Las estrellas estaban de mi lado y la besé. Fue de esos besos con textura. No necesité mis ojos. En aquel momento salía de mi desierto, caminando lentamente. Dejaba las ásperas arenas de la soledad para sentir la hierba fresca entre los dedos de mis pies, la frescura y el confort su compañía. Como sí de sus labios brotara vida para mi alma.
Sus manos acariciaron mi cara. De repente los dos nos miramos en silencio, inmóviles. Me descubrí desnudo ante su mirada, ella podía ver todo en mí y a través también. Tuve miedo, de que no le guste lo que veía. Bastó un instante, un parpadeo sencillo y suave, que desenvolvió una mirada tierna, para que mis miedos se fueran.
Con otro beso del mismo calibre, cerramos los ojos. Sí bien, es cierto que el primer beso y el último nunca se olvidan, en ese momento era todo distinto. Descubría otro universo, su universo.
Tanta emoción junta me hizo pensar ¿ella sentirá lo mismo? ¿Veía lo mismo? ¿Pensaría igual?
Preguntas que, con los ojos cerrados y los labios ocupados, no encontraban lugar. Eso me desconcentró por un segundo. Pero la estaba besando, eso era todo lo que importaba, y que era totalmente nuevo para mí interpretar la situación de esa forma.
Paramos para respirar. Volvimos a mirarnos. Las ganas de juntar nuestras bocas eran las mismas. Pero mis dudas seguían latentes.
Se mezclaban cosas del pasado, similitudes con el presente y especulaciones del futuro. Los mismos temores, las mismas esperanzas. Ya no tenía el valor de la adolescencia. Con el paso del tiempo uno va perdiendo expectativas, y lo único que queda de Platón esta en los libros.
Segundos de emoción, de excitación, pensamientos que iban y venían, esas tormentas de recuerdos que suelen durar lo mismos que un abrir y cerrar de ojo.
Ahí seguía, besándola. Con pánico a la desilusión, ánimos de ver concretadas las esperanzas del amor.
No era la primera, pero quería que sea la última.
Cuando sus manos volvieron a acariciar mi cara, recordé que esas manos la habían golpeado. Un cachetazo después de un mal comentario. Y pensé que en eso había sido la primera y la última. Después, cuando todavía me picaba del dolor, me besó y me pidió perdón.
No sé porque eso me dio más valor. Había sido tan genuina conmigo como para hacer eso, actitud casi reservada para los que llevan anillos dorados.
Volvimos a respirar. Y nos quedamos mirando al cielo, circunstancias en las cuales se suele preguntar “¿Qué estas pensando?” Eso no pasó. Tomó mi brazo, lo puso sobre sus hombros y se acurrucó.
No hubo un clic, ni nada sobrenatural. En ese momento lo entendí. El universo en una mujer. Ella transformaba la realidad, mí realidad. Todo cambiaba en ella, como cuando la luz pasa a través de un prisma.
Lo que necesitaba, estaba adentro de ella. Ese era mi universo.
Su forma de mirarme me hacía sentir mejor persona.
Los besos siguen siendo algo de la tradición de los enamorados. Los amantes no comparten solo los labios, comparten sus vidas, comparten sus universos.
Besé su cien en paz conmigo mismo, ya sabía lo que sentía.
Sus manos acariciaron mi cara. De repente los dos nos miramos en silencio, inmóviles. Me descubrí desnudo ante su mirada, ella podía ver todo en mí y a través también. Tuve miedo, de que no le guste lo que veía. Bastó un instante, un parpadeo sencillo y suave, que desenvolvió una mirada tierna, para que mis miedos se fueran.
Con otro beso del mismo calibre, cerramos los ojos. Sí bien, es cierto que el primer beso y el último nunca se olvidan, en ese momento era todo distinto. Descubría otro universo, su universo.
Tanta emoción junta me hizo pensar ¿ella sentirá lo mismo? ¿Veía lo mismo? ¿Pensaría igual?
Preguntas que, con los ojos cerrados y los labios ocupados, no encontraban lugar. Eso me desconcentró por un segundo. Pero la estaba besando, eso era todo lo que importaba, y que era totalmente nuevo para mí interpretar la situación de esa forma.
Paramos para respirar. Volvimos a mirarnos. Las ganas de juntar nuestras bocas eran las mismas. Pero mis dudas seguían latentes.
Se mezclaban cosas del pasado, similitudes con el presente y especulaciones del futuro. Los mismos temores, las mismas esperanzas. Ya no tenía el valor de la adolescencia. Con el paso del tiempo uno va perdiendo expectativas, y lo único que queda de Platón esta en los libros.
Segundos de emoción, de excitación, pensamientos que iban y venían, esas tormentas de recuerdos que suelen durar lo mismos que un abrir y cerrar de ojo.
Ahí seguía, besándola. Con pánico a la desilusión, ánimos de ver concretadas las esperanzas del amor.
No era la primera, pero quería que sea la última.
Cuando sus manos volvieron a acariciar mi cara, recordé que esas manos la habían golpeado. Un cachetazo después de un mal comentario. Y pensé que en eso había sido la primera y la última. Después, cuando todavía me picaba del dolor, me besó y me pidió perdón.
No sé porque eso me dio más valor. Había sido tan genuina conmigo como para hacer eso, actitud casi reservada para los que llevan anillos dorados.
Volvimos a respirar. Y nos quedamos mirando al cielo, circunstancias en las cuales se suele preguntar “¿Qué estas pensando?” Eso no pasó. Tomó mi brazo, lo puso sobre sus hombros y se acurrucó.
No hubo un clic, ni nada sobrenatural. En ese momento lo entendí. El universo en una mujer. Ella transformaba la realidad, mí realidad. Todo cambiaba en ella, como cuando la luz pasa a través de un prisma.
Lo que necesitaba, estaba adentro de ella. Ese era mi universo.
Su forma de mirarme me hacía sentir mejor persona.
Los besos siguen siendo algo de la tradición de los enamorados. Los amantes no comparten solo los labios, comparten sus vidas, comparten sus universos.
Besé su cien en paz conmigo mismo, ya sabía lo que sentía.
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