Cansada de esperar a que el autor terminara su cuento, la princesa en apuros, decidió llamarlo por teléfono. Le dijo que no quería seguir así, que ya era hora de que aparezca un príncipe en su historia. A lo que el escritor le contestó que las buenas historias son las que requieren tiempo para ser elaboradas, que cada detalle en ellas cuenta, en definitiva, esos pequeños elementos son los que tiñen las relaciones y las hacen particulares. En pocas palabras le dijo que necesitaba más tiempo para construir un príncipe que encajara en su cuento.
Al principio, esa respuesta fue de consuelo. Pensó que era lo mejor, algo a su medida, una persona capaz de encajar al cien por ciento en su vida.
Sus tardes se dilataban entre sueños guiados por su imaginación, y se perdía en algún pensamiento a cerca de un ser perfecto que llegaba a su vida.
Las semanas se fueron llevando los días, las estaciones se llevaron los meses, el árbol en el jardín había pasado por los cuatro estas, ahora estaba por reverdecer nuevamente.
Todo lo contrario de su paciencia, la cual estaba seca como un tronco viejo.
Otra vez llamó al escritor, él le preguntó por qué el apuro de conseguir un príncipe tan rápido, todavía necesitaba tiempo, ya le estaba dando forma a la historia que acompañaba al protagonista masculino del cuento, le dijo que venía en camino. Ella le dijo que no le creía que le faltara poco, y que tenía miedo de terminar sola. El escritor le dijo que no se preocupara, que eso no iba a pasar.
Al cabo de un par de meses, ella seguía sola, con más miedo y menos paciencia. Tuvo una brillante idea. Publicaría un anuncio en el diario.
“se busca varón de buena presencia, modales refinados, que pueda ejercer funciones de príncipe y rescatar princesa de cuento, no muy largo, de trama corriente y final feliz. Preferentemente con auto propio.”
A continuación dejaba una casilla de mail en la que podían enviar los perfiles.
No pasó mucho tiempo hasta que aparecieron los primeros candidatos, de los que ella separaba los que le gustaban. A los que no le gustaban o no le convencían, les mandaba la foto de una chica fea para que le dejaran de escribir.
El escritor, también leyó el anuncio, y no encontró mejor oportunidad para presentar al candidato. Él mismo mandó el perfil de su príncipe. Pero no le dijo nada a ella, quería que resultara lo más natural posible.
La princesa se resolvía entre cuatro postulantes, entre los que estaba el candidato del autor.
Después de un par de salidas con cada uno de ellos, ya tenía una resolución.
Para sorpresa del escritor, no eligió a su candidato, que era el ideal. Ella se había decidido por otro. Menos compatible, pero un tanto más agradable a la vista.
En realidad tenía mucho dinero. Un hombre lindo, con plata y que le preste atención, no era para despreciar.
Desconcertado en todo sentido, el escritor pensó que había sido un error de él en terminar tarde el candidato o en no decirle que lo mandaba a las entrevistas.
En definitiva el cuento de esta princesa tenía un final que él no había escrito. Tendría que haber escrito otro cuento para este final.
O quizás, el destino, más allá de las páginas y la tinta, tenía otro propósito con la impaciente princesa.
La prisa nunca es buena consejera. El temor tampoco, mucho menos la soledad.
Lo único que sabía, era que no tenía la responsabilidad de la felicidad ajena, en este caso, la de ella.
Todo esto quería decir, para el escritor, que los cuentos de ahora no son los de antes. Cuando la gente podía o quería esperar su destino.
Ahora todos corren tratando de alcanzar el tiempo, ellos quieren ser los autores de sus propios cuentos. Y el escritor se va quedando con pares sueltos, héroes y heroínas que no tiene lugar en sus historias porque sus coprotagonistas cambiaron el guión.
Por eso, para los que corren el tiempo, los cuentos son solo historias. Y lo importante no es que el corazón decida. Porque ¿Qué futuro hay para quienes esperan? ¿Qué futuro hay para quienes deciden con el corazón?
Al principio, esa respuesta fue de consuelo. Pensó que era lo mejor, algo a su medida, una persona capaz de encajar al cien por ciento en su vida.
Sus tardes se dilataban entre sueños guiados por su imaginación, y se perdía en algún pensamiento a cerca de un ser perfecto que llegaba a su vida.
Las semanas se fueron llevando los días, las estaciones se llevaron los meses, el árbol en el jardín había pasado por los cuatro estas, ahora estaba por reverdecer nuevamente.
Todo lo contrario de su paciencia, la cual estaba seca como un tronco viejo.
Otra vez llamó al escritor, él le preguntó por qué el apuro de conseguir un príncipe tan rápido, todavía necesitaba tiempo, ya le estaba dando forma a la historia que acompañaba al protagonista masculino del cuento, le dijo que venía en camino. Ella le dijo que no le creía que le faltara poco, y que tenía miedo de terminar sola. El escritor le dijo que no se preocupara, que eso no iba a pasar.
Al cabo de un par de meses, ella seguía sola, con más miedo y menos paciencia. Tuvo una brillante idea. Publicaría un anuncio en el diario.
“se busca varón de buena presencia, modales refinados, que pueda ejercer funciones de príncipe y rescatar princesa de cuento, no muy largo, de trama corriente y final feliz. Preferentemente con auto propio.”
A continuación dejaba una casilla de mail en la que podían enviar los perfiles.
No pasó mucho tiempo hasta que aparecieron los primeros candidatos, de los que ella separaba los que le gustaban. A los que no le gustaban o no le convencían, les mandaba la foto de una chica fea para que le dejaran de escribir.
El escritor, también leyó el anuncio, y no encontró mejor oportunidad para presentar al candidato. Él mismo mandó el perfil de su príncipe. Pero no le dijo nada a ella, quería que resultara lo más natural posible.
La princesa se resolvía entre cuatro postulantes, entre los que estaba el candidato del autor.
Después de un par de salidas con cada uno de ellos, ya tenía una resolución.
Para sorpresa del escritor, no eligió a su candidato, que era el ideal. Ella se había decidido por otro. Menos compatible, pero un tanto más agradable a la vista.
En realidad tenía mucho dinero. Un hombre lindo, con plata y que le preste atención, no era para despreciar.
Desconcertado en todo sentido, el escritor pensó que había sido un error de él en terminar tarde el candidato o en no decirle que lo mandaba a las entrevistas.
En definitiva el cuento de esta princesa tenía un final que él no había escrito. Tendría que haber escrito otro cuento para este final.
O quizás, el destino, más allá de las páginas y la tinta, tenía otro propósito con la impaciente princesa.
La prisa nunca es buena consejera. El temor tampoco, mucho menos la soledad.
Lo único que sabía, era que no tenía la responsabilidad de la felicidad ajena, en este caso, la de ella.
Todo esto quería decir, para el escritor, que los cuentos de ahora no son los de antes. Cuando la gente podía o quería esperar su destino.
Ahora todos corren tratando de alcanzar el tiempo, ellos quieren ser los autores de sus propios cuentos. Y el escritor se va quedando con pares sueltos, héroes y heroínas que no tiene lugar en sus historias porque sus coprotagonistas cambiaron el guión.
Por eso, para los que corren el tiempo, los cuentos son solo historias. Y lo importante no es que el corazón decida. Porque ¿Qué futuro hay para quienes esperan? ¿Qué futuro hay para quienes deciden con el corazón?
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