"Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba el destino de los amores contrariados....Aunque el aire de la ventana había purificado el ámbito, aun quedaba para quien supiera identificarlo el rescoldo tibio de los amores sin ventura de las almendras amargas.”
Estracto de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.
En una comparación entre nuestros cinco sentidos, dado que cumplen funciones diferentes ninguno es más importante que otro, pero sí ninguno puede suplantar al otro. Es decir, que la vista suplante al tacto, o el gusto al oído.
Por nuestras propias vías no podemos anular nuestros sentidos, podemos atenuarlos. Algo esta a nuestro alcance pero no lo tocamos, o no lo miramos, o no lo comemos, hasta podemos tapar nuestros oídos; pero no podemos dejar de percibir aromas.
Ésta es la gracia del fragmento anterior, la irrevocabilidad del sentido que nos permite discernir los aromas. Así como cuando pasamos por un lugar pestilente no podemos evitar llevarnos la mano a la nariz para taparla sin éxito alguno, sabiendo que es imposible no percibir.
¿Cómo algo tan grato como el olor de las almendras transforma en algo desagradable? Es sólo el proceso de descomposición natural de las cosas, o también el descuido involuntario, eso sin mencionar el descuido premeditado. Cualquiera de estas situaciones responde al ciclo natural de las cosas que no duran para siempre, no existen las almendras perennes.
Una cualidad que distingue al sentido olfativo es su gran memoria, capaz de reconocer perfumes en el cajón de los recuerdos, y así hacer revivir un recuerdo, una persona, un momento. No discrimina si el momento fue de los buenos o de los otros, sólo los trae, los acerca sin quitarle el polvillo del tiempo pero con su perfume característico intacto.
Aun cuando los vientos del tiempo desdibujan rostros, se llevan frases en sus remolinos y su susurro al oído arrastra palabras al olvido, es el mismo viento el que nos acerca esa fragancia de recuerdo, de pasado, de lo que fue y no es.
De la misma forma que los aromas no se pueden cambiar y su recuerdo es tan firme como el presente. Los aromas de los amores contrariados son amargos. Sólo el tiempo disimula la intensidad de las voluntades que no se pudieron poner de acuerdo, que cedieron al ciclo natural de las cosas, en el cual los elementos descuidados se corrompen, pierden la esencia de su verdadero significado, dejando de ser una misma cosa y asemejarse a un cuerpo desmembrado.
Y es inevitable, también, para los que saben reconocer, no darse cuenta cuando el rescoldo ha dejado de ser tibio.
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