martes, 23 de noviembre de 2010

Acompañante fiel

Ella cree que el amor,
no tiene estación
favorita. Ninguna lo es.

No mide las distancias,
por dondequiera que esté
sus brazos me abrazan.

Acompañante fiel es
quien, aún está
cuando todos se fueron.

Sola llega, sólo
entonces, puedo decir,
que solo estoy.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Herramientas del destino

“El destino tiene dos clases de personas que utiliza como herramientas para cumplir su voluntad, justificar sus actos, o no interferir en el curso de la existencia de cualquier individuo.
El valiente, es el ímpetu, la fuerza y a veces el apuro del destino para hacer las cosas. Mientras que, el cobarde, podría decirse, es la excusa perfecta para no interferir o interrumpir el curso de las cosas, las que están bien y las que están mal.
Es por esto, que cada ser, cree ser artífice de su destino en base a sus propias elecciones o decisiones. Lo cual es cierto, en parte, porque también hay que saber que cada quien cuenta con una cuota de osadía o cobardía a la hora de optar o elegir ante las situaciones que la vida presenta. Esa cuota, es la que le da el tenor a la decisión. “*


Martina y Agustín se conocían desde la infancia.
No habían ido juntos al colegio, pero eran amigos del barrio. Él había sido compañero y amigo de la hermana mayor de ella.
Llevaban tres años de relación. El primero de aquellos años fue el mejor de todos; el segundo, con algunos sobresaltos, normales en toda relación; el tercero ya tenía cuestiones que habían, no solo desgastado la relación, sino también a ellos mismos.
Aquella tarde, Martina estaba en su casa, esperando que su novio pasara al buscarla para salir, era domingo, tenían toda la disponibilidad para pasear por cualquier lado que quisieran. Pero ella estaba de mal humor porque él estaba retrasado.
No era algo de extrañar en él un retraso, a estas alturas era una cosa más en la situación.
Ella se acostó a dormir la siesta, después de haber salido la noche anterior, estaba cansada.
Cuando llego Agustín, su cuñada, y amiga de colegio, fue la que le abrió la puerta. Cruzaron unas palabras en tono amistoso, algo común para dos personas que se conocen de años y comparten algún vínculo político.
Le dijo que su hermana estaba durmiendo, y le ofreció ir a despertarla, pero él se negó, con la excusa de dejarla descansar.
Luego de una conversación entre cuñados con mates de por medio, ella apareció en la cocina. Con cara de recién levantada, los ojos entre abiertos, un par de marcas de la almohada en la mejilla derecha, y de mal humor.
Su hermana se levantó, se disculpó y abandonó la cocina más rápido que un bombero, le conocía la cara a su hermana. Y ese momento no era propicio para quedarse.
Martina sólo necesitaba una excusa para pelear, y el retraso de Agustín le venía como anillo al dedo para preparar el escenario de tal manera que quedara como víctima de la situación. Y de esa forma conseguir un poco más de atención.
Por su parte, Agustín necesitaba una pelea para terminar la relación, una excusa para ponerle fin a una sucesión de pleitos. La seguía amando, pero no encontraba la solución a las diferencias, convivir con el dolor no era una respuesta, mucho menos una salida.

“¿Cómo es que dos personas pueden ver una misma situación de dos maneras distintas? La respuesta es fácil y un tanto obvia, porque ambas personas contemplan primero sus necesidades primero, utilizándolas como prisma para buscar una solución, de tal manera que puedan suplirlas. El problema sigue siendo el mismo para ambas personas, pero al tener distintos temores, dolores, ansiedad por distintos motivos, etc. Su visión del mundo en ese momento cambia radicalmente. Por eso el destino tiene distintas herramientas, dependiendo del momento, utiliza la que más se ajuste a su plan.” *


Así fue, discutieron. Ella habló primero, vehementemente expuso su pensamiento y su sentir.
Él guardó silencio mientras escuchaba un monologo de reclamos y regaños. No pretendía desmentir nada, muchas de las cosas que ella decía eran ciertas, otras exageradas, pero no mentía.
Cuando Martina terminó de hablar, le exigió a él que hablara, que le contestara algo. Él se quedó callado unos minutos. Después de eso, la miró y le dijo en un tono muy calmado que la relación llegaba hasta ese día. No justificó su decisión. Ella rompió en llanto. El no la abrazó.
Él se levanto, y lentamente se fue caminando hacia la puerta de calle. Ella trató, sin éxito de detenerlo, casi como una formalidad, porque sabía en el fondo, que lo que estaban haciendo estaba bien, solo que ella no tenía el valor para dejarlo, sólo esperaba el momento para que él se decidiera.

“No siempre el que toma la decisión es el valiente, y no siempre el que permanece en su lugar es el cobarde. Los roles se pueden invertir, a veces el cobarde decide primero para evitar un remordimiento posterior. Y el valiente permanece estoico, de lo contrario dejaría de ser quien es.
La única manera de diferenciar quién es quién, es esperar. Aquel que permanece firme en su decisión, es más valiente y decidido que el que se retracta.
A fin de cuentas no importa quien tome la iniciativa en la decisión, no hay forma de evitar que el destino se salga con la suya. No cuando tiene un mundo lleno de herramientas prestas para ser usadas.”*


*Extractos del libro “Herramientas del destino” Capitulo I.



viernes, 5 de noviembre de 2010

El día que la tierra olió a azufre

Despertó temprano, pero se volvió a dormir en un parpadeo. Su respiración era pausada y tranquila, nada perturbaba ese cálido dormir.
Cerca de las nueve de la mañana volvió a despertarse. Se desperezó, salió de la cama hacia el baño. Después de una larga ducha, fue a la cocina. Abrió una de las ventanitas ubicadas sobre la mesada, pero la cerró enseguida porque había un olor raro afuera, intenso y molesto.
Prendió la televisión, pero le bajó el volumen, era una mera estrategia para no sentirse tan solo.
Sacó la mermelada de la heladera, la manteca y la leche. Buscó en la alacena una taza, sacó del cajón de los cubiertos un cuchillo mantequero y dos cucharas de té.
Colocó un poco de café soluble y azúcar en el pequeño recipiente con aza, le agregó agua caliente, y un chorrito de leche fría para entibiar.
Se sentó en su silla de siempre, untó un par de tajadas de pan.
Agarró el control remoto y comenzó a cambiar de canales. A los pocos instantes se dio cuenta que en todos los canales pasaba la misma imagen, lo único que aclaraba cada canal era que la transmisión era en vivo y en directo.
La imagen parecía ser un monte, en un paisaje semidesértico, pero en definitiva no se veía mucho.
Siguió cambiando de canales hasta que encontró uno que tenía un cronista relatando lo que sucedía, pero en un tono un tanto exaltado:
- Es el día, acaba de suceder. Llegó. Él llegó. No se puede creer.
La frase no le decía mucho, no explicaba del todo lo que sucedía.
Tomó unos sorbos de la taza de café con leche que ya estaba fría más que tibia, y se concentró en averiguar qué estaba pasando.
Los únicos canales que no mostraban lo que parecía ser una colina rodeada de varios helicópteros eran los canales infantiles.
De repente, logró dar con un canal que no transmitía esa imagen. Había un reportero dando noticias. Mostraban imágenes de gente corriendo por las calles, gritando, saqueando tiendas y golpeándose entre sí. Las principales ciudades eran un verdadero caos.
La segunda noticia que el reportero dio fue muy chocante, muchos líderes religiosos, habían sido linchados por sus fieles en sus casas o en la calle.
Después reportó la suma de los fallecidos en los distintos disturbios, aproximadamente, todo era en cifras estimativas. Y también de la gente desaparecida.
Los desaparecidos superaban por poco la cantidad de muertos, apenas por unos miles.
Él seguía sin entender nada, un día complicado para la humanidad, pensó, pero ya nos repondremos, toda adversidad, trae una nueva oportunidad. Esa era su filosofía. Y siguió mirando la televisión.
Otro canal reportaba un tsunami en las costas de Oceanía, pero todavía no tenían cantidad de la cantidad de muertos, ni de las ciudades que estaban bajo agua.
Súbitamente todo tembló, todo a su alrededor se sacudió. Un leve terremoto que hizo parpadear las luces de la casa.
El periodista en la pantalla decía alarmado:
- Ya no está. Se fue a la vista de todos sin tocar el suelo. Todos lo vieron sostenido en el cielo, y ya no está.
Por la cara de pánico del hombre con el micrófono en la mano parecía que el mundo se acababa, pero eso era imposible. El mundo no se podía acabar, solo era un día más, uno raro, con catástrofes en todo el mundo, y un extraño olor a azufre por todos lados, pero nadie daba cuenta de eso en la televisión.



sábado, 30 de octubre de 2010

Perder el sueño

Caminaba por la calle escuchando música cuando la vio. Estaba sentada en un zaguán llorando, mientras hablaba por teléfono.
De cabello oscuro y ondulado, ojos verdes colorados por las lágrimas, una blusa blanca con bordados en el frente.
Le llamó poderosamente la atención la manera en la que las gotas surcaban furiosamente su cara. Ella no hablaba, escuchaba lo que parecía ser un discurso del otro lado del teléfono.
Quizás prestó mucha atención, porque en un momento ella fijó los ojos en él, un instante de curiosidad mutua. El observador y la observada.
Dos esmeraldas brillosas por las lágrimas. Una mirada que podía penetrar el acero. Fría, pero con muchos sentimientos, esos ojos eran un huracán.
La escena duró unos breves instantes de la existencia colectiva, el transito en la calle era mucho como para detenerse a mirar o a prestar atención a algo que no estaba dentro de recorrido.
Él siguió su camino, terminó la jornada de trabajo y se volvía en el tren a su casa. No podía sacarse de la mente la imagen de esta mujer llorando. Le intrigaba el motivo del llanto, una discusión, el fallecimiento de alguien, tal vez la habían despedido del trabajo, o alguien cercano había sufrido algún accidente. Se le podían ocurrir miles de motivos por los cuales alguien que hablaba por teléfono llorase.
Pero esa mirada furiosa lo había hipnotizado. Ojalá hubiera atinado a hacer algo, un mínimo detalle cómo alcanzarle un pañuelo para que se seque las mejillas.
Miraba distraído por la ventanilla, el tren pasaba de estación en estación, faltaba poco para llegar a destino. Estaba cansado por la actividad del día.
Se arrepentía de no haberse acercado a la dama de las lágrimas. Pero por otro lado, era ilógico pensar en acercarse a una mujer en esas condiciones. ¿Qué hubiera hecho? ¿Qué le hubiera dicho?
Cuando se bajó del tren, todavía seguía pensando en aquella desconocida de ojos húmedos. Y con el extraño sentimiento que tendría que haber hecho algo, pero vaya a saber porque no hico nada.
Trató de despejarse en las cuadras que le quedaban hasta su casa. Pero no tuvo mucho éxito en eso. Justo cuando le faltaban unos pocos metros para doblar la esquina y llegar a su hogar, vio a otra mujer que caminaba por la vereda de enfrente llorando. En este caso no hablaba por teléfono, lloraba en la calle igual que la primera.
Tenía que ser una coincidencia, quizás había sido un día complicado para mucha gente, en especial para esas dos mujeres, pensó.
Comió, se duchó y se acostó. El cansancio le ganó a las ganas de pensar y se durmió enseguida.
Se despertó una hora antes que sonara el despertador. Había soñado con la mujer que hablaba por teléfono y lloraba.
En el sueño, la mujer lo paraba por la calle, después de cruce de miradas y le recriminaba porque no la había ayudado. Él no supo cómo reaccionar ante semejante demanda. Le ofreció un abrazo, pero ella lo rechazó.
En la segunda parte del sueño, ella le volvía a hablar, pero esta vez le preguntaba por qué la miraba. Y en un tono amenazante le decía que se fuera o que llamaría a la policía.
Por último, la tercera parte del sueño, ella lo frenaba en la calle y lo abrazaba sin decirle nada y después se iba caminando, sin volver a mirarlo.
No se pudo volver a dormir. Daba vueltas en la cama como una criatura. ¿Por qué había soñado eso? El hecho de haberse sobresaltado en su descanso por un sueño así lo fastidiaba. Cómo podía ser que un simple acto de observación callejera le robara tiempo de su vida. Se negaba a aceptarlo.
Esperó a que sonara la alarma para levantarse. Desayunó de mala gana, y antes de salir de su casa para ir a trabajar, se prometió a sí mismo no volver a mirar a nadie llorando en la calle, por las dudas de volver a perder el sueño.

El derrumbe

Una vez más la incertidumbre se respira en la habitación. Persianas a medio cerrar, las ventanas sin cortinas dejaban pasar la tenue luz de la luna, y su sequito de estrellas, que se escondían sin intención detrás de las nubes nocturnas teñidas por el resplandor de la cuidad.
A penas se oía el transito en la calle, sin embardo, en su interior era todo lo contrario. Las ideas, sentimientos y pensamientos sacudían el transito interno de su existencia.
La distancia entre quien era y quien pretendía ser una vez más se agranda. Pero en esta ocasión pudo ver con sus propios ojos cómo se rompió su espejo interior. Era ella frente a su reflejo resquebrajado, lloviendo en fragmentos al suelo.
Su autoestima estaba dañada, con daños estructurales y corría riesgo derrumbe.
Durante toda aquella tarde, la mampostería de su edificio se había ido desprendiendo de sus paredes exteriores. Todo lo que consideraba algo para apreciar, lo bello de su vida se precipitaba al suelo y se destruía en miles de pedazos. Poco a poco menospreciaba su propia belleza, descartando de sí incluso aquello que todavía seguía sostenido a los muros.
Esa tarde nefasta quería borrarla de su vida. Ojala las lágrimas apretadas contra la almohada pudieran lavar el pasado. Humedecer la tinta del libro de la memoria, para que las palabras tengan menos peso, y con el tiempo sean ilegibles.
Toda esa angustia guardada. Todas esas frases innecesarias retumbando solo para lastimar.
Cuando se había levantado esa mañana, tan feliz, con tanto por hacer, nunca imaginó que ese día estaba marcado en su calendario como el día de su derrumbe personal.
No tenía antecedentes en su memoria de algo similar. Pelearse con su pareja, y terminar, diciéndose muchas cosas hirientes. Todos los reproches de un hombre cansado le habían resultado mucho.
Tal vez tenía razón, ella no era para él. Pero no podía negar lo que seguía sintiendo.
Quizás lo que no esperaba era la actitud de sus mejores amigos, los que le daban la razón a él. Según su amigo, ella lo había ahogado con caprichos y exigencias con las que, ni ella misma, pensaba cumplir. Era lógico que la dejara.
El otro únicamente le dijo:
- Los hombres te dicen que se cansaron cuando no hay forma de remontar la situación, vos no te das idea de todo lo que tiene que pasar para que un hombre diga eso. Sí lo cansaste, mejor olvidarse de pensar en volver.
Nunca antes había sido rechazada, nunca antes le habían corrido la boca cuando buscaba un beso. Tampoco le había despreciado un abrazo.
El viento de la tempestad que vivía dentro y fuera de sí había arrancado las ilusiones como hojas secas del árbol de los deseos.
Su proyección del futuro se desvanecía como la niebla al medio día.

domingo, 24 de octubre de 2010

El caso Foster (Parte II)

Un teléfono verde sonaba arriba de un escritorio de madera de roble con muchos papeles arriba.
En la oficina no había nadie. Sólo había una radio encendida que daba la apariencia de haber gente ahí.
A la sexta vez, una persona de uniforme marrón entro y contestó el teléfono de una manera poco gentil.
La voz del otro lado del teléfono le resultaba familiar, la reconoció al instante, pero la noticia le demudó el semblante.
El comisario Baxter se puso los anteojos de sol plateados, salió de la oficina con el sombrero en la mano, caminó unos pasos por el pasillo hasta los escritorios. Hizo una seña a sus oficiales, no dijo una sola palabra y salió del edificio.
Ya en el auto, informó primero a sus dos oficiales, que estaban en el automóvil con él a cerca de la situación. Luego tomó la radio y dio aviso a las autoridades del condado.
Todos viajaban callados, mirando el desteñido del paisaje de fines de otoño.
Las autoridades tardarían al menos unas cuatro horas en llegar a la finca Foster. El sitio no era inaccesible, pero estaba lejos de la ruta más cercana.
Bill Evans vio acercarse la patrulla por el espejo retrovisor de su camioneta, pero no se bajó del vehículo hasta que uno de los oficiales no se acercó a él.
De inmediato, el comisario se paró junto a él y le comenzó a hacer toda clase de preguntas, al parecer de rutina en esos casos.
Mientras tanto los dos oficiales que acompañaban a Baxter revisaban las instalaciones de la finca en busca de de algo que les pareciera sospechoso. Pero por las expresiones de sus rostros se podía ver claramente que estaban desorientados en esa labor.
Cuando Evans terminó de responder las preguntas, Baxter le pidió que lo llevara al lugar dónde había encontrado los cuerpos.
Entraron juntos, pero en el pasillo era el amigo de Walter Foster él que caminaba adelante. Cuando llegaron a la última puerta del pasillo, el comisario puso un pañuelo en su mano derecha y empujó la puerta con el puño envuelto en ese pesado de tela.
A simple vista los cuerpos parecían acomodados sobre la cama después de haber sido asesinados. El corte en sus cuellos era muy profundo, se podía ver claramente sus gargantas abiertas. El charco de sangre seca se extendía por casi todo el colchón.
El comisario no quiso ver más, ni permanecer en aquel lugar mucho más tiempo, para no ensuciar la escena del crimen.
Miró a Evans y con una leve seña con el mentón le insinuó retirarse del lugar. Evans entendió rápidamente y ambos salieron de la habitación.
Cuando salieron de la casa, los dos oficiales estaban conversando con un periodista local, el único que había en el pueblo. Era el que escribía en la sección de policiales en el periódico del condado. Baxter se molestó mucho con aquel hombre, lo amenazó con arrestarlo si no se marchaba del lugar, y le dijo que al día siguiente le daría la información que necesitaba, pero en la oficina, no allí porque era la escena del crimen.
Evans preguntó si podía irse, pero el comisario le dijo que tenía que esperar hasta que llegaran los investigadores, ellos le dirían cuando se podía marchar. Mientras tanto había que esperar hasta que llegaran.
El periodista miró a Evans, y este le devolvió la mirada, después se subió a su auto para salir de la propiedad Foster y esperar afuera de ella, para ver que acontecía.

El caso Foster (Parte I)

Se levantaba de los confines de la tierra con su voluntad inquebrantable, innegable para toda la creación de Dios. Su luz se escurría entre las ramas sin hojas de los árboles en otoño.
Poco a poco las sombras nocturnas se disipaban, dándole paso a los colores de la naturaleza. Escasos tonos de verde, la tierra del camino era una mezcla de marrón y gris, los pastizales apenas maquillados por un leve rubor verdoso, fruto las primeras heladas antes del invierno. Ya los campos usados para sembradíos tenían su típico color amarillo. Los pocos árboles con follaje le daban apenas un poco de vida al paisaje.
Se escuchaban los primeros cantos de las aves que suelen entonar cuando el sol despierta sus nidos.
La mañana estaba en el momento en el que la claridad no calienta.
El viento había soplado toda la noche, y de día no estaba cansado para seguir haciéndolo.
Todo se encaminaba hacia un invierno más en la finca Foster.
Ubicada en medio de de una vasta llanura fértil, tenía una caballeriza para seis caballos pero había apenas dos, que estaban relativamente flacos. Un granero pequeño de cinco por diez metros, lleno de paja y heno. Un corral de veinte metros de diámetro, aproximadamente, lleno de ovejas. Unas jaulas con conejos. Un gallinero cercado por un alambre no muy alto.
La casa era un gran cuadrado, con una galería cubierta en el frente. Las paredes eran de madera y el techo de chapa acanalada. Adentro había tres dormitorios, pero solo se usaba uno, dos baños, uno pequeño y otro grande. Una cocina modesta y una austera sala de estar.
El detalle a la casa se lo daba el techo pintado de rojo, y los marcos de las ventanas y las puertas exteriores del mismo color.
En la parte posterior de la casa había un tanque australiano que era alimentado por un molino, el mismo que proveía de agua la casa.
Hacía varios días que no había movimiento en aquel lugar. Las puertas y ventanas estaban cerradas.
Cerca del medio día, una camioneta entro por el camino hacia la casa de techo rojo. Era el vecino, Bill Evans, que hacía su visita semanal de los días jueves, para charlar con su amigo de toda la vida Walter Foster.
Cuando llegó a la puerta, le asombró que la galería estuviera llena de tierra y hojas secas. Eso era raro porque la esposa de Walter mantenía la casa muy limpia. Supuso que estaba así porque ella debía estar en cama con algún achaque de salud.
Bill golpeó la puerta suavemente, pero nadie le contestó. Intentó dos veces más pero sin éxito, nadie le atendió.
Eso le pareció un tanto extraño, dado a que su amigo era una persona muy atenta.
Caminó por el costado de la casa hasta llegar a la parte de atrás. La camioneta de los Foster estaba ahí, con las llaves puestas, como siempre. Los animales estaban todos en sus respectivos lugares, corrales y establos. El único que faltaba era el perro, Linus. Bill pensó que la mascota estaría adentro como era costumbre.
Volvió a la puerta del frente, y golpeó nuevamente. Otra vez nadie atendió.
Solamente por curiosidad, pero un poco asustado, decidió entrar a la casa para ver si estaban ahí.
Cuando entró, vio que la sala estaba en orden, la cocina también, pero las paredes guardaban un extraño olor rancio.
Caminó por el pasillo que da a los cuartos, el primero, estaba cerrado con llave, el segundo tenía la puerta abierta de par en par y estaba totalmente vacío.
El último cuarto al final de pasillo tenía la puerta entre abierta, caminó aun más despacio hasta llegar a pocos centímetros del umbral, su corazón latía fuerte, casi se podía escuchar fuera de su cuerpo, empujo la puerta con un dedo, y allí vio sobre la cama matrimonial, los cuerpos de Walter y su esposa con la garganta cortada.
La escena lo paralizó.
Cuando por fin recobró la noción de las cosas, salió del cuarto. Trató de calmarse y pensar en lo que debía hacer. Inmediatamente fue a la sala, tomó el teléfono y llamó a la policía para informar de la situación.