sábado, 3 de julio de 2010

Por seguir un impulso

Faltaban un par de cuadras para llegar, puso el guiño del auto y se fue arrimado a la mano derecha.
Todos en el auto estaban en silencio.
Estacionó el auto en la vereda de enfrente, paró el motor pero nadie se movió.
Miró por el espejo retrovisor a los pasajeros en el asiento de atrás, hizo una leve seña con la cabeza y decidieron bajarse. Primero miraron el tránsito para estar seguros, abrieron todos juntos las puertas y bajaron. Parados en línea de cuarto esperaban para cruzar.
En ese momento fue cuando la vio salir.
Ella cruzó la calle rápidamente sin mirar el transito, caminó un poco y se sentó en un banco de la plaza.
Los demás cruzaron, él no. Se quedó asombrado con esa escena. Hizo una seña como que iba a comprar puchos y se quedó ahí. Lo miraron desde la puerta sin decir nada y entraron.
Se hizo el distraído, caminó hacia el kiosco de la esquina, compró cigarrillos y volvió caminando despacio a la plaza.
La buscó con la vista, la encontró sentada en una de las diagonales que van al centro de la plaza. Se acercó, pidió permiso y se sentó.
Le llamaba la atención su pelo negro y su piel pálida, que hacían resaltar sus ojos azabaches.
Quitó el celofán de paquete, lo golpeó levemente contra la palma de la mano, sacó uno y le ofreció.
- No gracias, eso mata. – dijo ella.-
Sin hacer caso a la advertencia, sostuvo el pucho con los labios, buscó el encendedor y lo prendió.
Pensó que le iba a costar sacarle palabras a la morocha. Pero no fue así, a pasar que el humo le molestaba, todo resultó en una charla muy amena.
Ella tenía aspecto triste, así que él recurrió a todo su repertorio de chistes y comentarios graciosos.
Charlaron de sus vidas como si fueran viejos conocidos. En comentarios jocosos revisaron sus infancias con anécdotas. No faltaron miradas cómplices, ni cosas de ese estilo, del suave coqueteo de los desconocidos.
Después de un rato ella dijo que tenía frio, que iba a entrar. Pero antes de levantarse del banco le preguntó:
- ¿Vos porqué viniste?
- Vine acompañando a mi mejor amiga.
- ¿Sí? ¿Quién es?
- Belén
- Ah sí, la conozco. Linda chica, es mi prima.
Después de un corto silencio. Los dos se levantaron y cruzaron la calle.
Él le dijo que terminaba el pucho y entraba. Ella asintió con la cabeza y siguió caminando.
Pisó la colilla, dio media vuelta y entró. Caminando entre gente que no conocía, buscó a su grupo de amigos.
Algunos tomaban gaseosa, pero el olor a café dominaba el ambiente.
Los vio en el centro, sutilmente se fue acercando. Llegó a donde estaban, la tía de su mejor amiga estaba sentada al lado de ellos, lo presentaron y presentó sus respetos.
Belén lo llevó tomado del brazo, le dijo que había tardado mucho fumando, que eso mataba, que lo dejara.
Caminaron unos pasos, hasta donde estaba Agustina, la prima de Belén. Él no la conocía, o eso pensaba, hasta que la volvió ahí, acostada y con los ojos cerrados.
Poco pudo disimular el susto. Se quedó callado. Y salió a fumar de nuevo.
No podía creer que había estado hablando con la misma del cajón. No entendía nada.
Las manos las tenía frías, se apuró a buscar el encendedor para cambiar de aire y calmarse.
Pensaba y pensaba, como fue que por seguir un impulso, terminó hablando con un difunto.

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