viernes, 1 de octubre de 2010

Matute

Un día más y él se abrochaba el abrigo, viejo y percudido. Todavía estaba sentado en el piso de la estación, había dormido con una bolsa como almohada. El sol se había levantado antes que él, pero la gente que se levantaba antes que ambos ya estaba caminando por todos lados.
Desde su perspectiva, sentado en el piso con los ojos medio pegados por el sueño sin limpieza, todos caminaban rápido, si él no juntaba sus piernas seguramente lo iban a pisar.
Llevaba un pantalón de traje que en algún momento de su vida le quedaba bien, pero después de haber perdido varios kilos, usaba con un cinturón al que ya le había hecho tres agujeros improvisando con un tenedor.
Los zapatos eran relativamente nuevos, se los habían dado unas personas del Ejército de Salvación. De cuero gastado por los años, la suela estaba casi lisa, pero al menos no estaba descalzo.
Tenía puestas dos remeras y una camisa debajo del abrigo de lana.
El resto de su ropa y algunas de sus pertenencias, o todas ellas, estaban en la bolsa que sostenía en su mano izquierda.
Cuando más o menos en tránsito de los peatones menguó decidió levantarse.
Solo tenía olfato para el olor a limpio, como él decía, y para la comida. Sentía en el aire los distintos aromas de los desayunos al paso, el café recalentado, hasta las medias lunas que parecían barnizadas tenían una fragancia muy tentadora.
Pero eso estaba lejos de su alcance, por el momento. Su amigo, el del quiosco de diarios, estaba de vacaciones. Él era el que le conseguía un poco de café caliente por la mañana y con suerte algo para picar al medio día, a cambio, le cuidaba el puesto de noche y le limpiaba el espacio por las tardes.
Ahora tenía que rebuscárselas de otra manera, pidiendo a algún comerciante de la estación o también podía probar suerte con alguna persona que pasara caminando.
No sabía qué día era, ni que mes. Tampoco sabía cuántos años tenía, desde que había perdido su documento, lo único que recordaba de sí era su nombre completo: Felipe Edgardo Rivas. Sin embargo en la estación se lo conocía como “el viejo matute”. Apodo que le fue adjudicado después de haber ayudado a un oficial de policía a detener a un carterista.
El viejo matute, antes de ser un linyera, vivía en General Villegas, y era medico. Pertenecía a una familia acomodada de esa pequeña ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires.
Una tarde como cualquier otra, él volvía del hospital a su casa, su esposa y su pequeña hijita de ocho meses lo esperaban en la puerta.
Vaya a saber el cielo porqué, su esposa decidió cruzar la calle para recibirlo, lo hizo sin mirar, no vio que venía un auto a una velocidad considerable.
El auto las envistió quitándoles la vida en el acto.
Lloró a gritos en la calle junto a los dos cadáveres, hasta que por el cansancio de quedó sin fuerzas, no podía moverse. Sus familiares y amigos lo llevaron a la casa.
No fue al entierro. No salió de su casa por dos meses, los más cercanos lo visitaban, le llevaban comida, lo atendían.
La casa era un desorden, estaba sucia por todos lados.
Una mañana de enero, se fue de su casa, caminando por la calle, luego por la ruta, solo se había llevado su documento.
El abandono de su persona era extremo, al momento de irse, llevaba una semana sin ver una ducha.
Desde ese día Matute vive en un hotel de mil estrellas, las calles, los bancos de las plazas sostuvieron su cabeza muchas noches, hasta que reparo en la estación Federico Lacroze. Él dijo una vez, un hombre pierde todo lo que tiene cuando deja de tener cosas en el corazón. La última vez que tuve algo en el corazón, estaba muerto en la calle. No tuve fuerzas para vivir, no tengo valor para dejar de hacerlo.

Los girasoles (Parte IV)

Era la hora de estar en la fiesta de compromiso de su prima, pero Victoria recién se estaba cambiando, todavía le faltaba maquillarse, mínimo tenía como para media hora más en el departamento antes de salir.
Después de deliberar un momento con ella misma que ropa usaría, fue el turno del maquillaje, que, sí o sí, debía combinar con la ropa.
Cuando terminó, aparentaba un estilo casual, nada fuera de lo común, pero que a ella le había costado bastante elegir.
Salió a la calle, caminó un par de cuadras hasta la avenida para buscar un taxi, la manera más rápida y menos económica de viajar, porque tenía que ir medio lejos. Ya no importaba, llevaba tarde. ¿Y cuántas veces se iba a comprometer su prima? Pensó. Después de eso se rió sola, una sola, cuantas veces más, era un gasto importante eso de casarse, como para gastar dinero en eso una sola vez en la vida.
Siempre le pasaba lo mismo, cuando necesitaba un taxi no le paraba ninguno, y eso que no era día de lluvia.
Después de unos minutos al fin paró uno, abrió la puerta y le dijo al chofer que tenía que ir lejos, de capital a provincia, para ver si no tenía inconveniente en hacer el viaje. El chofer le dijo que no, entonces subió.
Mientras iba en el taxi, se dedicó a mirar a la gente que andaba en la calle a esa hora, algunos paseando el perro, otros caminando con ropa deportiva y parejitas caminando lento.
El último grupo la hizo extrañar las épocas en las que tenía a alguien al lado, seguramente para muchas personas caminar solas no les afecta en lo más mínimo, pero para ella eso era importante, andar a la par con otra persona mientras caminaba.
Entre tanto trataba de distraerse mirando por la ventanilla, el taxista le dio charla.
- ¿Va a una fiesta, no? – Dijo el taxista.-
- Sí, de compromiso.
- ¿Usted es la que se compromete?
- No, mi prima. ¿Estamos lejos de la dirección que le di? – Preguntó Victoria con aire inquieto por las preguntas.-
- Estamos a dos cuadras, ya llegamos.
Llegó a la puerta, pagó y salió del auto cerrando la puerta delicadamente, pero no cerró, así que tuvo que volver a cerrar, pero esta vez un poco más fuerte.
Se acercó a la puerta, tocó timbre y la atendió Santiago, el novio de su prima.
Pregunto por su prima, mientras su primo político le alcanzó una copa.
De repente se escucho un leve grito y Victoria giró para ver, era ella, la agasajada. Se abrazaron, y comenzaron a caminar hacia el jardín donde estaba la familia.
Se acercó y saludó uno por uno a todos con un beso. Estaban los primos, su hermana, sus papás, sus tíos y los abuelos.
Ninguno le preguntó el porqué del retraso, ya la conocían, la única que resaltó el detalle del tiempo fue la abuela, persona con la que Victoria guardaba cierta distancia debido a algunos comentarios que le había hecho, pero con buena comunicación, después de todo era su abuela y a pesar de no compartir los mismos pensamientos, la quería.
Al rato, cuando tenía la segunda copa por la mitad, preguntó dónde estaba el baño. Le indicaron cómo hacer para llegar, pero pidió que le explicaran de nuevo porque había que pasar varias puertas y no quería perderse.
Entró en la casa, caminó por el pasillo que estaba entre la sala y el comedor, y encontró el baño.
Cuando salió, volvió a por el mismo pasillo, pero se detuvo frente a lo que parecía un despacho, allí vio algo que le cautivo la atención poderosamente.

Los girasoles (Parte III)

La noche estaba a penas fresca, prácticamente ideal. Martín llamó a Santi para preguntarle como tenía que ir vestido, porque le daba pereza ponerse un traje. Su amigo le dijo que había que ir de elegante sport, pero bien arreglado, intercambiaron un par de chistes por teléfono y después cortó.
Buscó la camisa menos arrugada, la planchó como pudo, lo mismo hico con un pantalón de gabardina. Eligió un suéter que combinara con la camisa y ya se daba por arreglado para el evento, pero antes de salir, ya con las llaves puestas en la puerta, se dio cuenta que no se había puesto perfume, volvió al cuarto, pensó en cuál sería el más adecuado para la situación y se decidió por uno que le había regalado una amiga para su cumpleaños.
Llegó temprano, uno de los primeros. Estaban los familiares, casi todos, él era el primero de los amigos que se hacía presente.
Saludó a su amigo con un abrazo fuerte y a su prometida. Charló un rato con Santi, después con los viejos de este. La casa la conocía hacía tiempo, pero el último año le habían hecho refacciones, agrandaron algunas habitaciones y rediseñaron la estancia.
- ¿Viste cómo quedó la sala? – Dijo el papá de Santi – Nos costó un Perú, pero al final quedó como quería la Doña.
- Sí, lo felicito. El lugar quedó hermoso, más grande, más luminoso.
- Che Martín ¿Vos solari todavía o vas a hacer cómo mi hijo que de la noche a la mañana sale con que se casa? – termino la frase y largó una carcajada. –
Otra vez el mismo tema, debe ser el día, pensó Martín.
- Y yo… – Puso cara de pensativo. – Mejor solo que mal acompañado ¿no? – se rió. – En realidad no hay candidata, no por el momento, por más buena voluntad que le ponga, no tengo tiempo con el trabajo y demás menesteres, se me complicaría una relación.
- Es cuestión de querer Martín, siempre es cuestión de querer.- Hizo una pausa. - Pero te entiendo, a veces no hay tiempo.
Hasta Martín se pudo dar cuanta que lo decía por compromiso, casi teniéndole un poco de lástima porque estaba solo. Pero a decir verdad no le importaba, él estaba mejor así.
Mientras tanto los invitados llegaban de a poco. Un leve bullicio comenzaba a levantarse en la casa. Todavía faltaban casi la mitad de los invitados.
Se acercó a una mesa para comer algo, y ya que estaba agarrar una copa con algo.
De repente se abrió la puerta, y reconoció la voz. Era uno de los primos de Santi que vivía en Francia, seguramente estaba de visita. Cuando lo vio lo saludó como a un hermano. Ellos dos habían compartido muchas vacaciones en la costa, eran de mismo grupo de amigos. Al menos tenía a un buen amigo para charlar, éste le presentó a su señora, una muchacha francesa muy bonita.
Mientras recordaban anécdotas con copas en las manos, como en toda tertulia de esa clase, se volvió a acercar el papá de Santi.
- Martín, haceme acordar que te muestre algo que compré, que seguro te va a gustar.
A lo que contestó con un gesto amable con la cabeza.
La gente seguía llegando, cada vez faltaban menos, de todas formas era temprano y había tiempo de sobra.


viernes, 24 de septiembre de 2010

Los girasoles (Parte II)

Ese mismo día, Victoria se había quedado dormida. El despertador la traicionó quedándose sin pilas. Salió de la casa sin desayunar ni maquillarse.
Corría con ventaja porque vivía cerca del trabajo, podía ir caminando, pero en ese momento tenía que ir volando si no quería que la retaran.
Hacía tres años que trabajaba como recepcionista en un estudio de abogados. Le faltaban dos materias para recibirse de abogada, pero como la habían aplazado la primera vez que se presentó, tenía miedo de rendir cualquiera de las dos, era cuestión de agarrar coraje nuevamente para intentar otra vez.
Gracias a Dios el ascensor estaba vacío, así que aprovecho para maquillarse rápido usando el espejo.
Llegó a la oficina, trató de hacerse la disimulada pero una de las secretarias, justo la única con la que se llevaba más o menos la mando al frente saludándola en voz alta. Un papelón que ella acomodó con un poco de humor y buen ánimo.
Mientras se sentaba en el escritorio de la recepción, organizó sus cosas en los cajones y lista para mirar al frente con una sonrisa, atender el teléfono, tomar recados y atender a quienes pasen por ahí.
- Hola Victoria ¿Cómo estás?
- Hola, bien ¿vos?
- Bien. ¡Que linda estas hoy!
- Gracias.
- Siempre tan seca. Menos mal que hoy no te invité a almorzar. – Mostró una leve sonrisa, dio media vuelta y se fue. –
Era el pesado de siempre. Uno de los abogados más jóvenes del estudio andaba atrás de ella desde que empezó a trabajar ahí. En realidad andaba atrás de todas, pero la única que nunca le dio lugar había sido Victoria. Siempre pasaba por la recepción para decirle algo o invitarla a alguna fiesta a la noche.
Todo esto la tenía sin cuidado. Conocía las personas como ese abogado, a esa clase de personas no había que llevarles el apunte, decía.
En verdad, no le llevaba el apunte a nadie. Su primer novio le había sido infiel, y el segundo también, tenía argumentos suficientes para convencerse y estar sola.
En su vida, como en tantas otras, las malas experiencias marcaban la tónica de las decisiones amorosas.
Cuando salía con sus amigas, conocía gente, sin embargo siempre había un “pero”, que le impedía hacer o decir algo. A cada uno de los candidatos que se le acercaba le encontraba uno o varios defectos que esgrimía como escusa, o argumentos validos, para rechazar invitaciones y proposiciones.
El que era lindo, seguro era hueco, y si era más o menos inteligente, era infiel en potencia. Sí era feo y tonto, era un pesado, si era feo e inteligente, seguro terminaba como amigo. Así pensaba.
Algunas de sus amigas habían vivido en carne propia la infidelidad, pero con el tiempo habían encontrado compañero, así que no le insistían demasiado, cada tanto deslizaban algún que otro chiste, pero por lo general evitaban el tema.
La tarde detrás del escritorio se le pasó volando. Pero a su día todavía le faltaba mucho, tenía que ir a comprarse un vestido y unos zapatos que hicieran juego, o al menos a ver vidrieras para ver si había algo que le gustara. Después al gimnasio, después de todo estaba sola pero no había razón para descuidar el cuerpo.
Era viernes, pero no era uno más del mes, ese día era la fiesta de compromiso de su prima, una de sus mejores amigas de toda la vida.
Gracias a Dios era en la casa de la familia del novio y no en un bar u otro lado, más intimo, más tranquilo, a parte era una casa grande, con parque y todo.
Lo que más la alegraba era que su prima era la primera de sus amigas en casarse, eso transformaba todo en un gran acontecimiento para ella.



El testamento

A medida que se leía el testamento, las caras se iban alargando.
Uno a uno los sobrinos del viejo rico se hundían en el desconsuelo, y no precisamente por el difunto.
Cada uno de ellos, tres varones y dos mujeres, habían heredado una propiedad, por el valor de unos cuantos miles. Nada en comparación a todo el capital que su finado pariente dejaba.
No les había dejado nada de dinero. Ni un solo centavo. Ellos había sido la única familia que tuvo, sin tener en cuanta a un hermano adoptado, que hacía años estaba en una misión de la iglesia Anglicana en Malacia. De quién, hasta entonces no se decía nada en el testamento.
Después de la repartición estipulada para los familiares más cercanos, el notario continúo leyendo.
El patrimonio del fallecido era bastante extenso y la lentitud del encargado de la lectura tornaba la situación algo tediosa.
De pronto, entre los papeles del documento, se encontró una carta. Estaba escrita con pluma y por el trazo era la letra del tío. La carta, tenía carácter de documento porque estaba firmada y sellada por escribano, el mismo que leía, que, confesó que en sus últimos días renovó el testamento lo había mandado a llamar para que certificara el nuevo documento.
Un aire de esperanza y alivio refrescó los rostros de los presentes, tal vez en el nuevo testamento ellos tendrían más cosas.
Pero no, la primera parte era toda igual al antiguo. Con menos palabras en todo caso, pero les dejaba las mimas propiedades.
La mitad de sus bienes estaban destinados a entidades religiosas y hospitales.
A diferencia del papel anterior, éste sí mencionaba el hermano adoptivo, a quién le dejaba la otra mitad del sus bienes, una cifra de nueve dejitos.
En aquel preciso momento, los cinco hermanos parecieron morir. Era imposible que su tío le dejara esa cantidad a un vago que se había ido al otro lado del mundo a pasar tiempo con gente que no sabe leer. Todos pensaban que era un rebelde y un ingrato, dejar todo lo que tenía en su país para irse. Y que encima le sacaba, según ellos, plata a la Iglesia Anglicana, porque era la que le pagaba el sueldo.
Las caras de todos allí destilaban bronca, nadie comprendía el porqué de tan descabellado testamento.
Lo que más irritaba a los cinco hermanos era que el heredero no estaba presente. Se decían unos a otros que era un descarado, que seguramente le había dado lástima al tío el lugar donde estaba y por eso le dejaba dinero.
Mientras el letrado firmaba los últimos papeles, recordó que todavía faltaba leer una carta.
El escribano, no solo había trabajado para el difunto, sino que también había sido su amigo, su compañero de golf por más de veinte años.
Cuando cerró la carpeta de cuero, se difirió a un cajón de su escritorio y sacó otro sobre.
Y les dijo que todavía faltaba leer algo más.
Con mucha tranquilidad, abrió el sobre, retiró el papel de adentro y comenzó a leer.

Mis sobrinos todos, aun los que están lejos, les amo. Seguramente están enojados porque no les dejé más que una propiedad de unos miles a cada uno. Y deben estar preguntándose ¿cómo es que alguien a quien no vemos hace varios años, me incluyo, recibió tan gran recompensa?
Sí, dije recompensa. Mientras ustedes, estaban a pocos quilómetros de mi casa, pocos en comparación con su hermano, el me escribía siempre para mi cumpleaños, para las navidades mandaba una tarjeta, que, según él era precaria en comparación a las que se pueden conseguir en nuestro país, porque allí llegaban pocas cosas de afuera. Por lo general sus cartas llegaban dos o tres meses tarde, pero igual las mandaba.
En una de sus últimas cartas, él ya sabía que yo estaba mal de salud y me sugirió acercarme a la fe, me decía que había una vida mejor que aquí en la tierra, una vida en el cielo. Para ustedes puede sonar algo ridículo, para mí también, al principio, ¿Qué puede haber mejor que la vida que viví yo aquí en la tierra? Tuve todo lo que quise. Pero no tuve a nadie cerca para darme un abrazo, para preguntarme como estaba del cáncer de pulmón.
A nadie de no ser por ese hippie con una cruz colgada del cuello y una pequeña biblia en la mano, que vive al otro lado del mundo.
Nunca me pidió dinero, siempre me contaba de sus logros con el orfanato y el colegio que lleva adelante con su esposa, una mujer de aquel país. Él tiene tres hijos, de quienes no recuerdo los nombres en este momento, ni sus edades. Seguramente eso ustedes ya lo sabían.
Ustedes no necesitan dinero, ustedes ya me pidieron dinero, cuando alguno estuvo mal, o sus empresas o lo que haya sido, siempre respondí por ustedes, tal como su padre hubiera hecho.
En una de sus cartas me dijo: “todo tu dinero no alcanza para compara la vida que viene, ojala puedas ser como yo, vivir sin la presión de tener que tener. Yo tampoco tengo dinero para poder comprar la vida que viene, no lo necesito, sabes tío, es gratis, únicamente tenés que creer.”
Mi dinero no es para él ni su familia, mi dinero es para una escuela y un orfanato del otro lado del mundo. Es cierto yo no tengo dinero para comprar la vida que viene, pero mi dinero puede dar la posibilidad a otros de conocerla.
Espero que ustedes como yo alcancen la hermosa posibilidad de creer.
Su tío.

Los girasoles (Parte I)

Martín salía de la casa a la hora de siempre, después de una ducha y el desayuno mirando tele, estaba listo para caminar hasta la parada del colectivo.
Entraba a las nueve en el estudio contable del tío, que desde la muerte de su papá se había hecho cargo de él y de su hermano más chico.
Llegó al trabajo con un poco de retraso, el colectivo se había desviado por que estaban cortando una avenida, eran los empleados bancarios que estaban protestando.
Su tío no estaba, se había ido de vacaciones, el que sí estaba era su primo. Un par de años más grande que él, no se tomaba el papel de jefe de manera drástica, repartía las funciones del día sin imponer ni exigir de más, era muy justo y tolerante, a parte era uno de sus mejores amigos.
Pasaron las horas hasta el medio día, Martín no se había levantado de la silla del escritorio todavía, llegó la hora del almuerzo y salieron a comer con su primo.
En la mesa del restaurante céntrico al que siempre iban ya tenían reservada la mesa.
- Che ¿Hasta cuándo vas a estar solo, no te aburrís? - Le preguntó el primo.-
- No comiences de nuevo Pablo, no rompas. – Contestó Martín mientras se reía.-
Era la pregunta que, por lo general, le hacía Pablo cuando estaban solos. Todos los primos estaban en pareja, ya sea casados o conviviendo, de alguna manera, ninguno estaba solo de no ser por Martín.
- Te pregunto bien, no te rías, porque parece que no te lo tomas en serio. De verdad, después de esa relación que terminaste hace tres años, no volviste a estar con nadie, es decir con nadie que nosotros sepamos. Ojo no tenemos porque enterarnos pero, sería lindo verte acompañado y feliz otra vez.
- Si, esa parte seria linda. El problema es que casi todas las relaciones, las mías, no sé porqué, son extremadamente complicadas, de minas lindas pero bravas o con problemitas, me quedan pocas ganas de renegar con mujeres.
- ¿Ósea que le tenés miedo a las relaciones? – Interrumpió Pablo.-
- No, tanto como miedo no. Pero si cautela.
- Para mi es más que cautela, eso es miedito. – Se echo hacia atrás en la silla y soltó una pequeña carcajada.- Tendrías que salir más, si querés te puedo presentar alguna amiga de mi mujer, son todas profesionales, lindas mujeres, van al gimnasio y todo eso.
- Gracias por la oferta Pablito, pero puedo solo, sin ayuda. Es sólo que no quiero. No por el momento.
- Quizás eso esté mejor que andar buscando. En una de esas aparece alguna que te mueva el piso y te agarren ganas de estar con alguien.
La charla siguió un rato más, hasta el postre. Hablaron de todo un poco, como para ponerse al día. Después del cafecito, volvieron a la oficina.
Cada uno en su escritorio, con sus papeles, su teléfono y las cuentas de sus respectivos clientes, una tarde más de trabajo.
Pero en la cabeza de Martín, los razonamientos a cerca del amor y esas cosas seguían haciendo eco. En realidad no quería estar solo, era algo que le costaba afrontar, no le tenía miedo a las mujeres como decía su primo. Las malas relaciones lo habían marcado y mucho.
Las relaciones siempre terminaban siendo difíciles por mil razones, para él, el amor estaba íntimamente ligado con el dolor. Porque cada vez que había amado le había dolido en igual proporción.
Estaba cansado de pasarla mal. No buscaba una relación perfecta, mucho menos una mujer perfecta, solo alguien para compartir un proyecto de vida, hasta hacerse viejos los dos, no había necesidad de morir el uno al lado del otro, pensaba, si de vivir el uno al lado del otro, eso ya era mucho.
Dentro de todo, podía disimular su pesar. Y su escepticismo hacia el amor estaba delicadamente barnizado con humor, para atenuar cualquier respuesta o para responder cualquier pregunta.
Llego la hora de salir de la oficina, todavía le quedaba un poco de trabajo, pero no tenía la más mínima intención de quedarse. Juntó sus cosas del escritorio, guardó la computadora en la mochila, un par de papeles más, se puso el saco, saludó y se fue.
Gracias a Dios era viernes, hoy se juntaba con los chicos en la casa de Santi. En vez de juntarse en el bar de siempre, su amigo organizaba una cena con motivo de su compromiso.
Todo marchaba bien, el día se prestaba para un gran final en una fiesta con amigos, no podía pedir más.

viernes, 17 de septiembre de 2010

A los hijos

4 de Agosto de 1967
Mendrisio, Como, Italia.

Queridos John y Lydia, mi viaje está llegando a su final, la providencia divina me ha guiado a lo largo de todo el camino.
La gente aquí es preciosa, la región de la Lombardía no tiene comparación con nada que haya visto antes. Saliendo de Milán hacia el norte, las pequeñas poblaciones rurales son hermosas. Gracias a Dios vine en verano, porque dicen que aquí los inviernos son muy crudos por la nieve.
Después de tanto buscar, preguntar e investigar, encontré la tumba de quien fuera el único hombre y amor de mi vida, padre de mis dos angelitos, ustedes.
Cuando por fin pude encontrar el campo santo donde estaban sus restos, tardé ocho días en recoger el valor para llevarle flores. Después de tantos años de incertidumbre acerca del lugar donde estaba, tenía miedo de enfrentar una lapida fría, en la que solamente esté su nombre.
Y así fue, al octavo día de estar en un pueblito al norte, cerca de la frontera, que decidí ir a verlo.
En la entrada, el cementerio tiene una inscripción en la que está dedicado a los caídos en la segunda guerra mundial.
Tuve que caminar unos veinte minutos hasta encontrar la parcela. El blanco de la lapida parecía mármol de carrara.
Me arrodillé cuidadosamente y lloré lo que en veintitrés años no había podido.
En mi cartera tenía guardada la foto cuando él se embarcó. Vestido con el uniforme, yo con el vestido azul que me había regalado mi madre. La saqué y la puse junto con las flores que había llevado.
En ese momento pude entender por qué la gente dice: “es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado”. Cuando me arrebataron lo que más amaba en el mundo, todo lo demás pareció caerse de no ser por ustedes mis dos angelitos.
Amé a su padre con todo mí ser, y conocí el amor en él. Por él sé amar, se dar. Y su ejemplo me alcanzó para considerar que no podía existir otra persona en mi vida que ocupara el lugar de Alexander Paterson, a quien amé y perdí por una estúpida guerra, en un país del otro lado del mundo.
Cuando nos casamos en esa pequeña capilla en Auburn, Maine, juramos vivir el uno al lado del otro por el resto de nuestras vidas. Y pensé que sería así. Pero Dios se lo llevó antes, y más de veinte años llevó sola, entendiendo que es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado, porque el fruto de ese amor son mis hijos, mi nuera y mi yerno, y mis preciosos cinco nietos.
Les escribo esta pequeña carta para decirles que los amo con todo mi corazón, les agradezco que me hayan regalado el pasaje para poder venir con mi hermana a buscar la tumba de su padre, también para conocer Europa.
Mañana partimos con Susan hacia Venecia, después iremos a Roma, antes de retornar a Norteamérica.
Les mando junto con la carta una postal que compre del lago Como.

Los ama, Marta Paterson.

P.D: Hijos, amen a sus familias, que es el mejor regalo de Dios en esta tierra, y mientas tengan a quién aman a su lado, sean las personas más felices del mundo.