Era una situación que ya no podía esconder, mucho menos evitar su desenlace.
Estaba solo en su casa, sentado a la mesa, tomando mate. Amargo y caliente, como le gustaba. La radio se escuchaba de fondo, pero había que hacer fuerza para escucharla. Necesitaba silencio, pero la soledad no le estaba haciendo bien.
Había descubierto que se podía estar solo a pesar de tener la compañía de alguien.
En una mano sostenía el mate mientras lo tomaba, con la otra jugaba con un llavero. Como un soldado en las trincheras juntando valor antes de ir al frente, se mentalizaba para la batalla que estaba por enfrentar.
Los minutos pasaban lentamente, todo pasaba lentamente. Hasta sus pensamientos, cada razonamiento tardaba más de lo normal en aclararse.
Todo su esfuerzo se concentraba en encontrar la forma de decir las cosas de tal manera que no lastimara.
Pensó en un simulacro de cuatro palabras: “Ya no te amo”. Pero eso sería un verdadero suicidio. Casi como inmolarse.
Tal vez, algo parecido a: “no siento lo mismo que antes, no te quiero mentir cada vez que te miro a los ojos, así que mejor terminemos, por el bien de los dos…” Esa le parecía la muy sincera, hasta correcta y justa con lo que pensaba y sentía.
A parte, tenía que sintetizar sus razones. No podía decir que realmente la pasaba mal a su lado, eso sí sería lastimarla a propósito. Si bien, era totalmente cierto, últimamente la pasaba terrible con ella, no era justificativo para lastimar. Es más, si él se dirigía a ella de esa manera, conociéndola, seguramente ella trataría de manipular las cosas para hacerlo sentir mal a él, y eso complicaría las cosas.
La conocía, sabía cómo era, podía adivinar sus jugadas. Eso era lo que le daba miedo. Ya sabía cómo iba a reaccionar. Seguramente, no lo aceptaría, y su respuesta sería que “habría que luchar por el amor”.
Que vergüenza decir eso, porque si realmente amara, sería capaz de soltar algo que se quiere ir. Pero era como ella pensaba, ya se lo había dicho en una discusión hacía unos meses. Después de eso siguieron, pero solo para lastimarse. La relación no contaba con una coherencia. Muchos caprichos y estupideces que no llegaban a ningún lado.
También tenía que aplacar sus sentimientos, todo estaba mezclado, algo de cariño, de bronca, de tristeza, y la extraña sensación de buscar aire y libertad que lo dominaba desde hacía unas semanas.
Ya se le estaba terminando el agua del termo, y se le acababa el tiempo. Para cuando saliera de su casa, ya tenía que saber que iba a decirle. Pero no solo era eso, sino también afirmarse en la convicción de la decisión que había tomado, la de terminar.
El último estaba más que lavado, pero se lo tomó igual.
Se puso el reloj, guardó el celular en el bolcillo del pantalón, agarró las llaves y salió, seguramente en el colectivo, de camino a la última cita, encontraría las palabras y la forma para no lastimar. No lastimar tanto.
Estaba solo en su casa, sentado a la mesa, tomando mate. Amargo y caliente, como le gustaba. La radio se escuchaba de fondo, pero había que hacer fuerza para escucharla. Necesitaba silencio, pero la soledad no le estaba haciendo bien.
Había descubierto que se podía estar solo a pesar de tener la compañía de alguien.
En una mano sostenía el mate mientras lo tomaba, con la otra jugaba con un llavero. Como un soldado en las trincheras juntando valor antes de ir al frente, se mentalizaba para la batalla que estaba por enfrentar.
Los minutos pasaban lentamente, todo pasaba lentamente. Hasta sus pensamientos, cada razonamiento tardaba más de lo normal en aclararse.
Todo su esfuerzo se concentraba en encontrar la forma de decir las cosas de tal manera que no lastimara.
Pensó en un simulacro de cuatro palabras: “Ya no te amo”. Pero eso sería un verdadero suicidio. Casi como inmolarse.
Tal vez, algo parecido a: “no siento lo mismo que antes, no te quiero mentir cada vez que te miro a los ojos, así que mejor terminemos, por el bien de los dos…” Esa le parecía la muy sincera, hasta correcta y justa con lo que pensaba y sentía.
A parte, tenía que sintetizar sus razones. No podía decir que realmente la pasaba mal a su lado, eso sí sería lastimarla a propósito. Si bien, era totalmente cierto, últimamente la pasaba terrible con ella, no era justificativo para lastimar. Es más, si él se dirigía a ella de esa manera, conociéndola, seguramente ella trataría de manipular las cosas para hacerlo sentir mal a él, y eso complicaría las cosas.
La conocía, sabía cómo era, podía adivinar sus jugadas. Eso era lo que le daba miedo. Ya sabía cómo iba a reaccionar. Seguramente, no lo aceptaría, y su respuesta sería que “habría que luchar por el amor”.
Que vergüenza decir eso, porque si realmente amara, sería capaz de soltar algo que se quiere ir. Pero era como ella pensaba, ya se lo había dicho en una discusión hacía unos meses. Después de eso siguieron, pero solo para lastimarse. La relación no contaba con una coherencia. Muchos caprichos y estupideces que no llegaban a ningún lado.
También tenía que aplacar sus sentimientos, todo estaba mezclado, algo de cariño, de bronca, de tristeza, y la extraña sensación de buscar aire y libertad que lo dominaba desde hacía unas semanas.
Ya se le estaba terminando el agua del termo, y se le acababa el tiempo. Para cuando saliera de su casa, ya tenía que saber que iba a decirle. Pero no solo era eso, sino también afirmarse en la convicción de la decisión que había tomado, la de terminar.
El último estaba más que lavado, pero se lo tomó igual.
Se puso el reloj, guardó el celular en el bolcillo del pantalón, agarró las llaves y salió, seguramente en el colectivo, de camino a la última cita, encontraría las palabras y la forma para no lastimar. No lastimar tanto.
a veces se nos hace dificil decir sin lastimar.. Me gusto mucho este relato... una clara sensación...
ResponderEliminarBeso grande Ari