sábado, 29 de mayo de 2010

Brújula de los sentimientos

…“conservar la distancia; renunciar a lo natural; y dejar que el agua corra”…
Agua. Jarabe de palo.


La noche ya había terminado, pero el cansancio no se presentaba. De todas formas se acostó.
Entre ojos abiertos y sombras se quedo pensando.
Pensó en todo lo que hizo esa tarde y parte de la noche. Caminó por calles que tenían el cielo encerrado por hojas, de veredas con lugar solo para conductor y acompañante.
Se sentó en bancos de plaza. Tomó café en un lugar bonito. Siguió caminando hasta que la hora de la cena llegó, se presento con un suave llamado a su estomago.
Sin embargo, no era todo eso lo que le hacia pensar, si se lo proponía podía volver sobre sus pasos con mágica exactitud, al momento de ver con los ojos del pasado cada detalle.
Era lo otro, lo que ahuyentaba el sueño.
Desde que se acostó, no se había movido. Quedó boca arriba con los brazos cruzados sobre el pecho. La luz de la calle se filtraba por las tiras horizontales de la persiana haciendo que la pared se vea como una escalerilla alargada de peldaños angostos.
Lo único que desentonaba cada tanto era el ladrido del perro del vecino.
Adentro tenia todo un desfile de pensamientos y sentimientos que caminaba en círculos, cada cual con su propio argumento como bandera, daban vueltas alrededor de su cabeza.
¿Por qué? Dijo para si. ¿Por qué posó? ¿Cómo pasó? ¿En qué momento?
Sin hacer otro esfuerzo que respirar, revolvía incansablemente sus pensamientos para encontrar respuesta. ¿Por qué hubo una primera salida?
Sí, bueno, la respuesta a esa pregunta se la sabía. Todo comenzó hace ya meses, desde que pasaban más tiempo juntos, se dijo a sí mismo, era como que se veía venir. Cuando estas con alguien que comparten una amistad, es lógico llevarse bien.
En la amistad existe el cariño, lo se, ¿Pero no se si la amistad da para más? Le decía la vos de su conciencia, mientras razonaba la circunstancia.
No quiero confundirme. Susurro casi sin mover los labios. Y se rió en de nervios.
Era tarde para eso, la confusión ya estaba levantando campamento en su mente.
Era una amistad, no otra cosa.
Pero en el momento que decidieron salir para conocerse ese instante los hizo mirarse distintos. Cuando lo charlaron y se miraron a los ojos fue un instante eterno, porque la eternidad cabe en un instante, en la mente el tiempo se detiene. Por su cabeza pasaron toda clase de pensamientos, en ese cruce de miradas antes de terminar la charla vio: un abrazo, un beso, caminar de la mano, vagas proyecciones del futuro, noviazgo y demás cosas, que teóricamente, desembocan en una relación a largo plazo.
Y ese, como todo instante, fue eterno, pasado presente y algo del futuro comparten silla en dichas fracciones de tiempo y espacio.
No hay brújula para los sentimientos. No hay certidumbre antes de los hechos.
Por eso necesitaba poner todas las cartas arriba de la mesa y leerlas uno, dos veces, hasta tres si era necesario, para saber que pasaba, para saber que le pasa adentro.
Era lógico que le gustara, una persona tan bien fabricada por la naturaleza no era cosa de todos los días.
Se llevaban bien, se entendían, tenían más que solo buena comunicación.
Era eso, o quizás se había acostumbrado a pasar tiempo, a conocer de tal manera su conducta que no le encontraba errores.
Pero, después de buscar y buscar en su interior, descubrió que el otro corazón no era donde quería poner la semilla del suyo. El otro corazón no era la tierra que quería cultivar el resto de sus días.
No tenía miedo a equivocarse. No tenía miedo a que ambos salieran lastimados. No era nada de eso. Faltaba la convicción interna que empuja al corazón a actuar. No había amor.
Prefiero quedarme con la salida como un error de dos personas, antes que con dos personas que no pueden salir del error.
Esos son los pasos al costado, las distancias del cariño, del respeto. Porque quien respeta no es cobarde. Es el doble de valiente que el que se atreve, porque se atreve a no hacerlo.
Todo esto y los ojos ya se le caían, ya no importaba que el perro interrumpiera su silencio. Las luces y sombras dibujadas en la pared de la pieza parecían una partitura, llena de pentagramas y notas, de una de esas canciones que cantan las madres para ir a dormir.
Se dormía, pero no dejaba de pensar.
Su corazón le decía: busca a alguien capaz de amar a un ser imperfecto; no busques una amistad que pretenda durar toda la vida.



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