La difícil sensación de extrañar, sin destinatario. ¿Qué se extraña cuando no hay nadie para extrañar?
Días de soledad, mañanas de incertidumbre, tardes sin charlas, noches para estar ocupado en otras cosas, ajenas a uno mismo para no pensar.
El hábil engaño de los mismos sentimientos que están en disputa con la racionalidad de buscar la paz en la tranquilidad. Que no es lo mismo que la soledad.
La parte difícil, era, aparentemente, permanecer en silencio. Resulta fácil permanecer así para los demás, pero en el interior los intereses debaten sí es lo mejor.
La compañía cansa, la ausencia también.
Siempre hay un buen motivo para estar sin acompañantes, cuando estos son personas que hacen daño.
Pensamientos como estos eran los que Magdalena resucitaba cada vez que tenía que salir de su casa para ir a algún evento, en este caso un casamiento.
Cuando tenía que elegir que ponerse, lo hacía sin ganas, porque le faltaba un motivo, o alguien que motivara su buen vestir.
No por eso, iba mal vestida pero sí lo hacía a desgano.
Fruto de sus fracasos, miedos que fue juntando con los años, de experiencias propias y ajenas, le hacían pensar que las relaciones, las buenas la esquivaban.
Se sentía carente de fortuna para el amor. Muy distinto a su hermano y hermana mayor, quienes ya estaban casados, tenían hijos y aparentemente vivían felices. Con peleas como todo el mundo, pero al menos, tenían a alguien con quien pelear y amigarse. Eso era importante.
Sus padres llevaban treinta y seis años de matrimonio. No todo fue color de rosa, pero se tenían el uno al otro. Y así habían logrado pasar las peores crisis, desde las económicas hasta las emocionales.
Después de tanto tiempo juntos, ella los tenía como su ejemplo más fiel de lo que las relaciones debían ser.
Esta vez no había ido a la peluquería, decidió plancharse el pelo ella misma. No había excusa para eso, tenía el tiempo y el dinero. Tal vez la dejadez y el desgano le habían ganado, no por primera vez, pero sí para arreglarse.
Al menos se había comprado un vestido nuevo, tampoco era repetir vestido. Los zapatos tenían solamente dos posturas, casi nuevos.
Había comprado un vestido sencillo, color naranja clarito, le combinaba con la piel, ni muy pálida ni muy tostada. Una base liviana de maquillaje, que casi parecía al natural. No realzaba sus rasgos.
Ojos ámbar, manos delicadas, piernas delgadas y hombros pequeños. Así se describía ella.
Este, no era el primer evento sin acompañantes. Era el tercer casamiento que iba sola. Después de un par de años de salir con el primero que se lo proponía. Le pareció más acertado estar un tiempo en soledad. El problema era que se había acostumbrado a eso, a estar sola. Sufría menos, decía.
En el fondo, la soledad le era una carga, porque después de tanto tiempo sola, creía que no tenía nada para dar, nada que brindar a otros, que nadie disfrutaba de su compañía.
Ya estaba en la puerta, dispuesta a entrar. Cambió su cara, y a disimular una vez más una vida sin acompañantes.
Días de soledad, mañanas de incertidumbre, tardes sin charlas, noches para estar ocupado en otras cosas, ajenas a uno mismo para no pensar.
El hábil engaño de los mismos sentimientos que están en disputa con la racionalidad de buscar la paz en la tranquilidad. Que no es lo mismo que la soledad.
La parte difícil, era, aparentemente, permanecer en silencio. Resulta fácil permanecer así para los demás, pero en el interior los intereses debaten sí es lo mejor.
La compañía cansa, la ausencia también.
Siempre hay un buen motivo para estar sin acompañantes, cuando estos son personas que hacen daño.
Pensamientos como estos eran los que Magdalena resucitaba cada vez que tenía que salir de su casa para ir a algún evento, en este caso un casamiento.
Cuando tenía que elegir que ponerse, lo hacía sin ganas, porque le faltaba un motivo, o alguien que motivara su buen vestir.
No por eso, iba mal vestida pero sí lo hacía a desgano.
Fruto de sus fracasos, miedos que fue juntando con los años, de experiencias propias y ajenas, le hacían pensar que las relaciones, las buenas la esquivaban.
Se sentía carente de fortuna para el amor. Muy distinto a su hermano y hermana mayor, quienes ya estaban casados, tenían hijos y aparentemente vivían felices. Con peleas como todo el mundo, pero al menos, tenían a alguien con quien pelear y amigarse. Eso era importante.
Sus padres llevaban treinta y seis años de matrimonio. No todo fue color de rosa, pero se tenían el uno al otro. Y así habían logrado pasar las peores crisis, desde las económicas hasta las emocionales.
Después de tanto tiempo juntos, ella los tenía como su ejemplo más fiel de lo que las relaciones debían ser.
Esta vez no había ido a la peluquería, decidió plancharse el pelo ella misma. No había excusa para eso, tenía el tiempo y el dinero. Tal vez la dejadez y el desgano le habían ganado, no por primera vez, pero sí para arreglarse.
Al menos se había comprado un vestido nuevo, tampoco era repetir vestido. Los zapatos tenían solamente dos posturas, casi nuevos.
Había comprado un vestido sencillo, color naranja clarito, le combinaba con la piel, ni muy pálida ni muy tostada. Una base liviana de maquillaje, que casi parecía al natural. No realzaba sus rasgos.
Ojos ámbar, manos delicadas, piernas delgadas y hombros pequeños. Así se describía ella.
Este, no era el primer evento sin acompañantes. Era el tercer casamiento que iba sola. Después de un par de años de salir con el primero que se lo proponía. Le pareció más acertado estar un tiempo en soledad. El problema era que se había acostumbrado a eso, a estar sola. Sufría menos, decía.
En el fondo, la soledad le era una carga, porque después de tanto tiempo sola, creía que no tenía nada para dar, nada que brindar a otros, que nadie disfrutaba de su compañía.
Ya estaba en la puerta, dispuesta a entrar. Cambió su cara, y a disimular una vez más una vida sin acompañantes.
puf, gran tema este de extrañar!!!! Como anda usted Sr poeta?? beso grande!!!
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