para poder aceptar a los demás. Entendiendo los momentos de soledad, valoramos más la compañía de nuestros pares.
No existe la soledad absoluta, siempre que exista la familia, siempre que están los amigos, aunque lejos, pero están. El núcleo primario, el seno que nos vio nacer y crecer no nos abandona. A pesar de todo nos acepta tal como somos. Para aceptarnos, primero hay que aceparlos, una casa dividida no prevalece. Aceptar su compañía, y acompañarlos, eso es familia. Esa unidad inexpugnable, ese castillo sobre la roca, que la soledad no se atreve a atacar, pero siempre va a susurrar sus canciones desde lejos. Con la intención de atrapar algún desprevenido que no entienda que no esta solo.

2 comentarios:

  1. asi es mi hermano!! existen aunque esten lejos!! te quiero mucho bro..

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  2. caer en la trampa de creer que la soledad es nuestra mejor compañía...muy cierto.

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