domingo, 23 de mayo de 2010

Sol de otoño.

Nací con el sol de otoño. Diferente de todos los soles del año.
El de verano abusa de su fuerza, de su luz y de su calor, éste quema. Mira los cuerpos con tanta intensidad que suele dejar más de una marca en ellos. Pareciera no descansar, no dormir, siempre estar vigilando los pasos de los vivos.
En invierno descubrimos su pereza, se levanta tarde como quien no duerme en muchos días, y pronto se hunde en el ocaso como aquel que se acuesta cansado después de una laboriosa jornada. Pero su luz es débil, esquiva, y su calor a penas se siente en la piel, como la mirada de aquel que mira sin mirar.
La primavera trae consigo el cambio de la luz, y con ella el cambio de ánimo. Pero las lluvias opacan la luz de sus mañanas y tardes. Su crecimiento es gradual, desde la mañana hasta la tarde. Al principio ilumina pero no da calor. Ese es su primer paso para salir del invierno. Su luz llega primero y su calor después.
Sin embargo el sol que me vio nacer es distinto, este es brillante. Las mejores vistas las da el sol de otoño. Su calor no es intenso, es lo justo y necesario, no quema, no teme abrigar con su brillo. Sus jornadas no duran más de la cuenta.
Desde que sale hasta que se pone ve caer a tierra el vestido de los árboles, hasta que estos quedan desprovistos de la protección de sus pequeños escudos verdes, luego amarillos y marrones descienden de la altura de la copa para crujir en el suelo bajo los pies del caminante.
Desviste sus ramas y a nosotros nos obliga a vestir nuestros cuellos.
Comparado con los demás soles del año, no le sobra nada, pero tampoco le falta. Candidez, brillo distinguen sus días de los demás soles.
Su participación en el año dura lo mismo que la de sus tocayos de luz y calor.
Quizás no tenga nada de especial éste a comparación de los otros.
Así como los soles, los que caminamos debajo de ellos, somos todos distintos, cada cual ilumina con la luz que posee, brinda candidez hasta donde sus sentimientos le permites y abriga con la mirada según su carácter y su personalidad. Iguales, parecidos o distintos, todos somos y por eso debemos ser.
Cada uno en su propia estación, y desde ahí regalar a los demás algo de nosotros, de la misma manera y forma en que el círculo dorado anclado en el firmamento hace con nosotros.
Algo que los une a estos cuatro es que nadie puede verlos de frente, por que su brillo ciega, o tal vez tengan vergüenza de que los vean tal cual son, y se descubra que detrás de toda esa luz son todos iguales.

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