Cuando uno es chico, algunas de las mejores cosas pasan cuando nadie nos ve.
No se, en este momento podría recordar situaciones en las que nadie me voy, las cosas me salieron bien y me sentí un héroe.
Y ahí te das cuenta que podes hacer cosas solo. De esos actos sin testigos está llena la vida.
Después con el paso de los años, cuando crecemos, de alguna manera empezamos a entender lo que los mas grandes que nosotros decían cuando disfrutaban de la soledad. Con los años también nos pasan cosas buenas estando solos.
El tiempo se encarga de guardar, según la voluntad de cada uno, aquellos momentos. Cada tanto la memoria nos tiende una trampa haciendo recordar situaciones que cuando nos tocó vivirlas, tuvieron saber a mate sin azúcar. Es en esos casos en los cuales estar solo ayuda a ver las cosas más claras, de todas formas, cada quien sabe que situación realmente no fue dulce en la boca.
Volviendo a los momentos sin testigos, cuando conseguimos algo solos, se siente un grado de superación de uno mismo. Que en realidad no es tal, solo un pequeño triunfo de una pequeña voluntad en el mundo. La nuestra.
Es en ese momento en el que vencemos miedos.
Los que pisan las baldosas de la soledad, acostumbran a llenar sus bolsillos de esos pequeños triunfos de si mismos.
Descubrimos que dejamos las sendas de la infancia cuando aprendemos a hacer cosas por nuestra cuenta. Los niños no deben estar solo, sino estarían sin protección y cuidado. Pero de los adultos podemos decir que no es bueno que estén solos.
Ni hombres ni mujeres saben estar solos, pero aprenden. El tiempo es un excelente maestro para estas cosas. Y con el correr de las lecciones, hasta el mate se acostumbra a no dejar nuestros dedos después de cada cebada.
Como todo maestro, no siempre cuenta con buenos alumnos, algunos tardan mas que otros, también están los que nunca aprenden.
Es por eso que a este maestro se lo vincula con la madre de las curas, la soledad. No aceptar su enseñanza, transforma al pupilo rebelde en la persona más desdichada de todas, la que no puede estar acompañada. Porque no aprende el valor de las personas, el del tiempo y la importancia de actuar en el momento correcto.
Los dóciles a la química del tiempo y la soledad, embadurnan sus penas con buen bálsamo.
La soledad no es un refugio, y el tiempo no es un espacio. Son lo que quieren decir.
Estos dos cuando se conjugan en la vida de la gente, y les permiten trabajar, actúan como una sociedad, no se superponen, pero trabajan a la par. Tienen bien en claro que el objetivo de su labor no es alcanzar rápido su objetivo, sino llegar lo más lejos posible con él.
Su relación es como la de un matrimonio exitoso, consiguen lo que se proponen. Y el fruto de su esfuerzo son hijos fuertes. Personas capaces de ver al tiempo como un amigo, y a la soledad no como una enemiga.
No se, en este momento podría recordar situaciones en las que nadie me voy, las cosas me salieron bien y me sentí un héroe.
Y ahí te das cuenta que podes hacer cosas solo. De esos actos sin testigos está llena la vida.
Después con el paso de los años, cuando crecemos, de alguna manera empezamos a entender lo que los mas grandes que nosotros decían cuando disfrutaban de la soledad. Con los años también nos pasan cosas buenas estando solos.
El tiempo se encarga de guardar, según la voluntad de cada uno, aquellos momentos. Cada tanto la memoria nos tiende una trampa haciendo recordar situaciones que cuando nos tocó vivirlas, tuvieron saber a mate sin azúcar. Es en esos casos en los cuales estar solo ayuda a ver las cosas más claras, de todas formas, cada quien sabe que situación realmente no fue dulce en la boca.
Volviendo a los momentos sin testigos, cuando conseguimos algo solos, se siente un grado de superación de uno mismo. Que en realidad no es tal, solo un pequeño triunfo de una pequeña voluntad en el mundo. La nuestra.
Es en ese momento en el que vencemos miedos.
Los que pisan las baldosas de la soledad, acostumbran a llenar sus bolsillos de esos pequeños triunfos de si mismos.
Descubrimos que dejamos las sendas de la infancia cuando aprendemos a hacer cosas por nuestra cuenta. Los niños no deben estar solo, sino estarían sin protección y cuidado. Pero de los adultos podemos decir que no es bueno que estén solos.
Ni hombres ni mujeres saben estar solos, pero aprenden. El tiempo es un excelente maestro para estas cosas. Y con el correr de las lecciones, hasta el mate se acostumbra a no dejar nuestros dedos después de cada cebada.
Como todo maestro, no siempre cuenta con buenos alumnos, algunos tardan mas que otros, también están los que nunca aprenden.
Es por eso que a este maestro se lo vincula con la madre de las curas, la soledad. No aceptar su enseñanza, transforma al pupilo rebelde en la persona más desdichada de todas, la que no puede estar acompañada. Porque no aprende el valor de las personas, el del tiempo y la importancia de actuar en el momento correcto.
Los dóciles a la química del tiempo y la soledad, embadurnan sus penas con buen bálsamo.
La soledad no es un refugio, y el tiempo no es un espacio. Son lo que quieren decir.
Estos dos cuando se conjugan en la vida de la gente, y les permiten trabajar, actúan como una sociedad, no se superponen, pero trabajan a la par. Tienen bien en claro que el objetivo de su labor no es alcanzar rápido su objetivo, sino llegar lo más lejos posible con él.
Su relación es como la de un matrimonio exitoso, consiguen lo que se proponen. Y el fruto de su esfuerzo son hijos fuertes. Personas capaces de ver al tiempo como un amigo, y a la soledad no como una enemiga.
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