jueves, 8 de julio de 2010

La rusa

En todos sus amaneceres sonaba la misma canción, su celular le cantaba paloma desde la mesita de luz.
Así se levantaba la rusa. Le decían así por el apellido, que, en realidad era ucraniano.
Se sentó en la cama sabiendo que día era, este mes había sacado bien la cuenta. Y la visita fue puntual. De todas formas no tenía que preocuparse por demoras o cosas por el estilo, no existía motivo alguno para eso.
En sus años de iniciación había vivido un par de sustos, de esos que hacen que dos personas que se quieren, se replanteen su cariño y sus ganas de pasar toda la vida juntos siendo jóvenes.
Un par de veces, dichas situaciones, le habían costado noviazgos y peleas varias. Gracias al cielo su mamá nunca se enteró. Para eso tenía a su hermana más chica. La rusita.
Envidiaba a las que no sentían dolor en esas ocasiones, o las que lo sentían, pero moderadamente pueden seguir con sus vidas de forma normal.
Ella se pedía el día en el laburo y dejaba de hacer cualquier actividad para encerrarse, al menos los primeros días.
La rusa, desde los doce, vivía los dolores entrañables con mucho dolor.
Pero en los últimos años se habían aplacado un poco. También la ayudaban algunos fármacos.
Caminó despacio hasta la puerta del baño, y desde ahí nomás se miro en el espejo. Esta imagen se repetía cada mes. Y cada mes tenía las mismas ganas de romper ese espejo.
Se baño, y se acomodó. Terminados los menesteres de la situación, fue al balcón a ver un par de plantas que le habían regalado por el cumpleaños. Seguían ahí, y ella sin saber cómo se cuidaba o que se necesitaba para que siguieran con vida. Pensó que ese era un pésimo regalo.
El día anterior había festejado por segunda vez quince años, que físicamente no le pesaban, pero sí emocionalmente.
No por tener muchos noviazgos, pero los dos que había tenido duraron años. Ambos con la misma proyección, casamiento, nenes y la mar en coche.
Todo eso le hacía pensar como la canción de su despertador, quería vivir dos veces para poder olvidar.
Ya sentada en la barra que usaba de desayunador en la cocina, con su taza de té con leche, leía el diario por internet. Pero no había nada lindo que leer, así que cerró la computadora y volvió a acostarse y mirar televisión en posición horizontal.
Treinta primaveras y estaba tan sola como al principio.
A los veinte se imaginaba, para los treinta, casada y con al menos un hijo.
A los veinticinco, volvió a creer en eso. Pero hacia un año que cenaba sola y no tenía con quien discutir qué película mirar.
Sentía que estaba en deuda con su futuro. O mejor dicho, que tenía una cuenta pendiente con él.
Mucho tiempo había pasado, y todos esos años se le escaparon solos o con malas compañías.
Su deuda era realizarse, como todos, solo que la rusa lo sufría más que otros.
Y desde hacía un año, cuando todo terminó, cada siclo que se marchaba, era una esperanza menos.
La rusa tenía miedo de terminar sola, sin esposo, sin hijos; viviendo en el mismo pequeño departamento.
Todo eso junto le daba vueltas en la cabeza, todas las voces le hablaban a la vez.
Era muy temprano para pensar, así que se acomodó de costado para dormirse de nuevo.
Una sola gota surcó su mejilla y se deslizó hasta la sábana, después de eso cerró los ojos y se durmió otra vez.

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