Acusado de traición, Gabriel Héctor Quintana Sánchez iba a ser fusilado aquella misma tarde.
Nadie juzgó su delito. Fue una resolución de común acuerdo entre sus superiores, para dar un ejemplo al resto de la milicia.
Su crimen había sido perdonarle la vida a un soldado de la filas enemigas.
Esto, resultaba ser un crimen importante en épocas de guerra civil. La misma sangre luchando entre sí para gobernar la tierra que les corresponde a todos, pero que una vez más, por razones políticas el pueblo volvía a las armas luego de una paz intermitente de diez años.
Los colorados eran los del este del país, y los azules del noroeste. Ambos bandos se encontraban midiendo fuerzas en el centro de, lo que antes, era una nación.
- Tengo esposa e hijos, por favor no me mates. -Le había dicho.-
Esas palabras paralizaron a Gabriel. Enfrente tenía a un joven de no más de veinte años, con una alianza en el dedo anular de la mano izquierda.
Durante unos breves instantes, se quedó pensando en su propia familia, la que había perdido hacía cuatro años, antes de enlistarse en la guerrilla.
Su esposa y su hija recién nacida habían muerto cuando una avanzada de los rivales irrumpió en su aldea, quemaron su casa con ellas adentro mientras dormían.
Antes de usar armas de fuego, él había sido pescador de río, aquella noche estaba pescando con su red y su canoa.
Cuando regresó a los suyos, encontró el desastre, sólo cenizas.
Estuvo días sin dormir del dolor, y en la desesperación de venganza se unió a una idea que él no abrazaba, pero esa idea era una excusa para matar a quien le había arrebatado lo único que valía la pena en su vida.
Y cuando tuvo a ese soldado raso arrodillado delante, y le pidió que no le quitara la vida por su familia. Pensó en que hubiera sido si alguien le hubiera dado una opción para su esposa y su hija, quizás, hubieran tenido alguna oportunidad de evitar ese cruel destino.
Lo miró a los ojos, y no le dijo nada. Lo seguía apuntando con el fusil. Con una mirada de compasión, cerró los ojos para que el muchacho escapara.
Lo que él no tuvo en cuenta era que estaba siendo observado por un sargento primero que gritó:
- Dispare soldado, dispare.
Héctor bajó el fusil y miró al suelo.
Para sus compañeros, era un traidor a la causa. Traidor a una idea, pero no traidor a la vida.
Quien era él para matar a alguien. Era guerrillero, pero no era Dios.
Su sed de venganza lo había llevado hasta ese punto. Hasta su propia muerte.
Seguramente, esto le pasa a la gente buena, pensó, que no está preparada para matar, y que subestima las consecuencias de la revancha.
La ironía era muy clara, iba a morir por perdonar una vida. Lo desquiciado de las ideas es que cuando se visten de algún color, discuten y llegan a las armas, y matan para imponerse.
Faltaba una hora para enfrentar el paredón. Acostado en el catre de la celda, apretaba en la mano derecha un rosario que había sido de su madre, y en la mano izquierda sostenía la única foto que tenía de su familia. En solo cuestión de minutos iba a volver a verlos,
-Porque los que perdonan son los que van al cielo.- Murmuró.-
Lo esposaron y lo condujeron a la parte posterior del campamento, si iban a fusilar a uno de los suyos, no era conveniente que el enemigo lo viera.
Antes que lo vendaran y lo dejaran solo, dijo al soldado que lo escoltaba:
- Hice lo correcto, lo dejé vivir.
Nadie juzgó su delito. Fue una resolución de común acuerdo entre sus superiores, para dar un ejemplo al resto de la milicia.
Su crimen había sido perdonarle la vida a un soldado de la filas enemigas.
Esto, resultaba ser un crimen importante en épocas de guerra civil. La misma sangre luchando entre sí para gobernar la tierra que les corresponde a todos, pero que una vez más, por razones políticas el pueblo volvía a las armas luego de una paz intermitente de diez años.
Los colorados eran los del este del país, y los azules del noroeste. Ambos bandos se encontraban midiendo fuerzas en el centro de, lo que antes, era una nación.
- Tengo esposa e hijos, por favor no me mates. -Le había dicho.-
Esas palabras paralizaron a Gabriel. Enfrente tenía a un joven de no más de veinte años, con una alianza en el dedo anular de la mano izquierda.
Durante unos breves instantes, se quedó pensando en su propia familia, la que había perdido hacía cuatro años, antes de enlistarse en la guerrilla.
Su esposa y su hija recién nacida habían muerto cuando una avanzada de los rivales irrumpió en su aldea, quemaron su casa con ellas adentro mientras dormían.
Antes de usar armas de fuego, él había sido pescador de río, aquella noche estaba pescando con su red y su canoa.
Cuando regresó a los suyos, encontró el desastre, sólo cenizas.
Estuvo días sin dormir del dolor, y en la desesperación de venganza se unió a una idea que él no abrazaba, pero esa idea era una excusa para matar a quien le había arrebatado lo único que valía la pena en su vida.
Y cuando tuvo a ese soldado raso arrodillado delante, y le pidió que no le quitara la vida por su familia. Pensó en que hubiera sido si alguien le hubiera dado una opción para su esposa y su hija, quizás, hubieran tenido alguna oportunidad de evitar ese cruel destino.
Lo miró a los ojos, y no le dijo nada. Lo seguía apuntando con el fusil. Con una mirada de compasión, cerró los ojos para que el muchacho escapara.
Lo que él no tuvo en cuenta era que estaba siendo observado por un sargento primero que gritó:
- Dispare soldado, dispare.
Héctor bajó el fusil y miró al suelo.
Para sus compañeros, era un traidor a la causa. Traidor a una idea, pero no traidor a la vida.
Quien era él para matar a alguien. Era guerrillero, pero no era Dios.
Su sed de venganza lo había llevado hasta ese punto. Hasta su propia muerte.
Seguramente, esto le pasa a la gente buena, pensó, que no está preparada para matar, y que subestima las consecuencias de la revancha.
La ironía era muy clara, iba a morir por perdonar una vida. Lo desquiciado de las ideas es que cuando se visten de algún color, discuten y llegan a las armas, y matan para imponerse.
Faltaba una hora para enfrentar el paredón. Acostado en el catre de la celda, apretaba en la mano derecha un rosario que había sido de su madre, y en la mano izquierda sostenía la única foto que tenía de su familia. En solo cuestión de minutos iba a volver a verlos,
-Porque los que perdonan son los que van al cielo.- Murmuró.-
Lo esposaron y lo condujeron a la parte posterior del campamento, si iban a fusilar a uno de los suyos, no era conveniente que el enemigo lo viera.
Antes que lo vendaran y lo dejaran solo, dijo al soldado que lo escoltaba:
- Hice lo correcto, lo dejé vivir.
Muchas de tus historias tienen que ver con soldados, y tu traje en la facu tambien.. sos un militante ari y no lo sabia?
ResponderEliminarA veces se hace dificil perdonar pero que mochila pesada te sacas cuando podes hacerlo. beso grande
EN realidad, los soldados y la militancia no tienen nada que ver conmigo. Pero me llama mucho la atención quienes sí lo son, como algo que no llego a comprender, por eso los destaco.
ResponderEliminarEl perdón es todo un tema, pero es lindo lo que se siente cuando miras a alguien que la hizo mal con vos, y no le tenes bronca ni nada, eso también es perdonar. Creo.
Un abrazo Karu.