- Hacé lo que haces siempre, agarra algo sencillo y hacelo difícil. Siempre es lo mismo con vos. No confías en nadie.
Cerró el celular y lo golpeó sobre el escritorio. Pasaron unos segundos y rompió en llanto.
Su relación con Javier carecía de sobriedad emocional, pasaban noches embriagados en el delirio de la pasión, para luego caer en el ardor interno que llega con la mañana, como el efecto del alcohol, que tiene un gusto con la luna y otro con él sol.
Besos sin sabor, abrazos fríos y caricias ásperas eran las cosas que traía la mañana.
Las miradas ya no hablaban, la complicidad de los primeros tiempos se les había escapado sin avisar, sin que ellos se dieran cuenta.
- ¿Y esta vez por qué fue? – le preguntó una Nacha, la compañera trabajo-
- Lo mismo de siempre. Celos. Ya es una tortura que sea tan desconfiado. Siento como que estoy a prueba todo el tiempo con él.
- Entiendo, también salí con un flaco así.
- Pero yo vivo con él hace cuatro años. Me conoce. Esto hace unos meses que se puso así. Antes era distinto.
- Discúlpame que sea tan directa. Pero ¿no te estará engañando? Porque así eso de los celos de un día para el otro. Por lo general, el que engaña, es el que más vigila.
- Ay! No digas eso. Javier es inseguro. Me dice que yo soy demasiado para estar con él. Tiene complejo por la altura, si yo le saco unos siete centímetros.
- Pensé que ibas a decir que era medio feíto – Nacha se rió- no te veía a vos haciendo caridad. Andar con un feo. – Y se volvió a reír- Escuchame Clara, ahora sí, hablando en serio. La situación te está haciendo mal, no te puede llamar cuando quiere al trabajo y hacerte llorar así.
Ni bien Nacha terminó de hablar, comenzó a vibrar el celular de Clara.
Era Javier, otra vez. La charla no parecía cordial, se escuchaba como dos personas que se conocen mucho, peleando para lastimarse. Comentarios de lenguas afiladas y palabras que evidencian el fin del cariño.
- Estoy cansada te vos, de lo que decís. No me llames más. – Después de un breve silencio, continuo- hace como quieras; hace lo que quieras.
Clara era una mina de carácter, a veces mucho. Cuando cortó, esta vez no lloro.
- Siempre igual. – Dijo mirando a Nacha-
Pero su compañera no le contestó, solo le devolvió la mirada con un gesto de sorpresa. Nunca la había visto reaccionar así.
- Qué más da. Los celos no son amor. – Murmuró Clara mientras se acomodaba en el escritorio.-
Nadie le contestó. Todos en la oficina se quedaron callados un rato largo. La incomodidad era una persona más entre ellos, que caminaba entre los pasillos que dejaban los escritorios.
En el horario del almuerzo salió a comprar en el buffet del edificio. Comía como comen los enojados, que no le sienten el gusto a la comida. Todo el tiempo en silencio, todo el tiempo sola. Bajó y salió para fumar después de la comida. El frío la obligó a entrar rápido y otra vez a las labores de los papeles y la computadora.
Para la hora del mate, todos en el piso sabían lo que había pasado.
No era la primera vez que veían una escena como estas salir de ese escritorio, pero si era la primera vez que se vio con tanta vehemencia.
Esta vez Clara no lloró al terminar la jornada. Tenía algo distinto.
Los comentarios de Nacha no le preocuparon en lo más mínimo, no como otras veces, que la hacían dudar.
Fue la última en irse de la oficina. Caminó hasta la esquina de Perón y Suipacha, paró un taxi y se subió.
- Senillosa y Chaco por favor. – le dijo al chofer-
- ¿Por Rivadavia?
- Sí.
No volvía al departamento en barrio norte, que compartía con Javier. Se iba para Caballito. A la casa paterna.
El taxi la dejó en la puerta. Pagó y se bajo. Hizo un par de pasos y ya estaba en el porche del edificio. Tocó el timbre del séptimo C, atendió Irma, la mamá.
- Hola hijita – Irma la recibió con cara de preocupación- ¿Y esta vez?
- La última vez.
Clara, cansada de vivir en custodia de los celos, ya había tomado su decisión.
Cerró el celular y lo golpeó sobre el escritorio. Pasaron unos segundos y rompió en llanto.
Su relación con Javier carecía de sobriedad emocional, pasaban noches embriagados en el delirio de la pasión, para luego caer en el ardor interno que llega con la mañana, como el efecto del alcohol, que tiene un gusto con la luna y otro con él sol.
Besos sin sabor, abrazos fríos y caricias ásperas eran las cosas que traía la mañana.
Las miradas ya no hablaban, la complicidad de los primeros tiempos se les había escapado sin avisar, sin que ellos se dieran cuenta.
- ¿Y esta vez por qué fue? – le preguntó una Nacha, la compañera trabajo-
- Lo mismo de siempre. Celos. Ya es una tortura que sea tan desconfiado. Siento como que estoy a prueba todo el tiempo con él.
- Entiendo, también salí con un flaco así.
- Pero yo vivo con él hace cuatro años. Me conoce. Esto hace unos meses que se puso así. Antes era distinto.
- Discúlpame que sea tan directa. Pero ¿no te estará engañando? Porque así eso de los celos de un día para el otro. Por lo general, el que engaña, es el que más vigila.
- Ay! No digas eso. Javier es inseguro. Me dice que yo soy demasiado para estar con él. Tiene complejo por la altura, si yo le saco unos siete centímetros.
- Pensé que ibas a decir que era medio feíto – Nacha se rió- no te veía a vos haciendo caridad. Andar con un feo. – Y se volvió a reír- Escuchame Clara, ahora sí, hablando en serio. La situación te está haciendo mal, no te puede llamar cuando quiere al trabajo y hacerte llorar así.
Ni bien Nacha terminó de hablar, comenzó a vibrar el celular de Clara.
Era Javier, otra vez. La charla no parecía cordial, se escuchaba como dos personas que se conocen mucho, peleando para lastimarse. Comentarios de lenguas afiladas y palabras que evidencian el fin del cariño.
- Estoy cansada te vos, de lo que decís. No me llames más. – Después de un breve silencio, continuo- hace como quieras; hace lo que quieras.
Clara era una mina de carácter, a veces mucho. Cuando cortó, esta vez no lloro.
- Siempre igual. – Dijo mirando a Nacha-
Pero su compañera no le contestó, solo le devolvió la mirada con un gesto de sorpresa. Nunca la había visto reaccionar así.
- Qué más da. Los celos no son amor. – Murmuró Clara mientras se acomodaba en el escritorio.-
Nadie le contestó. Todos en la oficina se quedaron callados un rato largo. La incomodidad era una persona más entre ellos, que caminaba entre los pasillos que dejaban los escritorios.
En el horario del almuerzo salió a comprar en el buffet del edificio. Comía como comen los enojados, que no le sienten el gusto a la comida. Todo el tiempo en silencio, todo el tiempo sola. Bajó y salió para fumar después de la comida. El frío la obligó a entrar rápido y otra vez a las labores de los papeles y la computadora.
Para la hora del mate, todos en el piso sabían lo que había pasado.
No era la primera vez que veían una escena como estas salir de ese escritorio, pero si era la primera vez que se vio con tanta vehemencia.
Esta vez Clara no lloró al terminar la jornada. Tenía algo distinto.
Los comentarios de Nacha no le preocuparon en lo más mínimo, no como otras veces, que la hacían dudar.
Fue la última en irse de la oficina. Caminó hasta la esquina de Perón y Suipacha, paró un taxi y se subió.
- Senillosa y Chaco por favor. – le dijo al chofer-
- ¿Por Rivadavia?
- Sí.
No volvía al departamento en barrio norte, que compartía con Javier. Se iba para Caballito. A la casa paterna.
El taxi la dejó en la puerta. Pagó y se bajo. Hizo un par de pasos y ya estaba en el porche del edificio. Tocó el timbre del séptimo C, atendió Irma, la mamá.
- Hola hijita – Irma la recibió con cara de preocupación- ¿Y esta vez?
- La última vez.
Clara, cansada de vivir en custodia de los celos, ya había tomado su decisión.
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