Ya estaba rendido. Con sus últimas fuerzas se arrastró hasta la sombra del árbol. El único árbol.
Cerró los ojos y se quedó inmóvil. Sentía el cansancio de todo un viaje, de toda su vida.
Respiraba con mucha dificultad. Casi prefería no hacerlo. No quería morir, pero las luces se apagaban. Las sombras cada vez con más presencia.
Mientras tenía cerrados los ojos, toda su travesía le venía en imágenes a la mente.
El puerto, del que hacía muchos años había salido.
Esa imagen del sol poniéndose en tierra, y él en el mar, con el viento a sus espaldas, llevándose la nave lejos del muelle.
Las noches en altamar, con un firmamento plagado de estrellas como nunca antes había visto.
Las islas, ancladas en el medio de la nada, parecían un montículo verde desde lejos, en contraste con el cielo celeste y el azul del agua.
Las tormentas de viento y lluvia, con olas cargadas de furia contra el barco, como sí éste fuera un intruso en territorio oceánico.
Las aves del mar volando muy cerca de las velas del barco.
El desembarco del otro lado del mundo había sido fantástico, colores de verde que nunca había visto; pájaros que no conocía; gente que hablaba en otras lenguas; un clima totalmente distinto al de su patria.
Adentrarse en la selva, luego en la llanura. Galopar por prados irregulares, con el viento que peinaba los pastizales. Las noches en el campo, los sonidos del campo cuando se ven las estrellas.
La lluvia y el olor a tierra mojada. Jornadas interminables bajo garuas molestas, frías, de esas tardes que hacen extrañar el hogar.
Por último el desierto. La aridez y la sequedad. Días calurosos y noches heladas, vientos que desmayan, un calor que ciega. La falta de agua, el delirio de los oasis. El horizonte que nunca llega.
Hacía dos días que su caballo dormía en la arena. Él siguió caminando como pudo, con la última provisión de agua que le quedaba.
Más de doce años habían pasado desde que vio alejarse aquel puerto en el horizonte. Se arrepentía de haber dejado todo, ahora que no tenía nada.
Veinte años atrás, escuchó de un viejo la historia de un árbol, cuyo fruto, concedía la vida eterna al que lo comía. El viejo afirmaba haberlo comido, decía tener más de doscientos años, pero nadie en la villa podía afirmarlo.
Siempre sentado en la misma silla, contaba la misma historia al que tuviera tiempo de escucharlo. Describía con lujo de detalles todo el recorrido que una vez había hecho. Pero nadie le creía.
El viajero siguió al pie de la letra el camino descripto por el viejo. Cada lugar, cada detalle, como un mapa en su imaginación.
Todo esto con el único sueño de ser inmortal, y volver a su puerto diciéndoles que lo había encontrado. Que no estaba loco por hacerle caso al viejo, que los equivocados eran los demás.
Pero ahora todo llegaba a su fin. Todo era cierto, las descripciones del viejo concordaban con los paisajes que había visto, hasta el mismo árbol. Él estaba tirado bajo la sombra de ese mismo árbol.
Con lo poco de fuerza que le quedaba abrió los ojos para ver los frutos que colgaban de las ramas. Eran hermosos. Pero no tenía fuerzas para ir a buscarlos, el desierto consumió todas sus fuerzas.
Su salvación estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Que irónico, pensó, morir a la sombra del árbol de la vida eterna. Lo que más se reprochaba era todo el tiempo del viaje que había estado solo, lejos de su casa, lejos de sus amigos, lejos de lo que quería, todo por buscar algo para él solo, su egoísmo lo había dejado solo.
Volvió a cerrar los ojos, mientras veía las caras de sus afectos, les pidió perdón. Y se dejó llevar por la sed de su alma. Esa sed que no puede ser saciada de este lado del rio.
Cerró los ojos y se quedó inmóvil. Sentía el cansancio de todo un viaje, de toda su vida.
Respiraba con mucha dificultad. Casi prefería no hacerlo. No quería morir, pero las luces se apagaban. Las sombras cada vez con más presencia.
Mientras tenía cerrados los ojos, toda su travesía le venía en imágenes a la mente.
El puerto, del que hacía muchos años había salido.
Esa imagen del sol poniéndose en tierra, y él en el mar, con el viento a sus espaldas, llevándose la nave lejos del muelle.
Las noches en altamar, con un firmamento plagado de estrellas como nunca antes había visto.
Las islas, ancladas en el medio de la nada, parecían un montículo verde desde lejos, en contraste con el cielo celeste y el azul del agua.
Las tormentas de viento y lluvia, con olas cargadas de furia contra el barco, como sí éste fuera un intruso en territorio oceánico.
Las aves del mar volando muy cerca de las velas del barco.
El desembarco del otro lado del mundo había sido fantástico, colores de verde que nunca había visto; pájaros que no conocía; gente que hablaba en otras lenguas; un clima totalmente distinto al de su patria.
Adentrarse en la selva, luego en la llanura. Galopar por prados irregulares, con el viento que peinaba los pastizales. Las noches en el campo, los sonidos del campo cuando se ven las estrellas.
La lluvia y el olor a tierra mojada. Jornadas interminables bajo garuas molestas, frías, de esas tardes que hacen extrañar el hogar.
Por último el desierto. La aridez y la sequedad. Días calurosos y noches heladas, vientos que desmayan, un calor que ciega. La falta de agua, el delirio de los oasis. El horizonte que nunca llega.
Hacía dos días que su caballo dormía en la arena. Él siguió caminando como pudo, con la última provisión de agua que le quedaba.
Más de doce años habían pasado desde que vio alejarse aquel puerto en el horizonte. Se arrepentía de haber dejado todo, ahora que no tenía nada.
Veinte años atrás, escuchó de un viejo la historia de un árbol, cuyo fruto, concedía la vida eterna al que lo comía. El viejo afirmaba haberlo comido, decía tener más de doscientos años, pero nadie en la villa podía afirmarlo.
Siempre sentado en la misma silla, contaba la misma historia al que tuviera tiempo de escucharlo. Describía con lujo de detalles todo el recorrido que una vez había hecho. Pero nadie le creía.
El viajero siguió al pie de la letra el camino descripto por el viejo. Cada lugar, cada detalle, como un mapa en su imaginación.
Todo esto con el único sueño de ser inmortal, y volver a su puerto diciéndoles que lo había encontrado. Que no estaba loco por hacerle caso al viejo, que los equivocados eran los demás.
Pero ahora todo llegaba a su fin. Todo era cierto, las descripciones del viejo concordaban con los paisajes que había visto, hasta el mismo árbol. Él estaba tirado bajo la sombra de ese mismo árbol.
Con lo poco de fuerza que le quedaba abrió los ojos para ver los frutos que colgaban de las ramas. Eran hermosos. Pero no tenía fuerzas para ir a buscarlos, el desierto consumió todas sus fuerzas.
Su salvación estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Que irónico, pensó, morir a la sombra del árbol de la vida eterna. Lo que más se reprochaba era todo el tiempo del viaje que había estado solo, lejos de su casa, lejos de sus amigos, lejos de lo que quería, todo por buscar algo para él solo, su egoísmo lo había dejado solo.
Volvió a cerrar los ojos, mientras veía las caras de sus afectos, les pidió perdón. Y se dejó llevar por la sed de su alma. Esa sed que no puede ser saciada de este lado del rio.
Muy bueno!! Salen de la galera o lo tomas de algo/Alguien...? No leí todavia el resto ya lo haré con tiempo, por lo pronto ya me hice seguidora y seguiré visitando. Beso enorme, que tengas un día perfecto!
ResponderEliminarGracias, salen de la libretita que llevo a casi todos lados.
ResponderEliminarPasé por el tuyo, me gusta es un recorrido bastante visual, eso esta bueno.
Vos igual, que tengas un hermoso día, un abrazo