viernes, 4 de junio de 2010

Del otro lado del sol, del otro lado de la luna.

De esta historia solo los más antiguos de los astros tienen memoria.
El, distante, ella, girando sobre si misma. Hasta que se vieron por primera vez. De tantas veces de girar y cruzarse, comenzaron a jugar a seducirse, seduciéndose.
Sus luces antagónicas le daban la razón al dicho: “los opuestos se atraen”.
Tanto se buscaron que encontrarse no fue una opción, sino la conclusión de lo que había sido una ilusión, la ilusión de abrazar al otro.
Se conocieron. Se fundieron en su propio crisol bajo su propia llama. Lo mejor y lo peor de ellos se purifico en ese fuego para volcarse en un molde con forma de eternidad, con una porción de la identidad de cada uno.
De la misma manera que nadie supo por que se llegaron, así también se dispersaron. Nadie preguntó.
Ahora, siguen interactuando en el basto vacío que existe entre ellos. Su único vínculo nació en aquella ocasión. Les alcanzo con una sola vez en la eternidad, para vivir eternamente solos.
Su crianza es su nexo. Y testimonio vivo de que alguna vez estuvieron juntos.
Muy distinto de ellos, idéntico en forma, pero no en esencia, el fruto de ambos carece de luz propia, por eso los necesita. A él de día para que sustente con su luz la vida que en el hay; y a élla en sus noche para guiar la marea de los mares y arropar a las criaturas que el alberga.
Desde aquel entonces la luna no tuvo más luz, su vigor de madre lo puso en su crianza. No brilla por si misma, refleja la luz del que alguna vez fuera uno con ella. No lo hace por él, no lo hace para ella, lo hace por que es lo que tiene que hacer.
El sol volvió a su lugar, para nunca más moverse, nunca más jugar como cuando era joven. En su propio centro sin girar mira fijo a lo lejos el destino de su cariño, que cada amanecer acaricia sutilmente, para hacerle sentir que esta presente.
Así todo esta frágilmente equilibrado, la calidez y el cuidado son un deber que poco tiene que ver con el amor para estos dos.
Nunca volvieron a hablarse, nunca volvieron a mirarse. Es hasta hoy, que su actitud de disimulo hace que los astros más jóvenes no crean esta historia.
Los habitantes más antiguos de la nada no juzgan, son solo testigos de la angustia de terceros.
Por eso, cada vez que nace alguna estrella, le cuentan esta historia.
Donde el amor no triunfa, porque los corazones solitarios no saben reconocer ni entender el cariño, y por eso vuelven a estar solos como estuvieron al principio.
Porque es el orgullo de la luz propia lo que ciega para poder amar a otros.
Que la luz propia se pierde cuando se ama a la persona incorrecta.
Y que las consecuencias de nuestras decisiones nos acompañan por siempre.
La historia del otro lado del sol, del otro lado de la luna.

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