En un parpadeo guardo para siempre la situación. Una calle regada de escombros, automóviles en llamas, los edificios de ambos lados tenían las ventanas rotas. En el fondo de la calle el humo impedía ver el horizonte.
Las llamas de los autos a lo largo de la calle simulaban un camino de antorchas.
Tenía que moverse rápido, escurrirse agachado, cargando una mochila con una credencial pegada en el bolsillo de atrás, y otra en el pecho, para evitar que lo confundieran.
Se escuchaban gritos de todas las edades que desgarraban el aire lleno de polvo de las explosiones.
Desde lo alto de las terrazas se asomaban las siluetas de personas armadas, ellos disparaban furiosas ráfagas a la gente que corría por las aceras.
Cuando el sol caía, las luces de las balas, los porteros y las explosiones iluminaban el oscuro cielo.
De noche los gritos se oían en menor cantidad, pero eran peores, se escuchaban tiros, alaridos y después gente llorar. Al otro día las noticias les ponían nombre a los gritos y los ubicaban en algún sector de la ciudad.
Lejos de su casa, de su esposa y de su hijo, los guardaba en al bolsillo izquierdo del pecho de su camisa.
Cuando se acostaba, podía ver cada una de las imágenes que retrataba con su cámara y el corazón le latía más rápido. Toda esa angustia y miseria que veía en las calles las tenía en su mente.
Podía ver los cadáveres tirados en los cordones de las veredas, los charcos de sangre que se secaban al sol. Personas con las caras llenas de polvo que corrían de las balas.
Te terror en primera persona en la cara de cada niño, de cada niña, de cada madre. La desesperanza de perder a alguien amado.
La imagen que derramaba lágrimas en su interior era la de dos niñas y un varoncito abrazando a sus padres muertos en el piso, al costado de un auto que ardía. Lloraban y gritaban, nadie podía hacer nada, desde donde estaba solo los veía y temía por sus vidas, pero no podía abandonar el refugio, la lluvia de balas era inmensa.
Se sentía desgarrado, como sí hubiera perdido algo también.
En ese momento, estalló un mortero cerca de donde estaba. El estallido le impedía escuchar. En ese momento las tres pequeñas personas lo miraban fijo, con el surco del agua de los ojos sobre sus mejillas llenas de polvo y sangre. Esos eran los ojos de la guerra, los que lloran a las personas que amaban.
Su alma se estrujaba de dolor y de impotencia. Que injusto, en las guerras muere mucha gente que no tenía que morir, pensó.
Poco después otro mortero silbó en el cielo. El humo llenó la calle, cerca de donde estaba cayeron escombros. Cuando el aire se limpió no volvió a ver a nadie en la calle, la explosión había borrado toda vida. Partes de lo que antes eran cuerpos, regados en el asfalto.
Gritó y lloró, maldijo, pero nada de eso cambiaba la realidad de la guerra.
Esos tres pares de ojos lo vigilaban por las noches, esa secuencia se reproducía siempre antes de dormirse.
Las llamas de los autos a lo largo de la calle simulaban un camino de antorchas.
Tenía que moverse rápido, escurrirse agachado, cargando una mochila con una credencial pegada en el bolsillo de atrás, y otra en el pecho, para evitar que lo confundieran.
Se escuchaban gritos de todas las edades que desgarraban el aire lleno de polvo de las explosiones.
Desde lo alto de las terrazas se asomaban las siluetas de personas armadas, ellos disparaban furiosas ráfagas a la gente que corría por las aceras.
Cuando el sol caía, las luces de las balas, los porteros y las explosiones iluminaban el oscuro cielo.
De noche los gritos se oían en menor cantidad, pero eran peores, se escuchaban tiros, alaridos y después gente llorar. Al otro día las noticias les ponían nombre a los gritos y los ubicaban en algún sector de la ciudad.
Lejos de su casa, de su esposa y de su hijo, los guardaba en al bolsillo izquierdo del pecho de su camisa.
Cuando se acostaba, podía ver cada una de las imágenes que retrataba con su cámara y el corazón le latía más rápido. Toda esa angustia y miseria que veía en las calles las tenía en su mente.
Podía ver los cadáveres tirados en los cordones de las veredas, los charcos de sangre que se secaban al sol. Personas con las caras llenas de polvo que corrían de las balas.
Te terror en primera persona en la cara de cada niño, de cada niña, de cada madre. La desesperanza de perder a alguien amado.
La imagen que derramaba lágrimas en su interior era la de dos niñas y un varoncito abrazando a sus padres muertos en el piso, al costado de un auto que ardía. Lloraban y gritaban, nadie podía hacer nada, desde donde estaba solo los veía y temía por sus vidas, pero no podía abandonar el refugio, la lluvia de balas era inmensa.
Se sentía desgarrado, como sí hubiera perdido algo también.
En ese momento, estalló un mortero cerca de donde estaba. El estallido le impedía escuchar. En ese momento las tres pequeñas personas lo miraban fijo, con el surco del agua de los ojos sobre sus mejillas llenas de polvo y sangre. Esos eran los ojos de la guerra, los que lloran a las personas que amaban.
Su alma se estrujaba de dolor y de impotencia. Que injusto, en las guerras muere mucha gente que no tenía que morir, pensó.
Poco después otro mortero silbó en el cielo. El humo llenó la calle, cerca de donde estaba cayeron escombros. Cuando el aire se limpió no volvió a ver a nadie en la calle, la explosión había borrado toda vida. Partes de lo que antes eran cuerpos, regados en el asfalto.
Gritó y lloró, maldijo, pero nada de eso cambiaba la realidad de la guerra.
Esos tres pares de ojos lo vigilaban por las noches, esa secuencia se reproducía siempre antes de dormirse.
Hola poeta, paso a saludarlo... ve, ve... lo que digo... Soldado, guerra... jajaja. Muy bueno como siempre, yo creo que usted deberia escribir un libro soldadito. abrazo grande
ResponderEliminarHola che, esta vez era un fotografo, pero me acordé de lo que me habias dicho...después que lo publique jajaja...
ResponderEliminarEstá en los planes, pero me falta, todavía estoy verde jeje. Un abrazo