sábado, 30 de octubre de 2010

Perder el sueño

Caminaba por la calle escuchando música cuando la vio. Estaba sentada en un zaguán llorando, mientras hablaba por teléfono.
De cabello oscuro y ondulado, ojos verdes colorados por las lágrimas, una blusa blanca con bordados en el frente.
Le llamó poderosamente la atención la manera en la que las gotas surcaban furiosamente su cara. Ella no hablaba, escuchaba lo que parecía ser un discurso del otro lado del teléfono.
Quizás prestó mucha atención, porque en un momento ella fijó los ojos en él, un instante de curiosidad mutua. El observador y la observada.
Dos esmeraldas brillosas por las lágrimas. Una mirada que podía penetrar el acero. Fría, pero con muchos sentimientos, esos ojos eran un huracán.
La escena duró unos breves instantes de la existencia colectiva, el transito en la calle era mucho como para detenerse a mirar o a prestar atención a algo que no estaba dentro de recorrido.
Él siguió su camino, terminó la jornada de trabajo y se volvía en el tren a su casa. No podía sacarse de la mente la imagen de esta mujer llorando. Le intrigaba el motivo del llanto, una discusión, el fallecimiento de alguien, tal vez la habían despedido del trabajo, o alguien cercano había sufrido algún accidente. Se le podían ocurrir miles de motivos por los cuales alguien que hablaba por teléfono llorase.
Pero esa mirada furiosa lo había hipnotizado. Ojalá hubiera atinado a hacer algo, un mínimo detalle cómo alcanzarle un pañuelo para que se seque las mejillas.
Miraba distraído por la ventanilla, el tren pasaba de estación en estación, faltaba poco para llegar a destino. Estaba cansado por la actividad del día.
Se arrepentía de no haberse acercado a la dama de las lágrimas. Pero por otro lado, era ilógico pensar en acercarse a una mujer en esas condiciones. ¿Qué hubiera hecho? ¿Qué le hubiera dicho?
Cuando se bajó del tren, todavía seguía pensando en aquella desconocida de ojos húmedos. Y con el extraño sentimiento que tendría que haber hecho algo, pero vaya a saber porque no hico nada.
Trató de despejarse en las cuadras que le quedaban hasta su casa. Pero no tuvo mucho éxito en eso. Justo cuando le faltaban unos pocos metros para doblar la esquina y llegar a su hogar, vio a otra mujer que caminaba por la vereda de enfrente llorando. En este caso no hablaba por teléfono, lloraba en la calle igual que la primera.
Tenía que ser una coincidencia, quizás había sido un día complicado para mucha gente, en especial para esas dos mujeres, pensó.
Comió, se duchó y se acostó. El cansancio le ganó a las ganas de pensar y se durmió enseguida.
Se despertó una hora antes que sonara el despertador. Había soñado con la mujer que hablaba por teléfono y lloraba.
En el sueño, la mujer lo paraba por la calle, después de cruce de miradas y le recriminaba porque no la había ayudado. Él no supo cómo reaccionar ante semejante demanda. Le ofreció un abrazo, pero ella lo rechazó.
En la segunda parte del sueño, ella le volvía a hablar, pero esta vez le preguntaba por qué la miraba. Y en un tono amenazante le decía que se fuera o que llamaría a la policía.
Por último, la tercera parte del sueño, ella lo frenaba en la calle y lo abrazaba sin decirle nada y después se iba caminando, sin volver a mirarlo.
No se pudo volver a dormir. Daba vueltas en la cama como una criatura. ¿Por qué había soñado eso? El hecho de haberse sobresaltado en su descanso por un sueño así lo fastidiaba. Cómo podía ser que un simple acto de observación callejera le robara tiempo de su vida. Se negaba a aceptarlo.
Esperó a que sonara la alarma para levantarse. Desayunó de mala gana, y antes de salir de su casa para ir a trabajar, se prometió a sí mismo no volver a mirar a nadie llorando en la calle, por las dudas de volver a perder el sueño.

El derrumbe

Una vez más la incertidumbre se respira en la habitación. Persianas a medio cerrar, las ventanas sin cortinas dejaban pasar la tenue luz de la luna, y su sequito de estrellas, que se escondían sin intención detrás de las nubes nocturnas teñidas por el resplandor de la cuidad.
A penas se oía el transito en la calle, sin embardo, en su interior era todo lo contrario. Las ideas, sentimientos y pensamientos sacudían el transito interno de su existencia.
La distancia entre quien era y quien pretendía ser una vez más se agranda. Pero en esta ocasión pudo ver con sus propios ojos cómo se rompió su espejo interior. Era ella frente a su reflejo resquebrajado, lloviendo en fragmentos al suelo.
Su autoestima estaba dañada, con daños estructurales y corría riesgo derrumbe.
Durante toda aquella tarde, la mampostería de su edificio se había ido desprendiendo de sus paredes exteriores. Todo lo que consideraba algo para apreciar, lo bello de su vida se precipitaba al suelo y se destruía en miles de pedazos. Poco a poco menospreciaba su propia belleza, descartando de sí incluso aquello que todavía seguía sostenido a los muros.
Esa tarde nefasta quería borrarla de su vida. Ojala las lágrimas apretadas contra la almohada pudieran lavar el pasado. Humedecer la tinta del libro de la memoria, para que las palabras tengan menos peso, y con el tiempo sean ilegibles.
Toda esa angustia guardada. Todas esas frases innecesarias retumbando solo para lastimar.
Cuando se había levantado esa mañana, tan feliz, con tanto por hacer, nunca imaginó que ese día estaba marcado en su calendario como el día de su derrumbe personal.
No tenía antecedentes en su memoria de algo similar. Pelearse con su pareja, y terminar, diciéndose muchas cosas hirientes. Todos los reproches de un hombre cansado le habían resultado mucho.
Tal vez tenía razón, ella no era para él. Pero no podía negar lo que seguía sintiendo.
Quizás lo que no esperaba era la actitud de sus mejores amigos, los que le daban la razón a él. Según su amigo, ella lo había ahogado con caprichos y exigencias con las que, ni ella misma, pensaba cumplir. Era lógico que la dejara.
El otro únicamente le dijo:
- Los hombres te dicen que se cansaron cuando no hay forma de remontar la situación, vos no te das idea de todo lo que tiene que pasar para que un hombre diga eso. Sí lo cansaste, mejor olvidarse de pensar en volver.
Nunca antes había sido rechazada, nunca antes le habían corrido la boca cuando buscaba un beso. Tampoco le había despreciado un abrazo.
El viento de la tempestad que vivía dentro y fuera de sí había arrancado las ilusiones como hojas secas del árbol de los deseos.
Su proyección del futuro se desvanecía como la niebla al medio día.

domingo, 24 de octubre de 2010

El caso Foster (Parte II)

Un teléfono verde sonaba arriba de un escritorio de madera de roble con muchos papeles arriba.
En la oficina no había nadie. Sólo había una radio encendida que daba la apariencia de haber gente ahí.
A la sexta vez, una persona de uniforme marrón entro y contestó el teléfono de una manera poco gentil.
La voz del otro lado del teléfono le resultaba familiar, la reconoció al instante, pero la noticia le demudó el semblante.
El comisario Baxter se puso los anteojos de sol plateados, salió de la oficina con el sombrero en la mano, caminó unos pasos por el pasillo hasta los escritorios. Hizo una seña a sus oficiales, no dijo una sola palabra y salió del edificio.
Ya en el auto, informó primero a sus dos oficiales, que estaban en el automóvil con él a cerca de la situación. Luego tomó la radio y dio aviso a las autoridades del condado.
Todos viajaban callados, mirando el desteñido del paisaje de fines de otoño.
Las autoridades tardarían al menos unas cuatro horas en llegar a la finca Foster. El sitio no era inaccesible, pero estaba lejos de la ruta más cercana.
Bill Evans vio acercarse la patrulla por el espejo retrovisor de su camioneta, pero no se bajó del vehículo hasta que uno de los oficiales no se acercó a él.
De inmediato, el comisario se paró junto a él y le comenzó a hacer toda clase de preguntas, al parecer de rutina en esos casos.
Mientras tanto los dos oficiales que acompañaban a Baxter revisaban las instalaciones de la finca en busca de de algo que les pareciera sospechoso. Pero por las expresiones de sus rostros se podía ver claramente que estaban desorientados en esa labor.
Cuando Evans terminó de responder las preguntas, Baxter le pidió que lo llevara al lugar dónde había encontrado los cuerpos.
Entraron juntos, pero en el pasillo era el amigo de Walter Foster él que caminaba adelante. Cuando llegaron a la última puerta del pasillo, el comisario puso un pañuelo en su mano derecha y empujó la puerta con el puño envuelto en ese pesado de tela.
A simple vista los cuerpos parecían acomodados sobre la cama después de haber sido asesinados. El corte en sus cuellos era muy profundo, se podía ver claramente sus gargantas abiertas. El charco de sangre seca se extendía por casi todo el colchón.
El comisario no quiso ver más, ni permanecer en aquel lugar mucho más tiempo, para no ensuciar la escena del crimen.
Miró a Evans y con una leve seña con el mentón le insinuó retirarse del lugar. Evans entendió rápidamente y ambos salieron de la habitación.
Cuando salieron de la casa, los dos oficiales estaban conversando con un periodista local, el único que había en el pueblo. Era el que escribía en la sección de policiales en el periódico del condado. Baxter se molestó mucho con aquel hombre, lo amenazó con arrestarlo si no se marchaba del lugar, y le dijo que al día siguiente le daría la información que necesitaba, pero en la oficina, no allí porque era la escena del crimen.
Evans preguntó si podía irse, pero el comisario le dijo que tenía que esperar hasta que llegaran los investigadores, ellos le dirían cuando se podía marchar. Mientras tanto había que esperar hasta que llegaran.
El periodista miró a Evans, y este le devolvió la mirada, después se subió a su auto para salir de la propiedad Foster y esperar afuera de ella, para ver que acontecía.

El caso Foster (Parte I)

Se levantaba de los confines de la tierra con su voluntad inquebrantable, innegable para toda la creación de Dios. Su luz se escurría entre las ramas sin hojas de los árboles en otoño.
Poco a poco las sombras nocturnas se disipaban, dándole paso a los colores de la naturaleza. Escasos tonos de verde, la tierra del camino era una mezcla de marrón y gris, los pastizales apenas maquillados por un leve rubor verdoso, fruto las primeras heladas antes del invierno. Ya los campos usados para sembradíos tenían su típico color amarillo. Los pocos árboles con follaje le daban apenas un poco de vida al paisaje.
Se escuchaban los primeros cantos de las aves que suelen entonar cuando el sol despierta sus nidos.
La mañana estaba en el momento en el que la claridad no calienta.
El viento había soplado toda la noche, y de día no estaba cansado para seguir haciéndolo.
Todo se encaminaba hacia un invierno más en la finca Foster.
Ubicada en medio de de una vasta llanura fértil, tenía una caballeriza para seis caballos pero había apenas dos, que estaban relativamente flacos. Un granero pequeño de cinco por diez metros, lleno de paja y heno. Un corral de veinte metros de diámetro, aproximadamente, lleno de ovejas. Unas jaulas con conejos. Un gallinero cercado por un alambre no muy alto.
La casa era un gran cuadrado, con una galería cubierta en el frente. Las paredes eran de madera y el techo de chapa acanalada. Adentro había tres dormitorios, pero solo se usaba uno, dos baños, uno pequeño y otro grande. Una cocina modesta y una austera sala de estar.
El detalle a la casa se lo daba el techo pintado de rojo, y los marcos de las ventanas y las puertas exteriores del mismo color.
En la parte posterior de la casa había un tanque australiano que era alimentado por un molino, el mismo que proveía de agua la casa.
Hacía varios días que no había movimiento en aquel lugar. Las puertas y ventanas estaban cerradas.
Cerca del medio día, una camioneta entro por el camino hacia la casa de techo rojo. Era el vecino, Bill Evans, que hacía su visita semanal de los días jueves, para charlar con su amigo de toda la vida Walter Foster.
Cuando llegó a la puerta, le asombró que la galería estuviera llena de tierra y hojas secas. Eso era raro porque la esposa de Walter mantenía la casa muy limpia. Supuso que estaba así porque ella debía estar en cama con algún achaque de salud.
Bill golpeó la puerta suavemente, pero nadie le contestó. Intentó dos veces más pero sin éxito, nadie le atendió.
Eso le pareció un tanto extraño, dado a que su amigo era una persona muy atenta.
Caminó por el costado de la casa hasta llegar a la parte de atrás. La camioneta de los Foster estaba ahí, con las llaves puestas, como siempre. Los animales estaban todos en sus respectivos lugares, corrales y establos. El único que faltaba era el perro, Linus. Bill pensó que la mascota estaría adentro como era costumbre.
Volvió a la puerta del frente, y golpeó nuevamente. Otra vez nadie atendió.
Solamente por curiosidad, pero un poco asustado, decidió entrar a la casa para ver si estaban ahí.
Cuando entró, vio que la sala estaba en orden, la cocina también, pero las paredes guardaban un extraño olor rancio.
Caminó por el pasillo que da a los cuartos, el primero, estaba cerrado con llave, el segundo tenía la puerta abierta de par en par y estaba totalmente vacío.
El último cuarto al final de pasillo tenía la puerta entre abierta, caminó aun más despacio hasta llegar a pocos centímetros del umbral, su corazón latía fuerte, casi se podía escuchar fuera de su cuerpo, empujo la puerta con un dedo, y allí vio sobre la cama matrimonial, los cuerpos de Walter y su esposa con la garganta cortada.
La escena lo paralizó.
Cuando por fin recobró la noción de las cosas, salió del cuarto. Trató de calmarse y pensar en lo que debía hacer. Inmediatamente fue a la sala, tomó el teléfono y llamó a la policía para informar de la situación.

viernes, 22 de octubre de 2010

Sabios egoístas

En aquella despedida me encontré conmigo mismo. El entendimiento del propio ser a partir de la soledad. Una libertad encausada al egoísmo, aparentemente, pero no es así. Egoísmo sería obligar a alguien a querer cuando ya no quiere querer.
Por otro lado, existe el egoísmo en la soledad, cuando se priva a los demás de nuestra compañía.
Sin embargo, nadie puede obligar a otro a no ser egoísta.
A veces, es necesario ser egoísta, porque cuando nadie piensa en uno, es mejor ser un poco egoísta. El equilibrio entre lo que quiero, y lo que los demás quieren; entre lo que quiero de otros y otros quieren de mi.
Las despedidas parecen, de lejos, un encuentro egoísta de dos personas que se dicen adiós, cuando en realidad es el justo equilibrio de las cosas.
El egoísmo de la otra persona, o el de uno mismo, es el que no deja partir al otro. O lo que supuestamente hace que la gente se extrañe.
Puede ser que el extrañar, también, tenga su principio en un egoísmo no desarrollado, es decir: “se extraña a alguien que ya no está, y se extraña porque existe la ilusión que esa persona vuelva”.
Claro está, que se puede extrañar de formas más sanas, o bien no hacerlo, pero todo eso es una cuestión de decisión, acerca de qué hacer después del adiós.
Los egoístas se encuentran para despedirse, y para saludarse a sí mismos y a sus propias vidas nuevamente.
Aquellos que saben decir adiós por un bien mayor, el suyo propio, son sabios egoístas.

martes, 19 de octubre de 2010

Sin acompañantes

La difícil sensación de extrañar, sin destinatario. ¿Qué se extraña cuando no hay nadie para extrañar?
Días de soledad, mañanas de incertidumbre, tardes sin charlas, noches para estar ocupado en otras cosas, ajenas a uno mismo para no pensar.
El hábil engaño de los mismos sentimientos que están en disputa con la racionalidad de buscar la paz en la tranquilidad. Que no es lo mismo que la soledad.
La parte difícil, era, aparentemente, permanecer en silencio. Resulta fácil permanecer así para los demás, pero en el interior los intereses debaten sí es lo mejor.
La compañía cansa, la ausencia también.
Siempre hay un buen motivo para estar sin acompañantes, cuando estos son personas que hacen daño.
Pensamientos como estos eran los que Magdalena resucitaba cada vez que tenía que salir de su casa para ir a algún evento, en este caso un casamiento.
Cuando tenía que elegir que ponerse, lo hacía sin ganas, porque le faltaba un motivo, o alguien que motivara su buen vestir.
No por eso, iba mal vestida pero sí lo hacía a desgano.
Fruto de sus fracasos, miedos que fue juntando con los años, de experiencias propias y ajenas, le hacían pensar que las relaciones, las buenas la esquivaban.
Se sentía carente de fortuna para el amor. Muy distinto a su hermano y hermana mayor, quienes ya estaban casados, tenían hijos y aparentemente vivían felices. Con peleas como todo el mundo, pero al menos, tenían a alguien con quien pelear y amigarse. Eso era importante.
Sus padres llevaban treinta y seis años de matrimonio. No todo fue color de rosa, pero se tenían el uno al otro. Y así habían logrado pasar las peores crisis, desde las económicas hasta las emocionales.
Después de tanto tiempo juntos, ella los tenía como su ejemplo más fiel de lo que las relaciones debían ser.
Esta vez no había ido a la peluquería, decidió plancharse el pelo ella misma. No había excusa para eso, tenía el tiempo y el dinero. Tal vez la dejadez y el desgano le habían ganado, no por primera vez, pero sí para arreglarse.
Al menos se había comprado un vestido nuevo, tampoco era repetir vestido. Los zapatos tenían solamente dos posturas, casi nuevos.
Había comprado un vestido sencillo, color naranja clarito, le combinaba con la piel, ni muy pálida ni muy tostada. Una base liviana de maquillaje, que casi parecía al natural. No realzaba sus rasgos.
Ojos ámbar, manos delicadas, piernas delgadas y hombros pequeños. Así se describía ella.
Este, no era el primer evento sin acompañantes. Era el tercer casamiento que iba sola. Después de un par de años de salir con el primero que se lo proponía. Le pareció más acertado estar un tiempo en soledad. El problema era que se había acostumbrado a eso, a estar sola. Sufría menos, decía.
En el fondo, la soledad le era una carga, porque después de tanto tiempo sola, creía que no tenía nada para dar, nada que brindar a otros, que nadie disfrutaba de su compañía.
Ya estaba en la puerta, dispuesta a entrar. Cambió su cara, y a disimular una vez más una vida sin acompañantes.

Nuestros propios frutos

Desperté cuando el sol ya estaba arriba. Me llamó la atención que el resplandor también iluminara la sombra bajo la cual estaba.
El follaje verde oscuro me cubría la humedad de la noche y de la fuerte luz del medio día. Cerré los ojos y agradecí al cielo por mi árbol una vez más.
Me puse en pie y caminé alrededor, todo estaba como el día anterior. La emoción de la normalidad de llenó de satisfacción.
No recuerdo cuando, sé que fue hace mucho tiempo, una mañana abrí los ojos y estaba recostado sobre las raíces de un árbol no muy grande. No tenía a donde ir. Instintivamente decidí permanecer donde me encontraba.
Cuando fue terminando la primera temporada cálida, tuve que decidir permanecer allí o buscar otro lugar, pero la intriga de saber qué pasaría si me quedaba me venció.
El primer otoño fue raro, no sabía qué hacer, poco a poco las hojas se fueron desprendiendo de las ramas, así descubrí que no era un árbol perenne. Junto con árbol me vi sujeto a la voluntad del clima. Así fue como el primer invierno viví el mismo frío que cualquier otra criatura bajo el firmamento.
Con el paso de los años, me fui acostumbrando a estar sujeto a las estaciones, a las noches calurosas sin viento, las tardes con sombra y en soledad, mañanas de respirar el rocío sobre el pasto, noches en las que la brisa hacía bailar las hojas de tal manera que se podían ver las estrellas.
La primera tormenta con lluvia y viento fuerte me hizo entender que los dos compartíamos la misma fortuna. Todos los que viven bajo el cielo están sometidos a los caprichos del viento.
Esa tormenta perdió muchas hojas, con un saldo de varias ramas rotas. Casi fui golpeado por una de ellas, pero un fuerte silbido me advirtió del crujir que hacen las ramas antes de quebrarse.
Todavía mojado y con el frío que las corrientes de aire producen en la ropa mojada vi las estrellas después de la tormenta.
Vivo de los frutos del árbol, de mi árbol. Hay temporadas buenas y otras no tanto, pero no me falta nada. Los productos dependen de cada estación.
No es ni el más grande ni el más pequeño del bosque. Lo que llama la atención es el color del verde, que a medida que se mira hacia la copa se va aclarando.
Lo que hace único a este árbol, es que vivo bajo su sombra. Pero no solo yo vivo bajo la sombra de uno de ellos en este bosque.
Todos aquí cuidamos un árbol, todos aquí somos un árbol, que da frutos, da sombra, sufre con las tormentas y el viento, y estamos sujetos a las buenas y malas temporadas de la vida. Crecemos con el tiempo buscando acercarnos a las estrellas de la noche, recibiendo fuerzas del sol, nutriéndonos de la tierra. Vivimos de nuestros propios frutos.