jueves, 27 de mayo de 2010

Veni.

Vení. Vamos afuera que te quiero mostrar algo. Olvidate de todo lo que sabes de las tormentas y del clima.
Parate acá, al lado mío, y mira.
Allá en el fin del horizonte, esas nubes que el viento trae, ¿las ves?
Espera.
Las tormentas no tienen nada de racional. Donde terminan las luces, en aquella curva que rodea toda la tierra, están las tormentas. Nacen al costado del sol.
Desde acá se puede ver como nacen. Mira. El viento junta las nubes, ellas oscurecen el cielo de tal manera que cuando los astros no pueden iluminar a los hombres, quietos en el firmamento, desprenden de sus ojos lágrimas. Lloran cuando no nos ven.
El viento las trae sin permiso de nadie, hace lo que quiere. No le interesan las nubes, ni los astros, mucho menos el hombre.
Subamos ahí para ver mejor.
La tormenta ya esta acá. ¿Sentís el viento? ¿Sentís el frío? Es el preludio de las tormentas de invierno. Corre fuerte, rápido, ligero y sigiloso. No importa cuanto te abrigues, el va a sacar de tu cuerpo el calor; lentamente rodeara tus manos en las suyas, abrazara tus pies y besara tu rostro. Así es como invade los cuerpos el viento. ¿Percibís?
El cielo esta listo. El ruido de las puertas retumba en los pasillos de las nubes. Se puede escuchar un terrible transito en ellas, ¿escuchas?
Ya rompieron en llanto, no se aguantan mucho.
Tocalas. Son más frías que las gotas que caen cuando el sol nos mira. Es mucho más doloroso para los astros llorar con los ojos cerrados. Porque ya no ven el objeto de su cariño. Y el ruido de los pasillos nublados, les hace pensar la peor de las catástrofes, que algo pasa acá abajo. Pero no pasa nada. Solo que como no ven, no saben.
Te das cuenta, las tormentas no tienen nada de racional. Todo eso pasó antes de la primera gota.
Son lagrimas tan especiales que derriten la tierra, solo la tierra es tan sensible al llanto del cielo. A nosotros no nos hace nada, solo nos moja. Llora por nosotros, por eso no nos lastima.
Cerra los ojos y sentí conmigo este momento. Está más oscuro, y el silbido del viento trae frío, la lluvia llena de humedad el alma, podes oler como la tierra se derrite.
Ya se que te mojas. Yo también. Pero espera, cerra de nuevo los ojos y mira.
La vida es igual al día, sale el sol con toda su fuerza, nadie lo para, nada lo frena, su voluntad se impone a todo y a todos. Pero de desde donde sale el sol, su madriguera debajo de la tierra, también sale el mismo viento, casi como persiguiéndolo. Y con él su sequito de nubes.
Nunca le cierran el paso al sol, pero ponen una espesa cortina delante de el. De esta manera, la vida, que es un regalo hermoso, a veces se tiñe de colores oscuros, traídos por vientos de circunstancias. Sin embargo toda situación también es como el día, el cual tiene dos horizontes, en el que nace y en el que muere.
Nada quiebra la voluntad del sol, el sigue andando, incluso detrás de las espesas cortinas que hacen llorar a los astros. Por eso le gana a las tormentas, porque el viento no puede juntar a las nubes por siempre, no puede retenerlas a todas. Y solas se van por la otra puerta, por el lado opuesto al que llegaron.
Si, ya se. Las tormentas no tienen nada de racional.
Vos anda, no te sigas mojando. Esta tormenta es mía.
Anda, yo me quedo a esperar el sol mientras la tierra a mi lado se derrite.
Eso si, después, cuando se seque la tierra, quiero que me acompañes a caminar.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Labor del amor

El amor es como la porcelana. A ciencia cierta, pocos son los que conocen su proceso de fabricación, pero todos sabemos como hay que hacer para que se rompa. Basta con dejarlo caer de muestras manos para que una obra de arte se convierta en pedazos de algo que ya no es.
El amor es fruto de dos manos laboriosas, dispuestas a trabajar mucho para darle la forma correcta, la que quieren, la que anhelan a esa pieza de arte que va a adornar el resto de sus vidas.
Que lindo es ver a dos personas ponerse de acuerdo para trabajar en sus vidas, modelándose la una a la otra sin tratar de cambiar quien es en esencia.
La elección de involucrarse en un proyecto de vida para engendrar vida. Eso es una elección de amor.
Más que un acuerdo, más que la tolerancia, más que la aceptación, más que uno mismo.
Si decimos que el amor es una elección, solo vemos la mitad de la verdad.
Claro que es una elección, después de vivir, la más importante.
Pero no hay que dejar afuera del caso a la vida, al destino, al cielo; lo que interfiere en nuestro camino para introducir en él a una persona espacial. Siempre hay algo o alguien que oficia de anfitrión, o algo parecido, que propicia el descubrimiento del corazón.
Los poetas escriben de él, los músicos ejecutan canciones en su nombre, y nosotros inspirados por ellos seguimos la corriente de nuestros sentimientos.
Más que un encuentro, en un momento, entendemos que estamos dispuestos a poner a caminar nuestra alma al lado de otra hasta el ocaso de los espíritus.
El amor esta lleno de discos y libros viejos, de eso están empedrados los puentes de corazón a corazón, de recuerdo tan vivos, de sensaciones permanentes.
Cuando el verdadero amor traspone los atrios de nuestra vida, no existe otro protagonista, ¿Qué es el miedo? ¿Qué son las dudas? ¿Qué es la soledad? ¿Qué es el olvido? ¿Qué es la muerte? Es parte del pasado.
No existe un antes y un después del amor; es un antes de amor, y un presente continuo, es un trabajo continuo, una obra de arte en constante perfeccionamiento, eso es.
A lo largo de la vida se pueden encontrar diferentes personas que se quieren asociar a nosotros en esa labor, pero son las fuerzas de la naturaleza, de la naturaleza de cada quien, las que unen o separan las manos que trabajan en la porcelana.
Contradecir la fuerza de la naturaleza interna es corromperse a uno mismo, porque el amor no pervierte nuestra esencia, la depura, la hace más dulce a los labios, a los oídos y a los ojos de quien nos ama.
Labor del amor es quitarnos el miedo a la muerte, a compartir la vida con alguien, a ver con los ojos de otro, a dejar el orgullo en un cajón, a callar ante el enojo, a brindarse al otro sin condiciones.

martes, 25 de mayo de 2010

Un matrimonio exitoso

Cuando uno es chico, algunas de las mejores cosas pasan cuando nadie nos ve.
No se, en este momento podría recordar situaciones en las que nadie me voy, las cosas me salieron bien y me sentí un héroe.
Y ahí te das cuenta que podes hacer cosas solo. De esos actos sin testigos está llena la vida.
Después con el paso de los años, cuando crecemos, de alguna manera empezamos a entender lo que los mas grandes que nosotros decían cuando disfrutaban de la soledad. Con los años también nos pasan cosas buenas estando solos.
El tiempo se encarga de guardar, según la voluntad de cada uno, aquellos momentos. Cada tanto la memoria nos tiende una trampa haciendo recordar situaciones que cuando nos tocó vivirlas, tuvieron saber a mate sin azúcar. Es en esos casos en los cuales estar solo ayuda a ver las cosas más claras, de todas formas, cada quien sabe que situación realmente no fue dulce en la boca.
Volviendo a los momentos sin testigos, cuando conseguimos algo solos, se siente un grado de superación de uno mismo. Que en realidad no es tal, solo un pequeño triunfo de una pequeña voluntad en el mundo. La nuestra.
Es en ese momento en el que vencemos miedos.
Los que pisan las baldosas de la soledad, acostumbran a llenar sus bolsillos de esos pequeños triunfos de si mismos.
Descubrimos que dejamos las sendas de la infancia cuando aprendemos a hacer cosas por nuestra cuenta. Los niños no deben estar solo, sino estarían sin protección y cuidado. Pero de los adultos podemos decir que no es bueno que estén solos.
Ni hombres ni mujeres saben estar solos, pero aprenden. El tiempo es un excelente maestro para estas cosas. Y con el correr de las lecciones, hasta el mate se acostumbra a no dejar nuestros dedos después de cada cebada.
Como todo maestro, no siempre cuenta con buenos alumnos, algunos tardan mas que otros, también están los que nunca aprenden.
Es por eso que a este maestro se lo vincula con la madre de las curas, la soledad. No aceptar su enseñanza, transforma al pupilo rebelde en la persona más desdichada de todas, la que no puede estar acompañada. Porque no aprende el valor de las personas, el del tiempo y la importancia de actuar en el momento correcto.
Los dóciles a la química del tiempo y la soledad, embadurnan sus penas con buen bálsamo.
La soledad no es un refugio, y el tiempo no es un espacio. Son lo que quieren decir.
Estos dos cuando se conjugan en la vida de la gente, y les permiten trabajar, actúan como una sociedad, no se superponen, pero trabajan a la par. Tienen bien en claro que el objetivo de su labor no es alcanzar rápido su objetivo, sino llegar lo más lejos posible con él.
Su relación es como la de un matrimonio exitoso, consiguen lo que se proponen. Y el fruto de su esfuerzo son hijos fuertes. Personas capaces de ver al tiempo como un amigo, y a la soledad no como una enemiga.

lunes, 24 de mayo de 2010

Quien reza y después besa

“Besos y rezos”.
Besos y rezos, La Portuaria.

Los que caminamos esta tierra, no todos, no todos aún, conocemos los caminos de los besos y rezos.
La vida del enamorado se basa en ilusiones, sostenidas por sus rezos al cielo para que le conceda la dicha y la fortuna de besar a la persona que protagoniza su sueño.
El enamorado se alimenta de ilusiones, y cada una de ellas es un ladrillo de su castillo en las nubes. Por eso el enamorado tiene que aprender a amar para no morir en un caldo de sueños rotos.
Las ilusiones del enamorado son como las alas de Icaro, que cuando se van acercando al calor de la realidad, su cera de derrite, sus plumas se despegan y cae al mar, en su intento de llegar al paraíso. Para nosotros no es el capricho de ningún dios, no se puede volar con alas de pegadas con cera.
De la hazaña del primer beso, nadie se olvida. El paso del tiempo lo desluce o exalta los detalles, sensaciones que, en aquel momento, fueron nuevas. También nuevos los riesgos de la nueva experiencia.
Se dibuja en nosotros un nuevo horizonte, el de otro ser.
Podríamos nombrar miles de texturas y gustos. La suavidad y la fuerza en un solo impulso, en un solo instante. Esa conjugación pasa a ser perenne en la memoria.
Nadie puede jactarse de enseñar a besar, y nadie olvida como hacerlo.
No es un dejavú, nada se repite. El primero de muchos y de varios, aunque los labios pierdan su nombre con los años, el primero y el último no se olvidan.
La efusividad de éstos nada tiene que ver con una llegada o una despedida.
Algunos conducen al cielo, al mismísimo regazo de Dios. Otros nos conducen a las puertas de algún penoso camino, pero hipnotizados seguimos besando y caminando por el.
Vive quien besa, y muere quien por un beso se pierde de vivir.
Los más tristes, no son los del adiós, sino los de consuelo. Aquel placebo, de labios sin rostro, y el momento de engañarse a uno mismo.
El primer beso y el último parecieran ser en esencia el mismo, ambos no quieren terminar, quieren vivir por siempre. Esto sucede cuando encontramos a alguien para hablar, conocer, para querer; y es ahí cuando el corazón se anima a hablar con los labios.
Estar enamorado no es sinónimo de amar. El enamorado se deja dominar solamente de ilusiones y pretextos. El que ama, no se ilusiona, porque vive el amor.
La búsqueda del la vida no es enamorarse. Sino amar.
Quien reza y después besa no ha perdido esperanzas de amar.

domingo, 23 de mayo de 2010

Sol de otoño.

Nací con el sol de otoño. Diferente de todos los soles del año.
El de verano abusa de su fuerza, de su luz y de su calor, éste quema. Mira los cuerpos con tanta intensidad que suele dejar más de una marca en ellos. Pareciera no descansar, no dormir, siempre estar vigilando los pasos de los vivos.
En invierno descubrimos su pereza, se levanta tarde como quien no duerme en muchos días, y pronto se hunde en el ocaso como aquel que se acuesta cansado después de una laboriosa jornada. Pero su luz es débil, esquiva, y su calor a penas se siente en la piel, como la mirada de aquel que mira sin mirar.
La primavera trae consigo el cambio de la luz, y con ella el cambio de ánimo. Pero las lluvias opacan la luz de sus mañanas y tardes. Su crecimiento es gradual, desde la mañana hasta la tarde. Al principio ilumina pero no da calor. Ese es su primer paso para salir del invierno. Su luz llega primero y su calor después.
Sin embargo el sol que me vio nacer es distinto, este es brillante. Las mejores vistas las da el sol de otoño. Su calor no es intenso, es lo justo y necesario, no quema, no teme abrigar con su brillo. Sus jornadas no duran más de la cuenta.
Desde que sale hasta que se pone ve caer a tierra el vestido de los árboles, hasta que estos quedan desprovistos de la protección de sus pequeños escudos verdes, luego amarillos y marrones descienden de la altura de la copa para crujir en el suelo bajo los pies del caminante.
Desviste sus ramas y a nosotros nos obliga a vestir nuestros cuellos.
Comparado con los demás soles del año, no le sobra nada, pero tampoco le falta. Candidez, brillo distinguen sus días de los demás soles.
Su participación en el año dura lo mismo que la de sus tocayos de luz y calor.
Quizás no tenga nada de especial éste a comparación de los otros.
Así como los soles, los que caminamos debajo de ellos, somos todos distintos, cada cual ilumina con la luz que posee, brinda candidez hasta donde sus sentimientos le permites y abriga con la mirada según su carácter y su personalidad. Iguales, parecidos o distintos, todos somos y por eso debemos ser.
Cada uno en su propia estación, y desde ahí regalar a los demás algo de nosotros, de la misma manera y forma en que el círculo dorado anclado en el firmamento hace con nosotros.
Algo que los une a estos cuatro es que nadie puede verlos de frente, por que su brillo ciega, o tal vez tengan vergüenza de que los vean tal cual son, y se descubra que detrás de toda esa luz son todos iguales.

sábado, 22 de mayo de 2010

Querer hacia atrás

“La voluntad no puede querer hacia atrás; el que no pueda quebrar el tiempo ni la voracidad del mismo, ésa es la más solitaria tribulación de la voluntad”.
De la redención. Así hablo Zarathustra. (De F.N).

Si hay una cosa cierta en esta vida es que el tiempo no vuelve. Lo que nos liga a los tiempos pretéritos son los recuerdos, los buenos claro; de los otros, quizás no tanto.
Pero definitivamente no queremos volver al pasado. Si bien los tiempos de paz que hayamos vivido nos resultan agradables en la retina de la memoria, seguramente si tuviéramos que vivirlos de nuevo, algo me modificaríamos, aún a los más gratificantes algo les quitaríamos o les sumariamos. En definitiva aún lo mejor del pasado lo cambiaríamos para hacerlo perfecto.
Cada voluntad es libre de anhelar lo que quiera, pero los límites del querer están marcados por el tiempo, del pasado no se puede sacar nada y del futuro nada es concreto.
El tiempo tiene una única voluntad, la de avanzar, caminar con paso implacable. A el no le interesa ni recordar ni olvidar, el sigue sin detenerse a contar heridos.
Sin embargo, el tiempo, no es capas de quebrar o romper la voluntad del hombre, pero si de marchitar las fuerzas del mismo. Tal vez nunca de deje llegar a donde termina tu mapa, pero se va a encargar de que con cada sol derroches los instantes que el Creador te asignó.
Quien encuentra en el tiempo un aliado para sus propósitos, seguramente alcanzara lo que se propones. No importa el tamaño de las olas o la rudeza del viento, su voluntad es sostenida por el tiempo.
Pero de los demás, quienes miran hacia atrás esperando algo mejor, siguen el consejo de la mujer de Lot, vivir mirando atrás desintegra y amarga el presente.
Tiene que ser un mensaje de esperanza, porque el futuro es lo único que no esta perdido, y es allí donde la voluntad tiene que estar intacta para avanzar. Hoy nos consolidamos donde estamos, afianzamos nuestras raíces, cultivamos anhelos. Ayer llegué acá, hoy voy para allá y mañana habré visto el mismo sol dos veces.
La voluntad no puede querer hacia atrás, pero cuando gira el cuello a mirar, frena el presente. Por eso Sabio es quien hizo las cosas así, la voluntad no quiebra el tiempo.
El pesar de la voluntad es no haber conseguido, alcanzado o adquirido lo que anhelaba.
Y a pesar de todo eso sobrevivimos y vivimos el presente enteros, aunque no nos sobre nada, la sensación de vacío de los anhelos no alcanzados no dura para siempre, pero saber que desaprovechamos el tiempo nos persigue toda la vida.

El Espíritu de la introspección

“…Meditad bien sobre vuestros caminos.”
Hageo 1:5

Generalmente cuando me cuesto, medito en el día que tuve. Es raro que no tenga cosas para reprocharme. Pienso en lo que hago, en lo que no hice, en lo que pude haber hecho, en lo que no tendría que haber hecho, siempre algo de más o algo de menos, sabor a disconformidad con uno mismo.
A veces no solo es eso, es también saber que los demás esperaban algo de mi y no lo recibieron, esas ocasiones en las que puedo reconocer en ojos hambrientos. Ahí se que estoy en deuda. Pero no me pasa con todo el mundo. Solo con mi gente, la del circulo primario.
Cuando llega la hora de estar al refugio de las estrellas bajo las sabanas, ese preciso momento en el que el tiempo parece detenerse para vernos descansar, la introspectiva invade mi mente.
Es cuando descubro que lo que hice tiene consecuencias, buenas y malas, afecto a otros, me fueron redituables o no. No hay nada sobre este suelo que no deje marcas, hasta el viento que no vemos, cuando deambula apasionadamente deja algún que otro vestigio de su paso.
Con todo esto, creo que de nada me sirve pensar en lo que hice, si antes no pienso en lo que voy a hacer.
La forma, a mi entender, no es preocuparse por lo que paso, si no por lo que puedo hacer, lo que me queda.
Siempre voy a hacer cosas mal, hasta cuando tengo las mejores intenciones. No todo sale o se puede hacer como uno espera.
Pensar en si hice lo correcto a veces se puede reducir a tratar bien a las personas que uno ama, ser agradecido con los amigos, ser responsable con cada menester que la vida presenta.
Lo de atrás no lo puedo resolver, ahora estoy ocupado resolviendo el presente, pero el porvenir me promete nuevas oportunidades, junto a quienes me rodean.
El pasado y su contenido es mi punto de partida, desde aquí, el presente, el horizonte luce grande y amenazador, todo lo que tengo por delante es horizonte, como no tenerle temor a algo tan grande, pero mi camino me lleva a el y se pierde donde el cielo se acuesta sobre la tierra.
Pienso en lo que tengo que hacer para llegar al final de mi camino. Quiero llevar a los que están conmigo a ese lugar y que vean lo que mis ojos, cuando el cielo se recueste en la tierra, el sol arrastre mis temores con su luz y se marchiten mis incertidumbres.
Es el Espíritu de la introspección, que hurga en el pasado, acomoda el presente y acerca el futuro.