jueves, 28 de enero de 2010

La vida es el ejercicio del corazón.

“Mi corazón es un músculo sano pero necesita acción”
Andrés Calamaro.


Quizás sea el músculo más importante de todo el cuerpo humano. En algunas ocasiones, cesa momentáneamente su labor, lo que los médicos y nosotros conocemos como infartos. En otras ocasiones luego de un incidente de estos, el corazón, deja de latir, y nadie responde a su último tuc tuc en la puerta de la esperanza.
Pero como todo músculo, cuando este se mueve se ejercita. Y todo ejercicio muscular produce que este se tonifique.
Amar y ser amado; odiar y ser odiado; perdonar y ser perdonado; olvidar y ser olvidado; soltar y ser libre; son algunos de los muchos ejercicios que realiza.
Pero el corazón, también, es el único músculo capaz de guardar recuerdos, esos recuerdos que pueden ser su combustible para seguir adelante, recuerdos que quizás nunca vuelvan a ver la luz del sol, o simplemente recuerdos como un libro de cuentos olvidado o pasado de moda. Pero no se van a ningún lado, siguen ahí, y van a estar ahí.
Al corazón nadie le enseña como tiene que hacer estas cosas, aprende, y aprende viviendo.
La vida es el ejercicio del corazón.
La Compañía, la soledad; el amor, la decepción; la alegría, la angustia; la nostalgia, el olvido; la pertenencia, el desarraigo; por encima de todas estas que parecen disciplinas olímpicas para nuestro músculo favorito una de las más exigentes es el ejercicio para sobrellavar la desilusión.
Todos los corazones pasan por estos ejercicios, algunos más que otros, algunos son más fuertes y otros más débiles, independientemente de la cantidad ejercicio que deban hacer, esa es su condición natural.
Y cada uno de ellos lleva su propia carga, todo lo que les va dejando la vida, todo lo que la misma les va quitando.
Como una partitura, sus notas y silencios, ese contraste, esa armonía, así se equilibra la carga del corazón entre los buenos recuerdos y los otros.
El corazón no es solo un depósito de emociones, es el creador de ellas y de las pasiones, sin las cuales los días no tendrían sentido; y si bien la vida sin pasiones seria mas fácil, sin ellas seria totalmente aburrida.
La vida enseña para que sirve el corazón, pero cada uno elige ejercitarlo como quiere.
Aprendemos por ensayo y error, tropezando dos veces con la misma piedra. Aprendemos viviendo. Y el corazón aprende de la vida.
El corazón necesita de todo eso, de lo bueno y de lo malo para vivir, para aprender, para ilusionarse, para enamorarse, y después para caer en la desilusión, en el des amor, recuperarse del tropiezo para volver a empezar; después de todo el corazón es un músculo sano, que no puede vivir sin acción.

domingo, 22 de noviembre de 2009

La excusa.

“Cuando pudo no quiso, porque cuando quiso no pudo; y así por un mal querer perdió su buen poder”.
San Agustín de Hipona.

Vivir es una decisión en sí. La vida esta plagada de decisiones, cada momento, cada circunstancia es una decisión distinta. Son ellas las que nos hacen ser, son nuestras decisiones las que les dicen al los demás quienes somos, siendo así, definidos por ellas.
Dentro de todo ese mundo de las elecciones, los vicios más comunes de los vivientes son los caprichos. Poder y no querer, es un lujo que, solo las criaturas capaces de razonar pueden darse. Es preferible equivocarse en la elección a no optar por ninguna posibilidad. El que se equivoca, es pacas de aprender y a la vez de comprender más de su propio entorno. Sin embargo quien o quienes no hacen uso de su capacidad de elección, se privan de aciertos y errores, que, más que condimentos de la vida, son una suerte de contrapeso de la misma.
En la vida existen dos clases de personas, las que tienen iniciativa propia y las que no la tienen. Los que esperan el momento junto para actuar, y los que actúan en el momento justo. Nunca va a llegar el momento justo para actuar. Se puede pasar toda la vida esperando y esperando. Esa es una posición muy cómoda, mientras se espera a que se acomode todo en derredor se pierde tiempo. Las oportunidades se generan, se persiguen y se alcanzan, pero no se esperan.
Actuar en el momento justo es tomar la iniciativa, decidir que hacer ante las situaciones, y no permitir que las situaciones decidan por nosotros.
Para los impulsivos que tropiezan con sus errores, el tiempo va menguando sus ganas de dejarse llevar por la pulción del momento. Mientras el miedo a equivocarse va creciendo en ellos, sus oportunidades caen al suelo como pétalos marchitos de una flor sin agua.
Por otro lado, querer y no poder, es más común. Lo trágico de dicha situación, es saber que desperdiciamos la oportunidad de hacer. Sea por falta de decisión, por capricho o por algún factor externo, que nos condicionó o nos condiciona, es algo que nos acompañara el resto de la vida casi como una incógnita de lo que pudo haber sido y no fue.
Si de algo debemos preocuparnos en la vida es de no permitir que nuestros caprichos minen u obstruyan nuestra capacidad de decisión y elección.
Si alguna vez la culpa late en tu pecho, que sea por haber hecho algo, y no por la desazón de dejar pasar las oportunidades.
La historia recuerda a quienes, con éxitos o fracasos, escribieron en sus páginas sus actos.
Mediocre no es quien se equivoca, sino el que cae preso del miedo a equivocarse. Y así, la excusa justa de un perfeccionista, es el miedo a equivocarse.

El traje de un poeta.

“Es mejor la más débil de las tintas, que la memoria mas brillante”

Existen historias que merecen ser contadas. De las cuales debe permanecer un testimonio firme, fidedigno, presto a ser utilizado como evidencia del pasado. Historias útiles a otros, ya sea por la experiencia intrínseca en ella o por su capacidad de llevarnos a la reflexión.
También existen otras historias, quizás menos interesantes o no, las que no tienen final feliz, de las que a veces es preferible no hablar, son aquellas que quien las cuentas no disfruta de hacerlo. No por esas razones, éstas, las menos virtuosas de las historias, deben encontrar en el olvido un reposo perpetuo.
Un hecho se transforma en una historia, cuando es contado, cuando es repetido una y otra vez. Así y todo, solo llegan a trascender en el tiempo aquellas que son escritas. Escribir, como forma de expresión, es la forma más fiel que el ser humano tiene para preservar en el tiempo sus sentimientos, sus emociones, sus pensamientos. De esta manera, quienes escriben, juegan a ser filósofos sin serlo, descargando letra tras letra pensamientos brindados por alguna epifanía personal, o como fruto de un pensamiento que germino, y de repente la verdad se mostró radiante iluminando el camino. Aquellos que sufren emplean las palabras para vestirse de poetas, encontrando en frases o rimas parafraseadas la expresión justa de su corazón en momentos de aflicción.
De este modo, con el traje prestado de filósofos y poetas, los simples somos capaces de compartir algunas de nuestras historias, pensamientos, sentimientos o anhelos.
Todos tenemos la necesidad de contar una historia, nuestra historia, como una señal a la posteridad de que caminamos alguna vez por esta tierra. Dejar rastro de nosotros a otros. Decir algo que permanezca, al menos una frase que retumbe en los pasillos del recuerdo. Que esos instantes de lucidez comunicativa muestren a los demás quienes fuimos y que hicimos, nos entiendan o no, lo compartan o no, les guste o no, esta débil tinta venció al tiempo.

domingo, 11 de octubre de 2009

La paz no tiene metáforas.

Mientras el viento recorría de forma ágil, pero vigorosa, tu rostro, cerraste los ojos. La sensación de libertad se hizo presente en tu vida como no ocurría desde hacia meses.
Eso fue libertad. Pero esa paz duró lo que duran las brisas matinales de los finales de verano. Ahí la pregunta, ¿el viento se llevo la paz? ¿O el viento como una metáfora de la naturaleza, hace recordar ese sentimiento alguna vez vivido?
No existe ni siquiera uno de los mortales que sea como el viento. Sabemos de donde salimos y donde terminamos. Y, ojala, fuéramos invisibles como él a la hora de atravesar situaciones incomodas y evitar pasar vergüenza.
La libertad y la paz van de la mano, casi como hermanas mellizas. Conviven en el corazón del hombre, no pueden existir separadas.
Así es como el hombre siente paz cuando es libre, y se siente libre cuando tiene paz.
Son tus decisiones las que te acercan o te alejan de la paz. Son tus propios pasos lo que pueden conducirte a la libertad o privarte de la misma.
Tus elecciones trazan una ruta de vida, eligiendo las llanuras más prometedoras a la distancia, las que, tal vez, al acercarse se descubren como tierras áridas y secas, el engañoso contraste de verdes se destiñe ante una realidad adversa. O enfrentando caminos serpenteantes a las laderas de las montañas. Caminos que requieren más del cien por ciento de tu esfuerzo para lograr llegar a destino, pero que en el transcurso del viaje descubriste las mejores vistas de tu vida hasta ese entonces.
Mirando hacia atrás no hubieras cambiado por nada la aventura cuesta arriba, porque cuando estabas en la sima de la montaña fuete el primero del valle en ver el amanecer, el sol y su imparable ascenso hasta la sima. En ese momento el viento, sin previo aviso, volvió a empujar tu cuerpo inundándolo de es sentimiento grato de libertad.
Valles y montañas contrastan en las elecciones de nuestra vida, como lo hacen las buenas y las malas decisiones.
Solo hay un camino y una verdad para llegar a ser libre y gozar de la paz que sobrepasa todo limite.
Algunos gustan de una inevitable verdad; otros de la verdad inevitable. Puntos de vistas pasados por el prisma de las percepciones, y la infinita discordia definida por San Agustín entre quienes buscan tener razón y los que buscan la verdad.
La gran y única verdad de la vida: solo existe un camino para encontrar paz.
Otra vez cerraste los ojos y esperaste el viento en el rostro para sentir un poco de paz. Pero ese paliativo no llego, el brillo seco del sol en tus ojos cerrados parece cegarte. Y no hubo viento.
La libertad es una elección de basada en las decisiones de tu vida cotidiana. El viento es una metáfora de la libertad. Pero la paz no tiene metáforas. Su ausencia si.
Esta en los valles, esta en las montañas, no depende del lugar, no depende de las personas, no depende del tiempo, no depende de tu velocidad al avanzar. La paz esta en las decisiones correctas.

lunes, 5 de octubre de 2009

No existe la soledad absoluta, siempre que exista la familia.

Una noche de eterna soledad. Esos momentos en los que ni siquiera podemos sentir el suave viento de los últimos meses del año deslizándose por nuestra humanidad. Pensar en la soledad no es una opción, menos una elección. Solos por exclusión, por abandono, por olvido o simplemente porque las distancia con los demás se agrandó y creció hasta tener identidad propia. Una persona de entidad ausente que aleja a los demás simulando acompañarnos, pero no lo hace. Soledad.
En esa relación sin diálogos, entendemos que el silencio es su lenguaje universal. Cualquiera que haya caminado con ella, va a saber entenderla, hasta asimilarla, pero pocos traducen esos diálogos nocturnos de abandono en uno mismo.
Aceptar los momentos sin compañía, sin gente, pero con ella. Puede llevarnos a la trampa fatal de creer que es la única que nos acepta tal como somos. Bajo el pretexto que no dice nada, parece estar callada. Y nuestros pensamientos retumban como un eco en su interior, diciéndonos lo que queremos escuchar, devolviéndonos las mismas notas de nuestra canción de lamento, repitiéndolas de memoria hasta el cansancio.
De melodía triste, casi hipnótica. Nuestros propios versos de desgracia y desanimo parecen cobrar peso solo en sus labios, endulzando nuestros oídos, cayendo en el engaño de estar alejado de los demás.
La peor trampa que podemos tendernos a nosotros mismos es vivir en la mentira de creer que estamos solos, andamos solos, vivimos solos, que no somos aceptados. Encontrando la auto compasión en la soledad.
No nacimos para estar solos, pero primero debemos aprender a aceptarnos tal cual somos nosotros, para poder aceptar a los demás. Entendiendo los momentos de soledad, valoramos más la compañía de nuestros pares.
No existe la soledad absoluta, siempre que exista la familia, siempre que están los amigos, aunque lejos, pero están. El núcleo primario, el seno que nos vio nacer y crecer no nos abandona. A pesar de todo nos acepta tal como somos. Para aceptarnos, primero hay que aceparlos, una casa dividida no prevalece. Aceptar su compañía, y acompañarlos, eso es familia. Esa unidad inexpugnable, ese castillo sobre la roca, que la soledad no se atreve a atacar, pero siempre va a susurrar sus canciones desde lejos. Con la intención de atrapar algún desprevenido que no entienda que no esta solo.

domingo, 4 de octubre de 2009

Los unicos que sufren

"Si no tenes nada bueno para decir, no lo digas"


Las manos llenas de preguntas y bolsillos abarrotados de quejas. Una tormenta de ideas signada por el mal clima interno, antes que por las ideas. Y en esos momentos complicados de contractura mental y espiritual, no tenemos otra intención que pararnos delante del que está Sentado a pedir explicaciones de nuestra desgracia.
Imaginarnos una situación así, podría resultar fácil, lo difícil debe ser imaginarnos una respuesta.
Mientras las quejas caen solas de nuestros bolsillos. Las manos se aflojan perdiendo fuerza, dejando caer las quejas que se escabullen como un puñado de arena seca. Él sigue sentado, mirándonos como un padre, con la tranquilidad que solo los padres tienen. Esperando que su hijo deje de sollozar para poder consolarlo.
Esos son nuestros peores momentos, donde cualquier cosas puede salir de nuestros labios, sin importar el destinatario o el motivo, defendernos con un ataque.
En ese esfuerzo de guardarnos en nosotros mismos, lastimamos a los demás, los que nos quieren y cuidan.
“Si no tenes nada bueno para decir, no digas nada”. Aunque cueste, limitarse a ser agradecidos, es el mejor bálsamo para aliviar un corazón asediado por el pesimismo, la angustia y a la amargura. El agradecimiento nos lleva a pensar en lo que tenemos y no en lo que nos falta; en lo que conservamos después de la tempestad y no en lo que las olas, como las malas situaciones, arrastraron mar adentro. Siempre queda gente que nos quiere, que nos ama, sin importar el tamaño de las olas. Aquellos a quienes la fuerza de los vientos no llevo para otro lugar. Los amigos más fuertes que las tormentas.
Así como el sol sale sobre buenos y malos, nadie queda exento de tormentas así. Para todo el que se aventura en las aguas de la vida. Ni por más bien que sepas llevar la nave de tu existencia, vas a poder evitar las nubes oscuras de los momentos tristes.
Cualquier momento y lugar es bueno para ser agradecido. Aun en los momentos más incómodos e inoportunos hay cosas buenas que la gente hace por nosotros. Quizás no pensando en uno mismo, pero si por los nuestros, dar gracias por ellos. Por el principal, Él.
Tenemos todo el derecho de estar enojados, por lo que sea. Pero de ninguna forma tenemos derecho a lastimar por estar enojados, frustrados o decepcionados. Siempre es preferible callar antes que lastimar. Todos alguna vez tuvimos las manos llenas de preguntas y los bolsillos abarrotados de quejas.
No se sufre en secreto por vergüenza, no es ocultar lo que uno piensa o siente, es esperar el momento indicado pera decir lo correcto, para no pensar siempre que somos los únicos que sufrimos. No somos los unicos que sufrimos, pero podemos evitar que otros sufran por nuestras palabras.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Almendras amargas

"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba el destino de los amores contrariados....Aunque el aire de la ventana había purificado el ámbito, aun quedaba para quien supiera identificarlo el rescoldo tibio de los amores sin ventura de las almendras amargas.”
Estracto de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.

En una comparación entre nuestros cinco sentidos, dado que cumplen funciones diferentes ninguno es más importante que otro, pero sí ninguno puede suplantar al otro. Es decir, que la vista suplante al tacto, o el gusto al oído.
Por nuestras propias vías no podemos anular nuestros sentidos, podemos atenuarlos. Algo esta a nuestro alcance pero no lo tocamos, o no lo miramos, o no lo comemos, hasta podemos tapar nuestros oídos; pero no podemos dejar de percibir aromas.
Ésta es la gracia del fragmento anterior, la irrevocabilidad del sentido que nos permite discernir los aromas. Así como cuando pasamos por un lugar pestilente no podemos evitar llevarnos la mano a la nariz para taparla sin éxito alguno, sabiendo que es imposible no percibir.
¿Cómo algo tan grato como el olor de las almendras transforma en algo desagradable? Es sólo el proceso de descomposición natural de las cosas, o también el descuido involuntario, eso sin mencionar el descuido premeditado. Cualquiera de estas situaciones responde al ciclo natural de las cosas que no duran para siempre, no existen las almendras perennes.
Una cualidad que distingue al sentido olfativo es su gran memoria, capaz de reconocer perfumes en el cajón de los recuerdos, y así hacer revivir un recuerdo, una persona, un momento. No discrimina si el momento fue de los buenos o de los otros, sólo los trae, los acerca sin quitarle el polvillo del tiempo pero con su perfume característico intacto.
Aun cuando los vientos del tiempo desdibujan rostros, se llevan frases en sus remolinos y su susurro al oído arrastra palabras al olvido, es el mismo viento el que nos acerca esa fragancia de recuerdo, de pasado, de lo que fue y no es.
De la misma forma que los aromas no se pueden cambiar y su recuerdo es tan firme como el presente. Los aromas de los amores contrariados son amargos. Sólo el tiempo disimula la intensidad de las voluntades que no se pudieron poner de acuerdo, que cedieron al ciclo natural de las cosas, en el cual los elementos descuidados se corrompen, pierden la esencia de su verdadero significado, dejando de ser una misma cosa y asemejarse a un cuerpo desmembrado.
Y es inevitable, también, para los que saben reconocer, no darse cuenta cuando el rescoldo ha dejado de ser tibio.