Recordaba las primeras semanas después de haber terminado la última relación. Para esa época había cambiado el colchón, mientras que su cuerpo descansaba confortablemente, su corazón dormía en una cama de clavos. Pero todo eso había terminado, gracias a Dios, las noches de faquir eran solo un mal recuerdo.
Fue de esos finales en los que no quedan ni cenizas.
Únicamente, y como a todos, quedaban recuerdos, ni buenos ni malos, solo recuerdos. De los que ya ni siquiera despachaba detalles cuando algún amigo o alguien le preguntaba.
Probablemente, no había conocido del todo a la dama de sus desgracias, pero eso le enseñó a conocerse más a sí mismo.
Le había pasado algo parecido a Massei, el personaje de un cuento que había leído hacia tiempo, pero a la inversa. Massei, cuando se acercaba a su amada se enfermaba. Y él tenía algo parecido, descubrió, de la peor manera, que ella no era su amada porque cuando le dolía el corazón, le sangraba la nariz.
Era sólo una historia, en la que, su única testigo era su almohada. La mancha de sangre seca la había relevado de sus funciones hacía varios meses.
Nada se comparó con la liberación. Tremenda sensación de liviandad les describía a sus amigos. El fin del dolor, pero no de las molestias. Que duraron un par de meses más. A pesar de todo eso, ya estaba mejor, los demás le decían que se lo veía mejor así, solo.
De todas formas, tenía que reparar puertas adentro su estado sentimental.
Quizás de ese período lastimero de reparación interna, le quedaban algunas de sus mejores canciones como botín.
No se podía quejar del trato de Euterpe, la caprichosa musa, había usado todo ese dolor para destilarlo en metáforas acompañadas de sonidos.
Hacía varias semanas que no podía escribir, ni componer, mucho menos cantar. Sentía que Euterpe lo había abandonado. Ya no tenía inspiración.
Pero no estaba mal por eso, era raro, los sentimientos que antes impulsaban las letras y los acordes no vivían más en él.
Comenzó a componer sólo música. Tres o cuatro acordes, algo sencillo, y algún que otro arreglo para un eventual estribillo.
Se asombraba de sí mismo, porque las melodías eran las alegres que las anteriores. Y entendió que ese hecho vaticinaba algo, pero no sabía qué.
Una tarde, sentado en el comedor con la guitarra, comenzó a improvisar en Do. Los acordes se deslizaban con mucha fluidez sobre el diapasón, no pensaba, los dedos iban solos.
Estuvo así un rato largo, como cuando una canción queda en reproducción continua.
Cuando dejó de tocar, se quedó pensando, cuál de sus letras encajaba con esa melodía.
Resultó que ninguna encajaba, todas eran demasiado tristes para una melodía así. Por más que trató en ese momento de improvisar también una letra, no le salió.
Algo trababa sus ideas, estaba sin palabras. Si bien, no era la primera melodía sin letra que tenía, sabía que ésta, en particular, debía tener una. Ya era tiempo de dejar las canciones tristes y escribir algo diferente.
Fue de esos finales en los que no quedan ni cenizas.
Únicamente, y como a todos, quedaban recuerdos, ni buenos ni malos, solo recuerdos. De los que ya ni siquiera despachaba detalles cuando algún amigo o alguien le preguntaba.
Probablemente, no había conocido del todo a la dama de sus desgracias, pero eso le enseñó a conocerse más a sí mismo.
Le había pasado algo parecido a Massei, el personaje de un cuento que había leído hacia tiempo, pero a la inversa. Massei, cuando se acercaba a su amada se enfermaba. Y él tenía algo parecido, descubrió, de la peor manera, que ella no era su amada porque cuando le dolía el corazón, le sangraba la nariz.
Era sólo una historia, en la que, su única testigo era su almohada. La mancha de sangre seca la había relevado de sus funciones hacía varios meses.
Nada se comparó con la liberación. Tremenda sensación de liviandad les describía a sus amigos. El fin del dolor, pero no de las molestias. Que duraron un par de meses más. A pesar de todo eso, ya estaba mejor, los demás le decían que se lo veía mejor así, solo.
De todas formas, tenía que reparar puertas adentro su estado sentimental.
Quizás de ese período lastimero de reparación interna, le quedaban algunas de sus mejores canciones como botín.
No se podía quejar del trato de Euterpe, la caprichosa musa, había usado todo ese dolor para destilarlo en metáforas acompañadas de sonidos.
Hacía varias semanas que no podía escribir, ni componer, mucho menos cantar. Sentía que Euterpe lo había abandonado. Ya no tenía inspiración.
Pero no estaba mal por eso, era raro, los sentimientos que antes impulsaban las letras y los acordes no vivían más en él.
Comenzó a componer sólo música. Tres o cuatro acordes, algo sencillo, y algún que otro arreglo para un eventual estribillo.
Se asombraba de sí mismo, porque las melodías eran las alegres que las anteriores. Y entendió que ese hecho vaticinaba algo, pero no sabía qué.
Una tarde, sentado en el comedor con la guitarra, comenzó a improvisar en Do. Los acordes se deslizaban con mucha fluidez sobre el diapasón, no pensaba, los dedos iban solos.
Estuvo así un rato largo, como cuando una canción queda en reproducción continua.
Cuando dejó de tocar, se quedó pensando, cuál de sus letras encajaba con esa melodía.
Resultó que ninguna encajaba, todas eran demasiado tristes para una melodía así. Por más que trató en ese momento de improvisar también una letra, no le salió.
Algo trababa sus ideas, estaba sin palabras. Si bien, no era la primera melodía sin letra que tenía, sabía que ésta, en particular, debía tener una. Ya era tiempo de dejar las canciones tristes y escribir algo diferente.
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