Raspaba con la cucharita el final del vasito de yogurt. Sentada con las piernas cruzadas en una esquina del sillón del living.
La televisión estaba prendida pero sin volumen. Ella seguía en pijamas. Hacía una semana que no salía de la casa.
Sus viejos y su hermano estaban trabajando, tenían sus actividades, en definitiva pasaban casi todo el día afuera.
Para ellos era mejor estar ocupados en otro lado, con ella en la casa se respiraba un aire pasado, cargado de enojo, resentimiento, dudas, insatisfacción y críticas hacia todo el mundo.
Ella no sabía porque, pero los demás también tenían que sentir lo que ella sentía.
Su explicación era que todo había terminado muy rápido. Era todo lo que decía cuando le preguntaban.
Cuando terminó el yogurt, fue hasta la cocina, tiró el vasito plástico y subió las escaleras hasta su cuarto, para volver a una posición fetal que le permitía dormir horas y horas.
En su cuarto había un hedor muy fuerte, de algo, que, alguna vez habían sido flores. Hacía algunas semanas que esos jazmines estaban en un florero sin agua, secos.
Pero el olor estaba impregnado en casi todas las cosas de la habitación, paredes, cortinas, ropa y en la cama.
El florero estaba sobre el escritorio, frente a una ventana, que hacía casi un mes que no se abría.
A ella le encantaban los jazmines. Porque representaban la estación de los enamorados.
Pero esos en particular, significaban todo lo contrario. Ese había sido el último regalo de su novio antes de terminar.
Estaba en un estado de crispación constante hacía que los demás se alejaran de ella, primero su familia, y de a poco sus amigos. Mantenía el contacto mínimo como para no volverse loca.
Su hermano insistía en que buscara ayuda en algún profesional, pero sus padres todavía tenían esperanzas de no llegar a esa instancia.
Acurrucada en el medio de la cama, miraba hacía la ventana y veía los jazmines secos a contra luz, pasaba tanto tiempo encerrada en ese cuarto que no sentía el olor fétido que vivía con ella ahí.
Mientras permanecía inmóvil pensaba que la relación que había terminado se parecía a mucho al contenido de ese florero.
Porque a casi todas las chicas les gustan los jazmines, así como también les gusta estar enamoradas. Les gusta que les regalen flores, así como cuando una persona les regala de su tiempo, de su compañía.
El gesto del regalo, es algo exclusivo, solo para ellas. Un acto voluntario de otra persona hacia ellas que les da algo que aprecian. Quizás como el regalo de un novio, los gestos, los mimos, las caricias, las miradas, los besos. Los regalos hacen sentir bien.
Pero, poco a poco, como son los ciclos de la vida, cuando nace algo, por lógica, eso también debe morir en algún momento.
Las flores sobreviven poco en el agua. Es solo cuestión de tiempo para que se vayan marchitando, como lo hace también el cariño. Los “te quiero” van menguando en su intensidad y en su intencionalidad.
Se marchitan y se ven pudriendo, un proceso natural. Cuando se van descomponiendo, despiden ese olor tan característico de los jazmines cuando pierden su gracia. Lo mismo es con dos personas cuya relación se desgasta, de a poco va saliendo lo peor de cada uno de ellos, contaminando el aire, hasta que no se puede respirar cerca del otro.
Hasta que se secan por completo y los pétalos que una vez fueron blancos, luego marrones, después se oscurecen aún un poco más. Dejan de despedir olor feo.
Eso pensaba de los jazmines secos, que, en algún momento de la vida, las mujeres los reciben de regalo, y después los ven marchitarse, morirse. Pero ella estaba cansada de las relaciones de jazmines.
De a poco las estrellas se mostraban en el cielo, ella abandonó la posición fetal para estirarse un poco. Después se tapó para dormir y soñar, porque aún con todo ese desanimo, quería soñar con encontrar un amor.
La televisión estaba prendida pero sin volumen. Ella seguía en pijamas. Hacía una semana que no salía de la casa.
Sus viejos y su hermano estaban trabajando, tenían sus actividades, en definitiva pasaban casi todo el día afuera.
Para ellos era mejor estar ocupados en otro lado, con ella en la casa se respiraba un aire pasado, cargado de enojo, resentimiento, dudas, insatisfacción y críticas hacia todo el mundo.
Ella no sabía porque, pero los demás también tenían que sentir lo que ella sentía.
Su explicación era que todo había terminado muy rápido. Era todo lo que decía cuando le preguntaban.
Cuando terminó el yogurt, fue hasta la cocina, tiró el vasito plástico y subió las escaleras hasta su cuarto, para volver a una posición fetal que le permitía dormir horas y horas.
En su cuarto había un hedor muy fuerte, de algo, que, alguna vez habían sido flores. Hacía algunas semanas que esos jazmines estaban en un florero sin agua, secos.
Pero el olor estaba impregnado en casi todas las cosas de la habitación, paredes, cortinas, ropa y en la cama.
El florero estaba sobre el escritorio, frente a una ventana, que hacía casi un mes que no se abría.
A ella le encantaban los jazmines. Porque representaban la estación de los enamorados.
Pero esos en particular, significaban todo lo contrario. Ese había sido el último regalo de su novio antes de terminar.
Estaba en un estado de crispación constante hacía que los demás se alejaran de ella, primero su familia, y de a poco sus amigos. Mantenía el contacto mínimo como para no volverse loca.
Su hermano insistía en que buscara ayuda en algún profesional, pero sus padres todavía tenían esperanzas de no llegar a esa instancia.
Acurrucada en el medio de la cama, miraba hacía la ventana y veía los jazmines secos a contra luz, pasaba tanto tiempo encerrada en ese cuarto que no sentía el olor fétido que vivía con ella ahí.
Mientras permanecía inmóvil pensaba que la relación que había terminado se parecía a mucho al contenido de ese florero.
Porque a casi todas las chicas les gustan los jazmines, así como también les gusta estar enamoradas. Les gusta que les regalen flores, así como cuando una persona les regala de su tiempo, de su compañía.
El gesto del regalo, es algo exclusivo, solo para ellas. Un acto voluntario de otra persona hacia ellas que les da algo que aprecian. Quizás como el regalo de un novio, los gestos, los mimos, las caricias, las miradas, los besos. Los regalos hacen sentir bien.
Pero, poco a poco, como son los ciclos de la vida, cuando nace algo, por lógica, eso también debe morir en algún momento.
Las flores sobreviven poco en el agua. Es solo cuestión de tiempo para que se vayan marchitando, como lo hace también el cariño. Los “te quiero” van menguando en su intensidad y en su intencionalidad.
Se marchitan y se ven pudriendo, un proceso natural. Cuando se van descomponiendo, despiden ese olor tan característico de los jazmines cuando pierden su gracia. Lo mismo es con dos personas cuya relación se desgasta, de a poco va saliendo lo peor de cada uno de ellos, contaminando el aire, hasta que no se puede respirar cerca del otro.
Hasta que se secan por completo y los pétalos que una vez fueron blancos, luego marrones, después se oscurecen aún un poco más. Dejan de despedir olor feo.
Eso pensaba de los jazmines secos, que, en algún momento de la vida, las mujeres los reciben de regalo, y después los ven marchitarse, morirse. Pero ella estaba cansada de las relaciones de jazmines.
De a poco las estrellas se mostraban en el cielo, ella abandonó la posición fetal para estirarse un poco. Después se tapó para dormir y soñar, porque aún con todo ese desanimo, quería soñar con encontrar un amor.
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