sábado, 17 de julio de 2010

Mantener el recuerdo

Caminamos sobre el pasto empapado de rocío hasta llegar al pie de un árbol grande. En todo el campo, hasta donde se podía ver, sólo había un árbol, y estaba seco.
Sus ramas sin hojas dibujaban una extraña red irregular por la que se escurría el sol.
El tronco estaba seco, pero no parecía débil ni podrido. Para estar sin vida, se veía muy fuerte.
Todos estábamos con las zapatillas húmedas y los pies fríos. Cada tanto alguna nube mal intencionada tapaba la luz y el calorcito del sol, que, junto a una leve brisa del sur nos hacia escarmentar el paseo con frío.
Ana, la guía, nos indicó que a unos pasos hacia el lado norte del árbol había una placa circular de bronce, incrustada en una plataforma de concreto que no tendría más de diez centímetros de alto.
Nos pusimos alrededor de la placa, lo suficiente para poder escuchar a nuestra guía.
En aquel lugar habían colgado el único héroe local.
Contó con lujo de detalles cada una de sus andanzas y proezas, los motivos por los cuales lo consideraban un héroe.
Pero que en definitiva, lo habían matado por pensar diferente, por no obedecer lo que las autoridades esteblecian.
Pusieron precio a su vida, y fueron matando a los que le brindaban ayuda. Hasta dejarlo casi solo.
El pueblo mismo, al que él defendió, se le volvió en su contra.
Y así, quienes primero lo habían respaldado, después lo persiguieron, lo desnudaron, le ataron una cuerda al cuello y lo dejaron caer desde una rama robusta.
Para ese entonces la historia encajaba con el día. Nublado, húmedo y frío. Nadie decía nada.
Ana seguía contando cómo eran esos días de oscuridad en aquel pueblo lejano.
Yo tenía los pies húmedos y el frio ya me estaba llegando a las rodillas. Pero la historia estaba muy interesante que no me daban ganas de quejarme.
De repente, hice un poco de memoria asociativa y recordé que una de las calles del pueblo, una calle sin salida, llevaba el nombre de nuestro héroe.
Cuando termino de hablar Ana, levanté la mano y le pregunté si esa calle llevaba el nombre y el apellido del protagonista porque él había vivido allí.
Dijo que no. Que esa calle llevaba su nombre porque fue ahí donde lo apresaron.
Inmediatamente, otra persona del grupo preguntó porque lo habían colgado en un lugar que quedaba tan lejos de donde lo apresaron.
Esta vez la respuesta tardó unos instantes. Después de la pausa, nuestra guía explicó, que, él mismo había pedido que lo colgaran en este árbol, para que su esposa y sus hijos no lo vieran.
Dijo, además, que en ningún momento se resistió, para no asustar a su hijita más pequeña.
Todo lo contrario, dijo Ana, la última vez que vi a papá, me estaba sonriendo.
La brisa fría congeló las palabras. Algunas de las mujeres del grupo lagrimearon. Mis ojos se humedecieron.
Ella, Ana, fue la primera en emprender el regreso, dio media vuelta sin decir nada y comenzó a caminar lentamente.
Los demás, permanecimos allí un rato más. De alguna forma había que honrar a este hombre. Lo más grande de los héroes no son sus proezas, los recordamos por la manera en la que se fueron.
Alguien dijo una vez, “muere siendo un héroe, o vive lo suficiente para convertirte en villano.”
Por eso, la hazaña más grande es saber cuándo marcharse.
Nunca va a morir el que no le teme a la muerte. Nunca va a morir el que pone a los suyos en primer lugar.
Después de pasar un momento callado frente al árbol, comencé a caminar de regreso, pensando en Ana, y su dedicación a mantener el recuerdo de su héroe. Ahora ella era mi héroina.

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