sábado, 31 de julio de 2010

El último espontaneo

Adiós al último espontaneo. Así tituló un diario. Una multitud lo había despedido en el campo santo. Su partida había sido natural. Y sin anuncios, fiel a su estilo. En realidad el único que sabía que se estaba muriendo era su médico, quien supo guardar el secreto hasta de sus familiares más íntimos. Él lo había querido así.
Justamente, pudo alcanzar la fama, cuando se descubrió que era un espontaneo genuino. Después de varios estudios, los científicos había determinado que era una persona totalmente espontanea. Contrario a todo el comportamiento de la sociedad. No existían individuos así. Todos llevaban una vida estructurada y finamente planificada, primero por sus padres y luego por ellos mismo. Nada debía escapar a su control.
En una sociedad tan perfecta, alguien así, no era bien visto. Por ser diferente.
Pero supo aprovechar bien su virtud, al dedicarse al arte. Dotado para la música y la pintura, también había incursionado en el teatro y en la escritura.
En tanto a la música y la pintura, sus primeros amores, venían de familia, los colores corrían por sus venas. Se lo comparaba con Picasso, porque sus periodos estaban asociados también a los colores.
Con el piano era capaz de las más brillantes improvisaciones, y fusiones de géneros. Los demás músicos decían que era terriblemente complicado tocar con él, pero a la vez era un deleite escucharlo.
El teatro había ocupado el centro de su etapa de madurez. Desemboco en dicho arte de casualidad, como debía ser en su vida. Sin pretender y sin buscarlo.
Memorizaba los guiones como pocos, pero no se destacaba por repetirlos al pie de la letra. Sino por su capacidad de sentir el momento en el que actuaba como único. Ninguna de sus actuaciones era igual a la anterior o parecida, pero trasmitía lo que el personaje le demandaba casi a la perfección.
La última etapa da su vida estuvo íntimamente ligada a la escritura. Sus libros de poemas en prosa fueron los más vendidos en el año de su lanzamiento, hasta llegar a una tercera edición agotada.
Escribía lo que sentía en el momento.
Tal vez para los más entendidos eso no era algo muy ortodoxo, pero era un imán para el común denominador que gustaba de leer esa clase de literatura.
Crítico acérrimo de las escuelas de teatro de improvisación, se había ganado algunos enemigos por declaraciones de esa índole.
Los que lo conocían de años, decían de él que era una persona que no tenía miedo a mostrarse tal cual era, que vivía sus pasiones al máximo. Siempre dispuesto a ayudar, presto a colaborar en empresas ajenas.
Los más ancianos, decían que así se hacían las cosas antes de la tecnología, la que mejoraba la calidad de vida, pero privaba al hombre de elegir por sus gustos, y lo obligaba a elegir por las conveniencias.
Si bien, la nota que había sido publicada en aquel diario, correspondía a los cánones del mismo, tenía un breve fragmento que lo decía todo: “la última persona que sabía ser el mismo, se fue sin dejar otra enseñanza que su ejemplo; ¿cómo ser espontaneo? Solo él lo sabía. Y, creo que si le hiciéramos esa misma pregunta, seguramente nos diría que no conoce la respuesta, pero que con ser uno mismo alcanza… hoy nadie es uno mismo, es el reflejo de alguien más, un estándar, un estereotipo, todos quieren ser el que tiene éxito, no tener el éxito de ser uno mismo”.

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