domingo, 30 de mayo de 2010

Los dos inmortales

Después de medio día, después de haber comido, los dos inmortales se sentaron a la sombra de una hilera de pinos.
Vivian en una montaña. En la cara noreste de la misma, eran los primeros en ver la luz de la mañana. Hacia ya centurias que no bajaban al llano. Y habían pasado unos catorce años desde la última persona que los había visitado.
No eran de pelearse estos dos hermanos. El recuerdo que ambos tenían del último pleito, les hizo vivir seis años en silencio. Así y todo, esa no fue la discusión más fuerte entre ellos. En una ocasión estuvieron casi cuarenta años sin dirigirse palabra. Pero ninguno hablaba de aquella situación ni mucho menos tocaba el tema.
Ese día, el viento que acariciaba los árboles de la montaña tenia perfume de discordia.
Sentados ahí, charlaban en el preludio de la siesta, recordaban juntos situaciones y analizaban las acciones de los hombres.
Todo seguía su curso en la charla hasta que una pregunta corroboró los rumores del viento ¿alguna vez amaste a una mujer? Un silencio sereno abrazaba todo el lugar haciendo bailar suavemente las hojas de los árboles.
Unos minutos después el otro contesto: ¿Por qué me preguntas eso? La última vez que preguntaste lo mismo no hablamos por muchos años.
-¿Y por qué me seguís hablando? ¿Acaso no estas enojado por la pregunta ahora también?
- Me molesta que después de tanto silencio vuelvas a preguntar lo mismo. ¿Los años no te han dejado enseñanza alguna? Hemos visto a los hombres tantos siglos ¿y nada te han enseñado sus vidas? Dicen que la sabiduría llega con los años, creo que tal vez estoy al lado del único inmortal que es inmune a la enseñanza del tiempo.
- Por favor no te enojes. No insultes, y no me trates de necio. Solo contesta la pregunta.
- No se que es el amor. Si conocí mujeres, hasta viví con una.
- O sea, que a pesar de estar y vivir con una mujer ¿nunca la amaste?
- No.
- Y después el necio soy yo.
- Ves, por eso no quería contestar.
- Bueno, perdón. No quiero que dejes de hablar otros cuarenta años.
Si bien nosotros tenemos alma y espíritu igual que todos los demás, el precio que pagamos por la inmortalidad no es algo que todos puedan hacerlo.
- Si, es muy cierto eso. Nada se compara con ser inmortal. Cuando veo hacia abajo, y veo a todos los hombres ser gobernados por sus corazones, me doy cuanta que el motor del hombre solo funciona con dos combustibles: el amor y el odio.
Todo lo que sienten y viven es consecuencia del combustible que usan. Alegrías, amarguras; felicidad, tristeza; confianza, desesperanza; paz, ira; todo eso y más sale de sus corazones, eso ilumina o contamina sus días. Pero el resultado de vivir así siempre es el mismo; el hombre que usa el corazón vive una vida miserable.
- Yo no he amado nunca, pero tampoco caminé el camino del odio. Tus palabras están cargadas de eso creo.
- No, nunca transité el camino de los sentimientos. Pero aun hay algo que me llama mas la atención de la vida de los hombres y las mujeres allá abajo.
- ¿Qué es? ¿Qué te puede llamar más la atención del amor? Si nunca lo viviste.
- Hace algunos años, cuando visité el pueblo del pie de la montaña escuche a un hombre decir lo siguiente: “Amo a mi mujer, ni la vida ni la muerte va a apagar el amor que siento por ella. En esta vida y el la otra seguiremos juntos. Porque el amor se impone a la voluntad de los dioses…” Así continuó con sus zalamerías amorosas de una mujer ausente. Pero lo decía tan convencido que me llamo profundamente la atención, y me ha hecho meditar durante algunos años.
- No entiendo. ¿Qué es lo que te hace meditar?
- ¿Si existe el amor después de la muerte? Eso. Llevo miles de días viendo como los hombres juran amor u después rompen su juramento. He visto miles de noches donde se consuma el amor y cuando sale el sol se desvanece como la neblina del invierno. Sin embargo, una minoría de los hombres se muere al lado de su mujer, o su mujer muere primero, y ahí escuche la segunda frase: “no reencontremos cuando muera”.
¿Es eso posible, encontrarse con alguien que ya murió?
Su compañero se quedó inmóvil durante un momento, y luego perdió la vista en el suelo.
- No lo se. Contesto tajante mientras sostenía la cabeza entre sus manos. Y continuó. Todos estos años que llevo en esta tierra, en esta montaña, nunca pensé en el amor, mucho menos en ningún sentimiento
- Yo tampoco, hasta que escuché a ese hombre. Y me fascinó la idea de que algo aparte de nosotros pudiera vencer a la muerte.
- Son dos cosas que nunca experimenté, ni el amor ni la muerte.
- Yo tampoco. ¿Pero no te resulta interesante esto?
- No, la verdad que no. Ni antes ni ahora. Tengo muy en claro y presente el trato que hice con los dioses, que si quería vivir por siempre no debía usar el corazón. No podía amar, ni sentir, ni experimentar nada de emociones. Que si alguna vez permitía a mi corazón odiar o amar la inmortalidad se desvanecería. A cambio ellos me permitirían alcanzar una sabiduría plena y…
- A mi también me dijeron lo mismo. Interrumpió. Pero a pesar de ver siglos y siglos la vida de los hombres no me considero más sabio que antes de ser inmortal. Me considero más aburrido. Lo único interesante de mi vida es no morir. Pero tampoco vivir. De que sirve vivir por siempre…
- ¿Y para qué sirve sentir? Interrumpió el otro. Cada vez que los hombres usan su corazón desgastan su vida, pierden tiempo y esfuerzo en cosas que los dañan, en gente que los daña. Eso de nada sirve. Si vivir por siempre es dejar de usar el corazón, dejar de usar el corazón es sabio. No seas iluso, no seas necio, vivimos por siempre, que nos importa el amor.
- Entonces prefiero ser un necio, un necio feliz, y no un inmortal sin amor.
Contesto casi sin pensar.
Primero un suspiro, luego una pausa, por ultimo el mismo silencio que hacia cuarenta años los había visitado.
Airado por la respuesta de su compañero, se levantó y se dirigía a la casa cuando escuchó su vos otra vez.
- Este necio puede vivir con tu silencio. Pero este necio no puede seguir viviendo sin conocer el amor. Prefiero morir intentando amar a la vida mas larga de todas sin vivir por amor.
Después de decir eso, comenzó su descenso de la montaña, hacia una muerte segura, ya había tomado la decisión. Pero no temía por la muerte de su cuerpo, no temía de ninguna muerte. Su paso era firme y decidido, quería encontrar el amor, para volver a ser inmortal no con su corazón, esta vez en el corazón de otro ser.

No hay comentarios:

Publicar un comentario